El futuro es ahora: Ceuta y Melilla más allá de la frontera

Opinión

Un artículo de Pedro Mercado, rector de la Universidad de Granada

Pedro Mercado, rector de la Universidad de Granada
Pedro Mercado, rector de la Universidad de Granada | Reduan
Pedro Mercado, rector de la UGR
17 ago 2026 - 12:52

Hay ciudades que viven bajo una narrativa que no han escrito ni elegido. Ciudades que, durante demasiado tiempo, han sido observadas desde lejos, interpretadas más por sus urgencias que por sus posibilidades.

Ceuta y Melilla conocen bien esa narrativa: la de la frontera, la de la tensión sociopolítica, la de las crisis migratorias, la de los titulares que rara vez alcanzan a describir la complejidad y la riqueza de la vida que late en sus calles. Una vida marcada también por algo mucho más profundo y cotidiano como la convivencia, el encuentro y la extraordinaria riqueza que nace del cruce de culturas, lenguas y formas de entender el mundo. Y, sin embargo, demasiadas veces son los episodios de crisis los que terminan construyendo desde fuera una imagen sesgada de ambas ciudades, una imagen que reaparece de cuando en cuando en portadas, abre informativos e inunda las redes sociales.

Ceuta y Melilla viven desde hace décadas bajo una narrativa que las reduce a su condición geopolítica. La crisis migratoria de 2021 en Ceuta ya dejó una cicatriz visible, pero también una sombra injusta que la gravísima situación vivida en estas últimas semanas ha acrecentado y casi normalizado, alimentando la idea de que Ceuta es un territorio condenado a vivir en estado de excepción. Lo mismo puede decirse de Melilla, donde la recurrencia de los episodios de presión migratoria y de tensión en la frontera acaba dibujando un escenario de tensión e incertidumbre y de cotidiana excepcionalidad.

Esa mirada estrecha tiene consecuencias. Dificulta atraer inversión y talento, limita la percepción externa de estabilidad y condiciona la autoestima colectiva. Las crisis migratorias de los últimos días y las de los últimos años dejaron y dejan heridas visibles. Heridas que duelen, que pesan y que, en ocasiones, oscurecen el horizonte. No solo por la magnitud de lo vivido, sino también por la sensación de vulnerabilidad que permanece en la ciudadanía. Pero esas heridas revelan, al mismo tiempo, algo que no siempre se cuenta: la extraordinaria fortaleza de ambas ciudades. En ellas habitan ciudadanos y ciudadanas que sostuvieron y sostienen la convivencia, profesionales e instituciones que actúan con responsabilidad, vecinos que, ante situaciones humanitarias extremas, se implican y ayudan sin preguntar quién es quién. Esa respuesta no se improvisa, es fruto de una cultura cívica que no suele aparecer en los titulares ni en el relato sesgado de la frontera y de la excepcionalidad.

Por eso es necesario detenerse un instante, escuchar el rumor de sus plazas, mirar a sus jóvenes, conversar con sus gentes, para descubrir otra verdad, otro relato. Hay algo profundamente emocionante en comprobar la capacidad de ambas ciudades para levantarse una y otra vez, para transformar las heridas de su historia reciente en aprendizaje. Porque, al final, su mayor riqueza no está en su geografía, sino en su gente. Ambas ciudades han demostrado que saben responder ante las emergencias, pero no pueden ni quieren vivir únicamente respondiendo a ellas. Ceuta y Melilla son dos ciudades que quieren y merecen construir un futuro más allá de este imaginario sesgado de la frontera y de las crisis migratorias.

Y lo están haciendo. Con dignidad, con esfuerzo, con una voluntad de futuro que merece ser acompañada. Nos consta la apuesta estratégica que los gobiernos de las ciudades autónomas hacen por un futuro posible más allá de la frontera, avanzando hacia modelos de turismo y comercio sostenibles, apostando por una economía basada en el conocimiento, la tecnología digital o la economía azul, generando condiciones para atraer talento y fomentar el emprendimiento y, sobre todo, creando oportunidades para fijar población con horizontes de vida seguros.

Ceuta y Melilla no pueden ser definidas exclusivamente por la emergencia fronteriza. Quieren y merecen ser definidas por su capacidad de construir futuro. Y ese futuro no puede depender de ayudas coyunturales ni de programas de solidaridad que se activan solo cuando la urgencia estalla. Ceuta y Melilla necesitan ser asumidas como una cuestión de Estado. No necesitan que se las mire desde la compasión, ni únicamente desde la solidaridad. Necesitan confianza y determinación. Necesitan que las miremos no como problemas, sino como posibilidades. Necesitan instituciones que crean en ellas, tanto como creen en ellas quienes cada día las habitan.

La Universidad de Granada lo entendió con claridad desde hace tiempo. Nuestros campus en Ceuta y Melilla no son una carga para su sostenibilidad. Son parte de lo que somos. Y lo hemos demostrado sosteniendo nuestra presencia y nuestro compromiso incluso frente a un déficit estructural de financiación que se arrastra desde hace más de una década y cuya solución corresponde al Gobierno de la nación. Nuestros campus representan, por el contrario, un compromiso institucional con dos ciudades que necesitan construir su futuro sin dilaciones.

La Universidad de Granada mira a Ceuta y Melilla no solo como dos campus singulares, sino como una realidad estratégica para la propia Universidad. Y esa apuesta es profundamente política, en el mejor sentido del término: es una apuesta por la cohesión territorial, por la igualdad de oportunidades, por la presencia del Estado a través de la Universidad donde más se necesita. La entendemos como responsabilidad, como destino compartido de la historia centenaria de nuestra institución con esas dos ciudades sede. Y desde el convencimiento de que la universidad pública puede y debe ser motor de transformación social, económica y cultural en esas dos ciudades. Porque la Universidad también construye Estado. Y hacerlo en Ceuta y Melilla adquiere un significado aún más profundo.

Tenemos el privilegio de comprobar, cada año y cada curso académico, cómo nuestros campus se convierten para miles de jóvenes de ambas ciudades en un espacio de oportunidades y de esperanza, de encuentro y convivencia; en espacios, en definitiva, desde los que imaginar y construir su futuro. Porque el futuro de Ceuta y Melilla también se escribirá desde las aulas y los laboratorios, desde los proyectos que nacen pequeños y con persistentes dificultades -implantar una nueva titulación universitaria, crear empresas de base tecnológica, desarrollar nuevos proyectos de investigación, formar y atraer talento- pero que, cuando encuentran apoyo, continuidad y confianza, pueden terminar transformando una ciudad.

Europa habla de fronteras inteligentes. Habla de tecnología, de cooperación, de movilidad segura. Y Ceuta y Melilla pueden ser precisamente los lugares donde ese concepto deje de ser un eslogan bienintencionado y se convierta en un modelo real para toda la Unión Europea. Ceuta y Melilla pueden convertirse en referentes europeos de fronteras inteligentes. No solo como puntos de control, sino como laboratorios de innovación tecnológica, social y administrativa. La Universidad puede liderar y acompañar proyectos que integren análisis avanzado de datos, inteligencia artificial aplicada a la gestión fronteriza, modelos de movilidad segura, sistemas de cooperación transfronteriza, o investigación en convivencia y cohesión social. Ceuta y Melilla pueden convertirse en laboratorios urbanos de referencia donde Europa aprenda a gestionar sus fronteras con más conocimiento, más inteligencia, más humanidad y, sobre todo, con mayor visión de futuro.

Pero para que ese futuro sea posible, Europa y España deben comprometerse. No con ayudas puntuales, sino con proyectos de largo plazo. No con gestos simbólicos, sino con inversiones estratégicas capaces de transformar estructuralmente ambos territorios. Ceuta y Melilla no pueden seguir construyendo su futuro desde la excepcionalidad. Necesitan estabilidad, planificación, inversión y visión.

Requieren que España asuma que ambas ciudades son parte esencial de su proyecto de país. Necesitan que Europa entienda que aquí se juega no solo una frontera, sino un modelo de convivencia y de gestión inteligente que puede inspirar a todo el continente. Porque lo que ocurra en Ceuta y Melilla no habla únicamente de Ceuta y Melilla. Habla también de la España y de la Europa que queremos ser.

Ceuta y Melilla merecen un relato nuevo. Uno que hable de innovación, de talento, de oportunidades. Uno que reconozca su singularidad geoestratégica y geopolítica, que sea sensible a las dificultades y sufrimiento de esas ciudades, pero que no se quede atrapado en ellas. Un relato que mire hacia adelante, más allá de la frontera y más allá de la urgente necesidad de convertirlas en entornos ciudadanos seguros. Habrá que hacerlo con serenidad, con consensos políticos urgentes e imprescindibles, pero sobre todo con valentía política, ambición colectiva y compromiso con el futuro.

Un futuro sin dilación. El futuro es ahora.

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