Tras las andaluzas, el silencio no es una opción

COLABORACIÓN

Urna de las elecciones en andalucía.
Urna de las elecciones en andalucía. | CEDIDA

Pues ya han pasado las elecciones andaluzas y, más o menos, se han cumplido los pronósticos. Los peores pronósticos, diría. El PSOE ha bajado su representación y el PP necesita de la ultraderecha. Pero no estoy ante el ordenador reflexionando sobre ese escenario. Lo que me planteo es qué debemos hacer los socialistas y, ciertamente, no tengo la respuesta, pero sí aparece ante mí una idea clara: el silencio no es una opción. Hay que hacer un análisis y, muy especialmente, deben hacerlo las voces más autorizadas y con mayor responsabilidad. Yo, sin ser nada de eso, voy a hacer el mío.

El marco actual es que el PSOE sigue gobernando España, ha impulsado medidas sociales muy importantes y mantiene una capacidad institucional enorme. Sin embargo, creo que no somos capaces de transmitir una idea de país clara y coherente que emocione más allá del rechazo a la derecha. Lo que me parece que ocurre es que una parte creciente de la ciudadanía —quizás eso es lo que dicen todas y cada una de las últimas citas electorales autonómicas— no siente que exista ya un relato socialista reconocible detrás de esas políticas.

Y eso es letal para la socialdemocracia.

Porque la socialdemocracia no gana únicamente administrando bien. Nunca lo hizo. Ganó cuando consiguió representar ascenso social, estabilidad, orgullo colectivo y sensación de futuro para amplias capas populares y medias. El PSOE de Felipe González, por ejemplo, con todas sus contradicciones, transmitía una idea muy potente: España podía modernizarse sin dejar atrás a la mayoría. O en la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero, donde más allá de los errores o límites de gestión, existía la sensación de que ampliar derechos y ensanchar libertades también formaba parte de un proyecto colectivo de país. Hoy, quizás, esa sensación de horizonte compartido es mucho más débil.

El problema territorial es clave. Como militante socialista, me preocupa enormemente el hecho de que el partido haya perdido arraigo estructural en zonas donde antes era culturalmente dominante. Si el PSOE está dejando de ser “el partido natural” de los trabajadores, de los barrios obreros y de comunidades enteras, no basta con atribuirlo a ciclos electorales o minimizarlo a la espera de las generales, porque todo esto puede significar que se ha roto una identificación histórica.

Y ahí la derecha ha sido más inteligente de lo que nos gusta admitir.

El PP ha logrado, en muchos lugares, desideologizarse emocionalmente adaptando sus discursos a las realidades sociológicas donde se encuentra. Véanse el discurso de lealtad institucional de Juan Jesús Vivas en Ceuta, el discurso autonomista y moderado de Juan Manuel Moreno Bonilla en Andalucía o el más extremo de Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Tres ejemplos de un mismo partido y tres posiciones totalmente diferentes, buscando ganar el relato. Mientras tanto, Vox, por su parte, hace la labor de empujar hacia posiciones más duras en inmigración, identidad nacional, feminismo o memoria histórica. Y juntos, PP y Vox, van modelando el marco cultural e ideológico de buena parte de la sociedad.

Desde la izquierda, en general, pero también desde el PSOE, a menudo hemos respondido a eso con superioridad moral o con un lenguaje excesivamente interno, universitario o digitalizado, que conecta muy poco con las preocupaciones materiales inmediatas de la ciudadanía.

Y no es que nos hayamos “alejado de la calle”. No es verdad. Lo que ocurre es que el cambio sociológico ha fragmentado muchísimo la base clásica socialdemócrata. Ya no existe un gran bloque obrero homogéneo. Hay jóvenes precarios hiperurbanos, jóvenes rurales con estabilidad y viceversa, pensionistas con una base segura, clases medias inseguras, autónomos tensionados, trabajadores industriales residuales, empleados públicos precarios, migrantes, profesionales digitales… y muchas veces sus intereses o sensibilidades chocan entre sí.

El PSOE intenta mantener unidos todos esos mundos mediante pragmatismo institucional que implica no hacer ni decir nada que pueda perjudicar al gobierno, o hacer todo lo posible para no perderlo. El problema es que el pragmatismo prolongado termina erosionando la identidad ideológica. Y cuando eso ocurre, el partido puede seguir gobernando un tiempo, pero pierde capacidad de liderazgo cultural.

Y detrás de ese pragmatismo es donde aparece el silencio interno del que digo que, en mi opinión, no es una opción. No es sólo un silencio por miedo —siempre habrá quien tema perder influencia o apoyos— es más bien una sensación dentro del partido de que abrir un debate ideológico profundo podría revelar algo incómodo: que todavía no existe una respuesta clara para esta nueva era política y social.

Porque la pregunta difícil no es cómo ganar unas elecciones más. La pregunta difícil es: ¿qué significa hoy ser socialdemócrata en una sociedad individualizada, envejecida, digitalizada, polarizada culturalmente y económicamente insegura?

Si desde el PSOE no respondemos eso con claridad, corremos el riesgo de convertirnos únicamente en una maquinaria de gobierno. Muy eficaz a veces, muy resistente incluso, pero cada vez menos capaz de generar pertenencia emocional duradera.

Y un partido histórico no se sostiene solo con estrategia parlamentaria. Se sostiene cuando la gente siente que expresa algo profundo sobre quiénes son y hacia dónde quieren ir como sociedad.

También te puede interesar

Lo último

stats