Ceuta, reflexión desde el miedo cotidiano hacia la empatía global

CARTAS AL DIRECTOR

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Adil Hamed
08 may 2026 - 02:05

Hace dos semanas, en Ceuta, el sonido de maniobras aéreas despertó la inquietud de muchos vecinos. Hoy, pequeños seísmos han vuelto a sembrar el miedo en las calles. Han sido episodios puntuales, breves, sin consecuencias graves. Pero suficientes para alterar el pulso de una ciudad y recordarnos lo frágil que es nuestra sensación de seguridad.

Ese temor momentáneo invita a una reflexión más profunda.

Porque mientras aquí el miedo dura minutos u horas, en otros lugares del mundo ese mismo miedo es constante, diario, ininterrumpido. Hay personas que no escuchan aviones de maniobra, sino bombardeos. No sienten temblores leves, sino explosiones que sacuden sus hogares. No viven sobresaltos pasajeros, sino una incertidumbre permanente sobre si ese día será el último.

Cuando hablamos de guerras, a menudo lo hacemos desde la distancia de los titulares y los debates. Señalamos culpables, tomamos posiciones, discutimos bandos. Pero rara vez nos detenemos a pensar en quienes, lejos de las decisiones políticas y militares, soportan el peso real del conflicto: la población civil.

Sucede cuando hablamos de Palestina y olvidamos que quienes más sufren son los palestinos de a pie. Sucede cuando mencionamos Irán y pasamos por alto que quienes viven bajo el ruido de los misiles son ciudadanos iraníes que solo intentan continuar con su vida. Ocurre en cualquier lugar donde la guerra convierte el día a día en una lucha por sobrevivir.

El miedo que hoy hemos sentido en Ceuta, aunque breve, puede ayudarnos a comprender —aunque sea mínimamente— lo que otras personas viven como rutina.

Esta reflexión no busca señalar culpables ni entrar en debates geopolíticos. Busca algo más sencillo y, a la vez, más necesario: despertar empatía. Recordarnos que, más allá de banderas y discursos, hay seres humanos que se despiertan cada día sin saber si podrán volver a dormir en paz.

Porque las guerras, vengan de donde vengan y las provoque quien las provoque, no se resuelven con más violencia. Y, sobre todo, nunca las pagan quienes las deciden, sino quienes simplemente desean vivir.

Desde Ceuta, dos episodios recientes —separados por días, pero unidos por el mismo sentimiento— nos han dejado una lección silenciosa: comprender el miedo ajeno es el primer paso para rechazar la guerra no desde la política, sino desde la humanidad.

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