Bienestar Digital

COLABORACIÓN

Relato ganador III Concurso ‘Juan Manuel Molina Jiménez’

CEDIDA
Margarita Del Brezo
11 ene 2026 - 04:55

La app me dice que hoy no salga. Así, sin rodeos:

«Hoy no es un buen día para exponerse. Se recomienda permanecer en espacios conocidos, con temperatura regulada y bajo nivel de interacción humana. Nivel de vulnerabilidad: 7,4/10. Probabilidad de disociación: moderada».

Dejo el móvil sobre la mesa y lo observo como si fuera un oráculo con la pantalla sucia y un brillo que no sé si es una luz o una advertencia. Ya no discuto las instrucciones, ni siquiera conmigo misma. Solo acepto, deslizo el dedo y dejo que una especie de alivio tibio me recorra el cuerpo.

Hace algo más de seis meses pagué la versión premium, que incluye sesiones de respiración asistida, cápsulas de meditación con música adaptada a mi horóscopo y análisis en tiempo real de las emociones. ¡Una pasada! Aunque desde entonces se volvió más directiva y hasta llegué a dudar de si eso sería una mejora del sistema o simplemente una sofisticada forma de crueldad.

El primer día que me recomendó quedarme en casa, rechacé la notificación. Tenía cita en la peluquería e ignoré la alerta, pero después, en la calle, sentí un peso viscoso en el pecho, una sospecha de peligro inminente, como si se hubiese reprogramado el universo en mi contra por desobedecer. La segunda vez agradecí la orden: diluviaba y andar esquivando los charcos y las salpicaduras de los coches me habría amargado la tarde. La tercera lucía un sol radiante y me dio rabia, porque me había comprado un vestido el día anterior que me apetecía mucho estrenar. A partir de la cuarta, me resigné.

Me preparo un café —descafeinado, recomendación del algoritmo—, me siento junto a la ventana y miro con desidia el trajín de la ciudad, que no parece echarme de menos. Siento que mi ánimo empieza a decaer. Cuando me llega a la altura de los tobillos, el WhatsApp vibra. Cojo con desgana el teléfono para mirar quién me escribe, pero antes de poder hacerlo la app me envía una notificación:

«Ni se te ocurra leer los mensajes de WhatsApp. Te producen un incremento del 24 % en tu ritmo cardíaco. Sugiero esperar al menos tres horas más».

Obedezco sin rechistar. Me alivia no tener que decidir. Es una forma de no fallarme a mí misma. Y si algo no sale bien, la culpa no será mía. O eso quiero creer.

Por cierto, la app se llama SERENITY®, que no lo he dicho todavía. Me la recomendaron en la oficina. Bueno, no directamente, claro. Porque nadie se pone a hablar de ansiedades, insomnios, complejos de Electra o pensamientos intrusivos cuando coincide con sus compañeros en la máquina de café de una sala plagada de ordenadores cuyo único decorado es un puñado de fluorescentes tuertos.

La cosa fue como sigue: un mañana, una compañera a la que se le caían las lágrimas con solo desearle los «buenos días» —«serán para ti», contestaba invariablemente; e invariablemente, a continuación, se sacaba un pañuelo de la manga, se sonaba la nariz y suspiraba con la intensidad de un avión en pleno despegue— sonrió, me guiñó un ojo seductor y siguió tecleando con una energía nunca antes vista.

Semanas después, tras comprobar que se repetía la escena de su buen humor, empecé a mosquearme y, para no morir de envidia —envidia de la mala, por si hay alguien todavía que cree que existe envidia de la buena—, no me quedó más remedio que preguntarle qué narices le pasaba. Fue entonces cuando, entre susurros, me confesó que había empezado a trabajar en su bienestar digital. Así lo llamó: bienestar digital. Como si bastara con ajustarle la interfaz a la vida para que fuera menos hostil. Y ahí quedó la cosa. Ella no añadió ni un susurro más mientras yo me atragantaba días tras día con las ganas de torturarla para que me explicara qué era eso del bienestar digital.

Supongo que como yo nunca me he chivado al jefe de sus errores de cuadraturas de balances y mucho menos de sus enredos amorosos con los proveedores de polvos de talco, quiso mostrarme su agradecimiento escribiendo la palabra SERENITY® en un pósit, que, de forma anónima —eso creía ella, pero es la única de la oficina que usa pósits rosas con forma de elefante—, dejó pegado en mi escritorio, justo debajo del teclado. La mañana se me hizo eterna y tuve que hacer acopio de toda la reserva de mi paciencia que, con mucho esfuerzo, había reunido para cubrir las incidencias de los próximos cinco años. En cuanto llegué a casa, sin quitarme los tacones siquiera, busqué en Google el nombre y en seguida descubrí que se trataba de una app —valorada con un 4,8 de 198754 opiniones— que, huelga decir, descargué al instante.

Al principio me hacía preguntas simples: ¿cómo has dormido esta noche?, ¿sientes algún tipo de tensión en la mandíbula?, ¿qué imagen te calma más?, cosas así de fáciles. Pero el algoritmo empezó a aprender y pronto comenzaron los consejos personalizados: hoy es preferible que no respondas correos con asuntos laborales importantes; evita personas con voz aguda; come algo crujiente, pero no demasiado salado; estás proyectando tus traumas infantiles en tu jefe.

Parecía magia. Dormía más, comía menos. Me desapareció el tic en el ojo los días pares y ya no necesitaba engullir dos tabletas de chocolate al día para alimentar mi ansiedad.

Mi gozo aumentaba al mismo ritmo que la preocupación de mi madre, que se empeñaba en llamarme por teléfono —entre otras cosas porque yo dejé de ir a verla y no le abría la puerta cuando ella venía a verme a mí—. No dejaba de reprocharme que no está bien encerrarse en casa, que lo mejor para los miedos es salir a dar un paseo y agotarlos, así se cansan y se van; o que te dé el aire para que se vayan con viento fresco. Ya ves tú, menudas estupideces.

Yo intentaba explicarle que los paseos, en la actualidad, no son como en sus tiempos, que la calle ahora está llena de microagresiones: contaminación acústica y ambiental, caras que se parecen demasiado a la de Freddy Krueger, ritmos incompatibles con el compás de mi corazón. Pero aún hoy no he conseguido que entienda que el mundo moderno exige una exposición emocional para la que no estoy preparada todavía. Y como sigue insistiendo con que eso se resuelve tomando un café con los amigos, ya ni siquiera descuelgo cuando me llama, simplemente le envío el emoji sin boca, a ver si así entiende que no tengo ganas de hablar ni de oír sandeces.

Mi madre es una antigua, por mucho que hayan vuelto a llevarse los pantalones de campana.

La app vibra de nuevo:

«Evita el contacto familiar, aunque sea de pensamiento, durante las próximas 48 horas. Alta probabilidad de desregulación afectiva».

Y yo, agradecida, activo el modo silencio. Qué haría sin ella —a la app me refiero, no a mi madre—.

Las estadísticas son mi entretenimiento favorito. Consulto la curva de mis emociones, los picos de ansiedad por horas, la línea ascendente de mi tolerancia a la frustración. Puedo ver el día en que comencé a comer menos chocolate, el momento exacto en que dejé de obsesionarme con mi ex, la lenta recuperación de mi frecuencia cardíaca. Todo cuantificado. Todo ordenado. Todo bajo control. Y con unos gráficos chulísimos.

Lo único que no puede medir es la sensación de vacío. No, el vacío no tiene gráfico. Solo aparece como una notificación esporádica:

«Te estás desconectando de ti misma. ¿Deseas activar el modo emergencia?».

Siempre le digo que no. Prefiero dejarlo en segundo plano. Como quien se olvida de sacar la basura y se acostumbra a vivir con el olor.

A media tarde, el algoritmo se cae. Error global. Saturación del sistema. Los servidores han dejado de responder. Hay pánico en las redes. La incertidumbre inicial da paso a lamentos, gritos, tacos, juramentos, llamadas de socorro. Yo me quedo quieta, aferrada al móvil, leyendo lo que dice la gente, esperando instrucciones.

Nada. Ni una pequeña alerta. Ni una mínima sugerencia. Ni siquiera un gif de gatitos amorosos. Es como volver a tener un cuerpo. Intento respirar. El aire entra sin instrucciones, baja hasta el estómago y lo zarandea brutalmente. No sé qué mirar, dónde apoyar las manos. Mis pensamientos, sin monitorizar, son como muebles que alguien arrastra por el suelo a las tres de la madrugada.

Intento distraerme mirando por la ventana. Un niño se cae del patinete, se levanta y continúa su camino sin dramas. Una pareja se besa con prisa antes de alejarse en direcciones opuestas. Alguien toca la flauta. La ciudad no se ha detenido. Solo yo. Aterrada, me tumbo en el suelo. Y espero con los ojos apretados. Una especie de letanía —que me recuerda mucho al «cuatro esquinitas tiene mi cama» que rezaba de pequeña con mi madre antes de dormirme— se escapa de mi boca.

Cuando estoy a punto del colapso, vuelve la app. Vibración. Notificación. Siento un alivio inmediato. Me incorporo de golpe y abrazo el móvil como lo haría una madre con un hijo que vuelve a casa por Navidad.

Enciendo la pantalla y acaricio lentamente con la punta del dedo el contorno de su nombre, SERENITY®, y enseguida empiezo a notar ese suave cosquilleo familiar bajo la piel.

Ya estoy mejor. Más tranquila. Menos yo.

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