COLABORACIÓN
“Todos al teatro y a tratarnos como críos”
COLABORACIÓN
El mundo de ahora, el de la inteligencia artificial y los titulares de ocho palabras, ha encontrado por fin la solución a todos sus problemas. No resolverlos, que eso cansa y cuesta dinero, sino ponerles nombre. Y pelearse por el nombre. Con saña, con cuñados, con tertulianos, hasta que el problema, aburrido, se queda en un rincón esperando a que alguien le haga caso. No se lo hará nadie. Estamos ocupados discutiendo cómo llamarlo.
Funciona así. Usted dice una palabra y, antes de que termine la frase, ya sabemos de qué bando es. O de qué banda, que en estos tiempos viene a ser lo mismo. No hace falta que argumente. La palabra le delata, como el santo y seña en una garita.
El invento es global. Lo de Gaza es genocidio si es usted de los unos, guerra o derecho a defenderse si es de los otros. Lo de Ucrania fue invasión en medio mundo y operación militar especial en el otro medio, que suena a trámite de ventanilla. El que pone una bomba es terrorista o mártir de la libertad, según quién redacte el teletipo. Los civiles muertos, cuando conviene, pasan a ser daños colaterales. Y el planeta se calienta con cambio climático, emergencia climática o eso es el tiempo, que siempre ha cambiado. Los muertos, los refugiados y los termómetros no votan en este concurso. Siguen igual con cualquier etiqueta.
España, que en esto no se queda atrás, tiene su propio surtido. El que vive en casa ajena es okupa o víctima de la emergencia habitacional. La violencia en la pareja es de género para los de un lado o intrafamiliar para los del otro y algunos gobiernos autonómicos hasta se han jugado la coalición en ese adjetivo. Lo de Cataluña fue procés o fue un golpe, y sus protagonistas presos políticos o políticos presos, que llevan las mismas letras pero no desayunan en el mismo bar. Hasta los gobiernos juegan: Zapatero no veía crisis sino desaceleración, con Rajoy nos dieron un préstamo en condiciones muy favorables, que era un rescate con corbata, y a los jóvenes que se iban a fregar platos a Londres se les llamó movilidad exterior. Muy europeo todo.
Y luego estamos nosotros. Lo de este verano en nuestra ciudad fue invasión si es usted de una cuerda, crisis migratoria si es de la otra, y catástrofe humanitaria si escribe desde una ONG o una oficina en Bruselas con buena calefacción. Los que cruzaron a nado no fueron consultados. Bastante tenían con no ahogarse. Tampoco sobre cómo llamarlos. Si dice inmigrantes, da a entender que han venido a quedarse, y eso en según qué barra ya es una provocación. Si dice migrantes, quedan en tránsito, de paso, gente que va hacia algún sitio que no es este, lo cual tranquiliza mucho a todos. Y con los críos, lo mismo. Si dice menores, habla de un expediente, una cifra, un problema de competencias entre administraciones. Si dice niños, de pronto tienen cara, y madre, y miedo. Por eso unos dicen menores, otros niños y los más finos menas, que ahorra letras y conciencia..
Lo extraordinario del sistema es que no exige saber nada. Basta con memorizar la lista de palabras talismán y palabras prohibidas. Las primeras se pronuncian alto, para que se note. Las segundas se señalan con el dedo, para que se note más. Y así, sin abrir un libro ni pisar una frontera, uno queda perfectamente clasificado y listo para el consumo en redes.
Mientras tanto, la realidad, que es terca y no lee a los columnistas, sigue a lo suyo. Las bombas siguen cayendo, las casas siguen sin construirse, los críos siguen solos en un centro de acogida con suerte, o en la calle los desafortunados y las pateras siguen llenas. Pero eso sí: con el nombre correcto. Que es lo importante.
Tan importante que Trump ha ordenado que no se diga inteligencia artificial a la inteligencia artificial, sino superinteligencia, que suena más a comic de los ochenta, y quien desobedezca será tratado como enemigo de la Casa Blanca.
Relean ustedes la primera línea de esta columna. Pues eso. Enemiga oficial de los Estados Unidos. Por un adjetivo.
También te puede interesar
Lo último