"La Conferencia Internacional de Algeciras: de Marruecos a Donald Trump"

El-Hadj el-Mokri, embajador marroquí en España, firmando el tratado en la conferencia de Algeciras, el 7 de abril de 1906
El-Hadj el-Mokri, embajador marroquí en España, firmando el tratado en la conferencia de Algeciras, el 7 de abril de 1906 | CEDIDA

CEUTA/ Este viernes se cumplen 120 años del inicio de la Conferencia de Algeciras, un encuentro internacional celebrado desde el 16 de enero al 7 de de abril de 1906 en esta ciudad andaluza para decidir el futuro de Marruecos. 

Fue un momento clave en la historia, pero también un reflejo de cómo las grandes potencias tomaban decisiones sobre territorios y pueblos sin contar con ellos. 

Hoy, más de cien años después, sigue siendo útil mirar aquel episodio para pensar en nuestro mundo actual.

La Conferencia de Algeciras quería evitar una guerra entre potencias europeas en torno a Marruecos. 

Y de hecho, logró evitar un conflicto inmediato entre Francia y Alemania. 

Sin embargo, lo que se decidió en Algeciras lo hicieron las potencias, no las comunidades afectadas. 

El colonialismo siguió su curso, con consecuencias duraderas de desigualdad, explotación y tensiones que marcaron la región durante generaciones.

Hoy vivimos en un mundo diferente —con Naciones Unidas y más mecanismos para intentar proteger la paz—, pero enfrentamos situaciones que nos recuerdan que las desigualdades y los abusos de poder no han desaparecido.

En Ucrania, sigue la guerra tras la invasión rusa que comenzó en 2022, con combates intensos, destrucción de infraestructuras y muchas víctimas. 

La comunidad internacional condenó esa agresión como una violación de la soberanía ucraniana y la integridad territorial del país.

A la vez, en América Latina estamos siendo testigos de una intervención militar de Estados Unidos en Venezuela que ha generado alarma global. 

Hace unos días, fuerzas de élite estadounidenses llevaron a cabo una incursión militar en ese país y secuestraron al presidente venezolano. 

Muchos críticos y organizaciones señalan que se trata de una violación del derecho internacional y que ese tipo de acciones socavan la legalidad internacional y generan precedentes peligrosos.

También han surgido tensiones sobre Groenlandia, un territorio que pertenece a Dinamarca pero que Estados Unidos ha expresado interés en "adquirir" por razones estratégicas. 

Líderes europeos y daneses han rechazado estas ideas, cuidando la soberanía de la isla, mientras que amenazas de presión o de intervención dañan la confianza entre aliados.

Y no podemos olvidar el terrible sufrimiento en Gaza, donde miles de civiles han sido víctimas de una escalada de violencia que muchos han calificado de genocidio, con consecuencias humanitarias devastadoras y con llamamientos globales a respetar los derechos humanos y el derecho internacional.

¿Qué tienen en común estos hechos con la antigua Conferencia de Algeciras?: la tensión entre el poder de los Estados fuertes y los derechos de los pueblos a decidir su propio destino.

La conferencia de 1906 nos enseñó que los acuerdos entre potencias sin participación real de los afectados pueden traer estabilidad momentánea, pero dejan heridas profundas y resentimientos que se extienden con el tiempo. 

Hoy, cuando vemos invasiones, intervenciones externas, amenazas a territorios soberanos o crisis humanitarias, nos damos cuenta de que esa lección sigue vigente.

Es fácil caer en la idea de que la política internacional es un juego de ajedrez entre gobiernos poderosos.

Pero detrás de cada ficha hay vidas humanas, familias, sueños y sufrimiento. 

Un mundo más justo necesitaría que las decisiones se tomen con respeto a la soberanía, con respeto a la dignidad humana y con participación de las personas afectadas.

Recordar los 120 años de la Conferencia de Algeciras no es solo mirar al pasado, es preguntarnos qué tipo de mundo queremos construir ahora.

Un mundo donde las grandes decisiones no se tomen solo por interés de unos pocos, sino con una verdadera defensa de la justicia, la paz y los derechos humanos para todos.

La Conferencia Internacional de Algeciras de 1906 simbolizó cómo las grandes potencias, bajo el discurso de la estabilidad, la paz y el progreso, se arrogaron el derecho de decidir el destino de territorios ajenos, en aquel caso Marruecos. 

Detrás de las fórmulas diplomáticas y las supuestas "misiones civilizadoras" se ocultaban intereses estratégicos, geopolíticos y económicos muy concretos, mientras la soberanía real de los pueblos afectados quedaba relegada a un papel secundario o inexistente.

Más de un siglo después, el escenario global ha cambiado en las formas, pero no en el fondo.

Hoy las potencias ya no hablan abiertamente de colonización, sino de narcodictaduras, seguridad internacional, lucha contra el terrorismo, defensa de la democracia o ayuda humanitaria.

Sin embargo, muchas de estas intervenciones siguen respondiendo a la lógica del control de recursos como el petróleo, rutas comerciales, zonas de influencia y equilibrio de poder. 

Las decisiones continúan tomándose en foros lejanos a las poblaciones directamente afectadas, que rara vez tienen voz real en su propio futuro.

La comparación revela una continuidad inquietante: el lenguaje se ha modernizado, pero la práctica de repartir el mundo según intereses ajenos persiste. 

Al igual que en Algeciras, las grandes potencias siguen legitimando sus acciones con discursos nobles, mientras reproducen dinámicas de dominación que generan inestabilidad, dependencia y desigualdad. 

La historia, más que superada, parece reciclarse con nuevas máscaras.

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