Carta a mi ciudad, por Francisco Vera Cabillas
Opinión
He visto cómo un presidente, incapaz de llamar a las cosas por su nombre, se refugia en palabras de jeroglífico político para evitar pronunciar una palabra que todos los ceutíes sabemos perfectamente cuál es. Invasión.
Carta a mi ciudad
He nacido en Ceuta. He crecido en Ceuta. Y he crecido con algo que aquí siempre hemos llevado por bandera, convivir.
Y digo convivir, no sobrellevar.
He crecido rodeado de cuatro culturas, compartiendo calles, colegios, comercios, amistades y vida con personas de credos y orígenes diferentes. Y siempre hemos mirado al país vecino como lo que era, un lugar al que ir de vacaciones, con un idioma diferente que, por cierto, el que más y el que menos aquí entiende y habla.
También crecimos escuchando la cantinela de siempre: «Ceuta no es España».
Y siempre salimos al paso de la misma manera, con nuestra historia.
Una historia que no necesita inventarse, ni maquillarse, ni reinterpretarse según convenga. Una historia que está ahí, documentada y que se remonta a mucho antes de que Marruecos existiera como país.
No hace falta inventarse quince Champions para demostrar nada.
Y duele. Duele muchísimo reconocer que, con 48 años, he visto por segunda vez cómo un Gobierno de España pisotea mi tierra.
He visto cómo un presidente, incapaz de llamar a las cosas por su nombre, se refugia en palabras de jeroglífico político para evitar pronunciar una palabra que todos los ceutíes sabemos perfectamente cuál es.
Invasión.
Podrán disfrazarla de presión migratoria, de crisis, de incidente fronterizo o de cualquier otra expresión políticamente conveniente.
Pero nosotros estuvimos allí.
Nosotros lo vivimos.
Y mientras algunos buscaban eufemismos desde los despachos, aquí había gente con miedo, familias angustiadas y una ciudad entera preguntándose quién coño iba a defenderla.
Y entonces ocurrió algo.... Vi a un presidente de una ciudad autónoma que mide poco más de metro y medio echarle más cojones al presidente del Gobierno de España que muchos de los que deberían haberlos tenido.
Lo vi defender a su ciudad.
Lo vi dar la cara.
Lo vi plantarse.
Lo vi responder a periodistas con una educación y una serenidad que, dadas las circunstancias, resultaban casi insultantes por contraste.
Se podrán cuestionar sus decisiones políticas. Se podrá estar de acuerdo o no con él. Se podrá criticar absolutamente todo lo que haya que criticar.
Pero hay algo que, para mí, resulta imposible discutir:
su amor por Ceuta.
Se le nota en cada intervención, en cada gesto, en cada acto y en cada palabra cuando esta ciudad vuelve a estar en el centro de una crisis.
Probablemente no ha crecido más porque los cojones los tiene demasiado grandes y la gravedad hace su trabajo.
Y mientras tanto, nosotros todavía tenemos mucho que aprender como pueblo.
Por ejemplo, aprender que cuando la Policía está intentando protegernos, no se graba para buscar el error del agente desde la comodidad de la acera, la ventana o cualquier otro escondite.
No se cuestiona a quien está poniendo el cuerpo, su vida e integridad, mientras uno se esconde detrás de la cámara de un móvil.
Porque es muy fácil ser valiente grabando.
Lo difícil es ponerse delante.
Y quizá lo más triste de todo es que empiezo a mirar a mi alrededor y a preguntarme si este sigue siendo el lugar donde quiero que crezcan mis hijos.
Mi familia y yo hemos llegado a pensar en marcharnos.
En empezar de cero.
Y no sabéis cuánto duele siquiera planteárselo.
Porque entonces aparece una vocecita en mi cabeza.
Y cuando la escucho, aparece mi padre.
Mi padre amaba esta ciudad.
La amaba tanto que, aunque tuvo que emigrar a Francia de niño, siendo adulto, volvió.
Volvió a Ceuta.
Y aquí se hizo policía.
Si siguiera entre nosotros y pudiera ver lo que estamos viviendo, probablemente no daría crédito.
Quizá me preguntaría qué ha pasado con aquella Ceuta que él amaba.
Y quizá esa sea la pregunta que más me duele.
Porque uno puede marcharse de una ciudad.
Puede cambiar de casa.
Puede empezar de cero.
Pero hay lugares que se quedan dentro para siempre.
Ceuta es uno de ellos.
Por eso todavía no sé qué nos depara el futuro.
Quizá tengamos que pelear.
Y quizá ganemos.
Quizá tengamos que resistir hasta que quienes hoy nos ignoran entiendan que esta ciudad no es una moneda de cambio, ni una frontera incómoda, ni un problema que se pueda esconder detrás de palabras vacías.
O quizá llegue el día en que podamos decir:
peleamos, resistimos, no nos rendimos... pero tuvimos que marcharnos.
Y si algún día ocurre, que nadie se atreva a decir que nos fuimos porque no amábamos Ceuta.
Nos iremos precisamente porque la amamos demasiado.
Por Francisco Vera Cabillas.