COLABORACIÓN
Del espíritu de Ermua al espíritu de Ceuta
COLABORACIÓN
Ceuta ha despertado nuestra conciencia nación. Hay momentos en la historia de España en los que una ciudad deja de ser simplemente un lugar en el mapa para convertirse en un símbolo moral de toda una nación. Ocurrió en Ermua en julio de 1997. Y, salvando las enormes diferencias históricas, quizá estemos asistiendo hoy al nacimiento de algo que merece un nombre propio: el espíritu de Ceuta. El asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA provocó un auténtico tsunami emocional que conmovió a millones de españoles. Por encima de las ideologías, descubrimos que existían valores que no podían quedar subordinados a las diferencias políticas. Ermua despertó la conciencia democrática de una sociedad que decidió que el miedo, el silencio y la resignación no podían imponerse a la libertad y la dignidad. El espíritu de Ermua no perteneció a ningún partido. Perteneció a los ciudadanos. Demostró que, cuando una sociedad reconoce una causa moral superior, las diferencias políticas pueden pasar a un segundo plano. Casi treinta años después, España atraviesa un escenario distinto, pero marcado por una preocupante fragmentación política, una creciente confrontación territorial y una progresiva pérdida del sentido de proyecto común. Y es precisamente en este contexto cuando Ceuta emerge con una fuerza simbólica extraordinaria. Durante los últimos meses, esta ciudad española ha soportado una presión migratoria excepcional, con graves consecuencias para sus servicios públicos, sus profesionales y su vida cotidiana. Una situación que ha puesto a prueba sus instituciones y la resistencia de sus ciudadanos. Pero lo verdaderamente admirable no es únicamente lo que Ceuta está soportando. Es cómo está respondiendo. En nuestra reciente visita, desde la Confederación Española de Sindicatos Médicos, para apoyar a los profesionales sanitarios y exigir al Gobierno mayores recursos, hemos podido conocer de cerca esa realidad. Escuchar a sus ciudadanos, comprobar el extraordinario esfuerzo de sus médicos y percibir algo difícilmente explicable mediante estadísticas: el profundo sentimiento de pertenencia a España que impregna esta ciudad. En Ceuta, España no es una abstracción política. Es una realidad cotidiana que se vive, se defiende y se siente. Y en medio de esta situación emerge el liderazgo de su presidente, Juan Jesús Vivas, cuya actuación merece un reconocimiento que trasciende cualquier consideración partidista. Por fin un líder en un contexto político y psicosocial henchido de seudolideres, caracteropatas e impostores que sobreactúan y mienten d forma compulsiva. En una España donde abundan los liderazgos construidos sobre la confrontación, el espectáculo y el cálculo electoral, Vivas representa una forma de ejercer la política cada vez más infrecuente: firmeza sin estridencias, serenidad frente a la adversidad, autenticidad y defensa apasionada de sus ciudadanos.
Su liderazgo emociona porque transmite credibilidad. Porque no necesita dividir para unir ni gritar para hacerse escuchar. Porque entiende que gobernar significa asumir responsabilidades incluso en las circunstancias más difíciles. Juan Vivas demuestra que el verdadero liderazgo no consiste únicamente en administrar el poder, sino en despertar la confianza y la dignidad de un pueblo. Sin embargo, Ceuta no puede seguir dependiendo exclusivamente de la fortaleza de sus habitantes ni del compromiso de sus instituciones locales. La solidaridad nacional no puede limitarse a admirar la resistencia de quienes sufren mientras se les exige continuar resistiendo. El Estado tiene obligaciones irrenunciables: garantizar la seguridad, reforzar los servicios sanitarios y proporcionar los recursos necesarios. Porque Ceuta no es un problema local. Es una responsabilidad nacional. Y aquí aparece la verdadera trascendencia del espíritu de Ceuta. El espíritu de Ceuta debería convertirse en un símbolo de cohesión y vertebración nacional. No para enfrentar territorios o ideologías, sino para recuperar la conciencia de pertenecer a una comunidad de ciudadanos unidos por un proyecto compartido. España necesita reencontrarse consigo misma. Necesita menos confrontación y más grandeza política; menos cálculo electoral y más sentido de Estado; menos discursos sobre la unidad y más compromisos que la hagan realidad. Quizá ahí radique también la trascendencia del liderazgo de Juan Vivas: haber contribuido a convertir la resistencia de una ciudad en una llamada a la conciencia colectiva de todos los españoles. Ceuta no tiene que demostrar cuánto quiere a España. Es España la que tiene que demostrar, con hechos, cuánto quiere a Ceuta. Que el espíritu de Ceuta no sea una emoción pasajera. Que trascienda sus fronteras y se convierta en un movimiento de solidaridad, concordia y responsabilidad nacional. Porque si el espíritu de Ermua despertó nuestra conciencia democrática, ojalá el espíritu de Ceuta despierte ahora nuestra conciencia de nación. Ya saben en derrota transitoria pero nunca en doma.
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