Cuando Dios se hace niño en el Monte Hacho

Opinión

Despunta el trece de junio por los senderos de albores, y Ceuta entera sube a tu verbena portando cañas, romero y flores, buscando en San Antonio el calor de tu mirada

San Antonio en su Romería
San Antonio en su Romería | Jacobo Díaz Portillo
Jacobo Díaz Portillo
13 jun 2026 - 06:00

I. Canto a la Romería

¡Silencio! ¡Atended, cofrades del Monte Hacho! Escuchad el latido ardiente de una nueva mañana de primavera que huele a milagro, a sal marina, a pino, y a retama, cuando el calendario de los corazones caballas marca su rumbo bendito hacia la pequeña ermita calada. ¡Que está muriendo la pena y la primavera se derrama vistiendo con sus mejores galas para ver al Santo contento recorrer su ribera!

Despunta el trece de junio por los senderos de albores, y Ceuta entera sube a tu verbena portando cañas, romero y flores, buscando en San Antonio el calor de tu mirada y el refugio de los pecadores bajo tu bendita túnica franciscana. Las campanas repican en un vergel de colores mientras el viento de poniente mueve tus flores y acaricia suavemente tu cara divina, esa tez de roca reluciente que el sol de la mañana ilumina con destellos de plata fina. Todo es ritmo de filigrana en tu parihuela de madera, donde las esbeltas espigas de trigo tiemblan en tu paso, y los claveles suspiran por rozar la tez morena del Niño que llevas en tu regazo.

II. El Suceso en el Monte Hacho

Sucedió en los alrededores de la ermita calera, bajo esa luz de junio que baña el Monte Hacho combinando el verde de los pinos con el azul indómito de nuestros dos mares. Mientras los hombros de los romeros soportaban el crujir de la parihuela de madera, un niño de corta edad, rompiendo la custodia de sus padres, se plantó con paso firme y descarado justo en el puesto reservado al capataz. Frente a frente con el Santo. Su mirada hacia el paduano no reflejaba el respeto o la distancia que los adultos imponemos ante lo sagrado; reflejaba la confianza absoluta del hijo que busca en su protector la caricia de sus manos.

Aquel fotograma, capturado bajo el compás del viento de poniente, es una alegoría lírica donde yace encriptado un toque de atención para nuestra gente. San Antonio de Padua, a pesar de ser un intelectual brillante y un teólogo de fuerza arrolladora, es recordado universalmente por su extrema ternura hacia los más inocentes. La iconografía lo sitúa sosteniendo al Niño Jesús, porque en la fragilidad de la infancia nuestro santo descubrió el reflejo más limpio del Reino de los Cielos. El milagro de la resurrección de Tomasito o la defensa activa de los hijos de las familias desahuciadas por la usura en Padua, nos demuestran que el Santo no se queda en los altares tallados en mampostería, sino que baja a la arena del Chorrillo, a jugar como un chiquillo y bañarse en las aguas plateadas de la playa de la Ribera al calor del mediodía.

III. La Teología de la Infancia y el Milagro Vivo

La teología se vuelve ternura en la hagiografía antoniana. Aquel intelectual brillante, teólogo de fuerza arrolladora y azote de usureros en el siglo XIII, basó su caminar en la imitación radical de Cristo. Para Antonio, la infancia no era solo una etapa cronológica, sino un estado espiritual de pureza, el reflejo más limpio de grandeza en el Reino de los Cielos. Por eso, la piedad popular no lo recuerda con el frío rigor desafiante del sabio consagrado, sino abrazando la fragilidad de un Niño Dios radiante, que se le apareció en Camposampiero en las cornisas del milagro. Al sostener a Jesús en su regazo, Antonio abrazó la debilidad de todos los niños del mundo entero, convirtiéndose en el escudo de los desvalidos, para sostenerlos en sus brazos.

Y en esta bendita mañana caballa, frente al objetivo que inmortaliza el instante, el milagro acontece de nuevo. No es una escena ensayada, es la hagiografía viva que cobra cuerpo y alma en nuestra tierra caballa. Un chiquillo de pequeña estatura, con la inocencia por bandera y el alma libre de ataduras, escapa por sorpresa del amparo de sus padres, y se lanza a la aventura. No tiene miedo. No hay freno en sus sandalias infantiles ni en su andadura. Cruza el asfalto ardiente con frescura y se planta, audaz, tierno y valiente, bajo las mismas andas del Santo, allí donde el capataz manda a los hombres al cielo. Y en un descuido inesperado, se sitúa a su altura, providencial y descarado, asume los mandos del paso, sustituyendo al capataz para guiar el caminar temprano del paduano. Es el eco de Tomasito resucitado, aquel niño de Padua que se ahogó en el pozo y volvió a la vida por intercesión del Santo, dando origen al "Pan de los Pobres". Aquí, en Ceuta, la infancia cofrade resucita de nuevo para reclamar su sitio con la confianza infinita del que sabe que Dios se esconde en la fragilidad de la inocencia de un niño que lo imita.

IV. Versos al Capataz Chiquito

Se escapó de entre la gente,

sin miedo, freno ni queja,

y ante el Santo de repente

su nido infantil se aleja.

Dejó el amparo paterno

para buscar el abrazo,

buscando el amor tierno

que el Santo lleva en su brazo.

Se plantó ante la madera

con audacia de gigante,

siendo el niño de la acera

capataz por un instante.

¡Míralo, San Antonio bendito,

cómo manda tu parihuela!

Es el cofrade chiquito

que nuestro futuro vela

Resucitó en tu presencia

Tomasito de su lecho,

coronando la inocencia

que le brota desde el pecho.

Cayó la tierna semilla

en los arriates del Hacho,

creció la pureza más sencilla

en el gesto inédito de un muchacho.

V. Reflexión Cofrade y Oración de Cierre

A veces los cofrades nos obsesionamos con la pulcritud de las actas, el brillo del patrimonio o la rigidez de los cortejos. Nos olvidamos de que los niños son los que verdaderamente levantan los aldabones de las iglesias y tocan con manos limpias los llamadores de nuestros pasos. Este pequeño capataz del Hacho nos ha regalado un sermón sin palabras, un inocente pregón inédito, un redoble de campanas, una conmovedora estampa, una entrañable mirada que impregnará para siempre la retina de nuestra alma. Nos ha recordado que el Dios en el que creemos no tiene el carácter distante, invisible e inaccesible del viejo testamento, sino el reflejo de un chiquillo descalzo que abrazó el santo de momento, y corre a refugiarse en las andas de nuestro legado eterno. Abramos nuestros sagrarios, no cerremos las puertas de nuestros templos ni de nuestras cofradías a su bendito gesto; hagamos que sean su mejor escenario, no solo el futuro de nuestra fe caballa, sino la peana más hermosa donde San Antonio sigue obrando sus milagros.

¡Ay, San Antonio bendito! Cuida siempre de esta infancia chiquita, de estos pequeños capillitas que vienen a conocerte de la mano de sus padres, con un ramo de margaritas, porque ellos son nuestro mejor tesoro, y el único futuro de nuestra tierra bendita. Que las puertas de nuestros corazones y de nuestras sacristías estén siempre abiertas para que pueda fluir el inmenso caudal de su savia y lucir el esplendor infantil de sus inocentes almas despiertas.

Que cuando el sol de poniente se vaya durmiendo en la playa de la Ribera, y de vuelta sus rayos postreros vayan iluminando tu frente, quede grabado con hilvanes de plata en la retina de Ceuta este homenaje al inocente: ese instante eterno en que un niño mandó tu paso de repente, rozó tu brillo, tocó tu martillo, abrió nuestra mente, y nos enseñó a todos cómo un inocente chiquillo, este valiente muchacho, ese que te buscó de frente, conquistó tu blanco castillo sitiado en el monte Hacho, ante el inédito asombro de su gente.

Jacobo Díaz Portillo

También te puede interesar

Lo último

stats