Carta de un marinero de la Barceloneta a Juan Vivas

Carta a Juan Vivas

El catalán ha visitado la ciudad por primera vez en plena crisis migratoria, y ha expresado su “más sincero respeto y admiración”

Vistas de Benzú
Vistas de Benzú | G.S.
Oriol Carol
25 ago 2026 - 10:55

Bona nit, Excel·lentíssim Senyor President, D. Juan Jesús Vivas Lara:

Permeti'm, abans de res, que em presenti. Em dic Oriol Carol, un ja no tan jove mariner del barri de la Barceloneta. Català de naixement, barceloní de cor i amb la fortuna de sentir-me també profundament espanyol.

I és precisament aquesta Espanya nostra, tan diversa com els mars que banyen les seves costes, la que m'ha portat fins a un dels seus racons més singulars.

A partir de aquí, si me lo permite, continuaré en castellano, lengua que también siento como propia y que hoy me permite dirigirme a usted y, simbólicamente, al pueblo de Ceuta.

Quizá por suerte, por casualidad o por esas corrientes que uno no sabe explicar hasta que ya lo han llevado lejos de puerto, conocí a una ceutí amante del mar como yo. Y fue ella quien terminó conduciéndome hasta esta pequeña esmeralda española entre dos mares, dos continentes y dos mundos: el Atlántico у mi querido Mediterráneo.

Antes de venir, más de uno se preocupó por mí. Me preguntaban por qué quería viajar precisamente a Ceuta en un momento tan complejo. Yo tampoco sabía responderles del todo. Quizá fue amor. Quizá locura. Quizá simplemente esa vieja pasión que tenemos los marineros por navegar hacia aquello que todavía desconocemos.

Pero llegué. Y entonces comprendí algo que desde la distancia resulta imposible entender: Ceuta no se explica desde lejos. Ceuta hay que pisarla, navegarla, contemplarla desde el mar y escucharla desde dentro. He descubierto una tierra cuyos valores me han impresionado profundamente: compromiso, cooperación, respeto, convivencia, determinación y, sobre todo, resistencia.

Una ciudad acostumbrada desde hace siglos a mirar al horizonte sabiendo que su posición privilegiada entre dos continentes también la ha obligado a afrontar innumerables temporales. Desde Benzú hasta Punta Almina; desde las Murallas Reales y el Foso de San Felipe hasta el monte Hacho, Ceuta parece un inmenso navío de piedra fondeado eternamente en las puertas del Estrecho. Por aquí han pasado pueblos, ejércitos, comerciantes y navegantes.

Sus murallas y fortificaciones conservan las cicatrices de siglos de historia. Generaciones enteras han levantado, protegido y cuidado esta ciudad hasta convertirla en lo que hoy contemplamos. Durante estos días también he podido observar las dificultades y tensiones que afronta Ceuta. Pero, por encima de ellas, lo que verdaderamente me ha impresionado ha sido el coraje de sus gentes y su determinación por preservar aquello que tantas generaciones han tardado siglos en construir. Y precisamente aquí ocurrió algo que difícilmente podré olvidar.

Me encontraba en el Mirador de Isabel II, con Ceuta extendida a mis pies. Desde aquella altura, entre África y Euroра, viendo cómo el Mediterráneo busca al Atlántico a través del Estrecho, tuve durante unos instantes la sensación de encontrarme en la proa de un enorme navío. Y entonces apareció. Entre la vegetación surgió un pequeño zorro al que le faltaba una oreja. Su cuerpo mostraba las señales de una vida que no parecía haber sido fácil. Tenía cicatrices, se mantenía alerta y, sin embargo, continuaba avanzando. Me observó durante unos instantes y siguió su camino.

Puede parecer una anécdota insignificante, señor Presidente, pero algo en aquella imagen me obligó a detenerme. El zorro simboliza desde antiguo la inteligencia, la adaptación y la supervivencia. Aquel, además, Ilevaba escrita su historia sobre el cuerpo. Había perdido una oreja. Seguramente había conocido el hambre, las peleas y los temporales de la vida. Pero allí seguía. Herido, pero no derrotado.

Entonces volví la mirada hacia Ceuta. Y fue imposible no encontrar un paralelismo. Ante mí tenía una ciudad que también lleva sobre sus piedras las cicatrices de su historia; una tierra que ha visto pasar imperios, ejércitos, navegantes y tempestades; una ciudad situada en uno de los cruces más extraordinarios del mundo y que, pese a todo, continúa en pie mirando al mar.

No sé si aquel encuentro fue simple casualidad, providencia o simplemente la imaginación de un marinero acostumbrado a buscar señales en el horizonte. Y quizá tampoco necesite saberlo. Porque quienes hemos pasado buena parte de nuestra vida mirando al mar sabemos que no todas las señales necesitan una explicación.

A veces basta con saber detenerse y observarlas. Aquel día, contemplando a aquel pequeño superviviente mientras Ceuta se extendía bajo mis pies y dos mares se encontraban en el horizonte, comprendí algo que cualquier hombre de mar conoce bien: un barco no demuestra de qué madera está hecho cuando navega con el mar en calma, sino cuando llega el temporal y, aun así, su tripulación mantiene firme el timón.

Y después de conocer esta tierra, tengo la sensación de que Ceuta lleva siglos navegando entre temporales sin abandonar jamás el timón. Me marcharé de aquí llevando conmigo muchísimo más de lo que esperaba encontrar: admiración por sus paisajes, respeto por su historia y, especialmente, un profundo reconocimiento hacia sus gentes. Porque hay lugares que simplemente se visitan.

Hay otros que uno recuerda. Y existen unos pocos que, sin saber exactamente por qué, se quedan para siempre navegando dentro de uno. Ceuta, para mí, será uno de ellos. Reciba, señor Presidente, mi más sincero respeto y admiración por esta tierra y por quienes, generación tras generación, continúan manteniendo firme su rumbo.

Una tierra con cicatrices, sí, pero todavía en pie. Una tierra entre dos mares. Una tierra que sigue mirando al horizonte.

 Atentamente,

Oriol Carol

Marinero de la Barceloneta

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