El dolor de no poder despedir a Lili en Ceuta

OPINIÓN

Familias ceutíes se ven obligadas a viajar a la península con sus animales aún con vida para poder garantizarles una despedida digna, ante la ausencia de servicios de incineración

Lili tenía 15 años y medio y había formado parte de su familia desde que su dueña era adolescente
Lili tenía 15 años y medio y había formado parte de su familia desde que su dueña era adolescente | CEDIDA

Familias ceutíes se ven obligadas a viajar a la península con sus animales aún con vida para poder garantizarles una despedida digna, ante la ausencia de servicios de incineración y la prohibición de trasladar cuerpos de animales fallecidos.

El caso de Lili ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad que muchas familias en Ceuta aseguran vivir en silencio. Su historia no es aislada, sino un reflejo de una carencia que condiciona uno de los momentos más difíciles para quienes conviven con animales de compañía: su despedida.

Lili tenía 15 años y medio y había formado parte de su familia desde que su dueña era adolescente. Tras toda una vida juntas, su estado de salud empeoró de forma repentina en pocos días, pasando de una situación estable a un deterioro grave con pérdida de movilidad, debilidad generalizada y episodios convulsivos.

Ante este desenlace, su familia tomó la difícil decisión de priorizar su bienestar y evitarle sufrimiento. Sin embargo, en ese momento se encontraron con una realidad que desconocían: en Ceuta no existe ningún servicio de incineración de mascotas.

A esta carencia se suma otra circunstancia determinante: el traslado de animales fallecidos fuera de la ciudad está prohibido. Esto implica que, en la práctica, quienes desean incinerar a sus mascotas deben desplazarse a la península antes de que el animal fallezca.

En el caso de Lili, su familia se vio obligada a viajar hasta Algeciras con ella en un estado muy delicado, afrontando un trayecto marcado por la angustia y la incertidumbre de no saber si llegaría con vida. Sus últimas horas transcurrieron lejos de casa, en medio del dolor y la urgencia de una situación imprevista.

Finalmente, Lili pudo ser atendida e incinerada en la península, lo que permitió a su familia conservar sus cenizas y despedirse de ella. Sin embargo, el proceso estuvo condicionado por la falta de recursos en su ciudad y dejó una profunda sensación de desamparo.

Este caso ha reabierto el debate sobre una problemática que, según denuncian vecinos de Ceuta, afecta a numerosas familias: la ausencia de infraestructuras básicas para poder despedir dignamente a sus animales de compañía.

Para muchos propietarios, las mascotas forman parte de la familia, por lo que consideran necesario que se garantice un final digno sin necesidad de desplazamientos forzados ni situaciones de extrema carga emocional.

En este contexto, el encendido de las Murallas Reales de Ceuta se plantea como un gesto simbólico en recuerdo de todas aquellas mascotas que no pudieron tener una despedida adecuada, y como un llamamiento a dar respuesta a una necesidad que sigue sin resolverse en la ciudad.

Porque, al final, la grandeza de una ciudad no se mide solo por sus monumentos o sus edificios, sino por la forma en que cuida los sentimientos de quienes la habitan.

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