Una historia de amor

SHINBONE STAR

Instantánea de una cabalgata anterior.
Instantánea de una cabalgata anterior. | EL PUEBLO

Juan cerró la puerta aquella noche. En el camino al portal, volvió a revisarlo todo una vez más: las llaves, la cartera, el tabaco, el mechero, el móvil.... Ya montado en el ascensor, volvió a mirar la bolsa de basura, que no gotease aquel caldo que la niña de dos años no se había querido tomar. Salió del portal, al llegar al bajo, y salió disparado al contenedor para dejar el regalito. “Tengo que revisar lo de los colores y el reciclaje, que el día en que pase un municipal verás el leñazo”, volvió a decirse.

Saludó a doña Mercedes, que con la bata de cuadros blancos y azules, las zapatillas del pato Donald que le habían traído los Reyes y aquel chucho canijo por toda compañía volvió a pasarle revista. “Ya vamos al lío ¿no hijo?”, le dijo. “Si, Merche, hija. Al lío de todas las noches”. De camino al coche, le seguían martilleando en la retina aquellas imágenes de casa. Su mujer hablando monosílabos durante la cena ocultaba, a duras penas, el disgusto que le ocasionaba la situación. En una nueva mentira piadosa, volvió a tranquilizarle “No te preocupes, cariño, que ahora me pongo una serie en Netflix de un asesinato en Suecia que me la han recomendado en el trabajo”. Los dos sabían que la muerte guionizada de esa niña en los fiordos eran el dique de contención antes de que la discusión inundase el matrimonio. “Este fin de semana, tranquilidad dijimos ¿no?”, asaetó ella. A el le había recorrido un suspiro todo el cuerpo. “A ver como le digo yo a esta ahora que el domingo… Bueno, será un ratillo. De ahí a casa de mi suegra, que es su cumpleaños y dice que va a hacer paella. A ver si convenzo a los niños de que es recomendable que vayan con mamá a ayudar a la Yaya. Yo me encargo del pan y los postres”.

Lo que más le dolía era la imagen de los niños. El mayor, con doce años y algo de obesidad, le saludó con indiferencia mientras mataba bichos con la Tablet. La pequeña se había quedado dormida leyendo, una vez más, aquel cuento de un burrito que era tan pequeño, peludo y suave que se diría de algodón. “No tardes mucho, Papá”. Una petición tan inocente, tan difícil de rechazar, que dolía en el alma como una saeta en el costado de un preso.

Suspiró una vez más, arrancó el coche –“ ¡Qué frío, Dios ¡”- y puso la radio. En ese momento, el locutor se desgañitaba contando como, una vez más, Vinicius se iba de tres por la banda para luego mandarla al cuarto anfiteatro. “Es que ni para ver esto valgo, me cago en mi estampa”.

Llegó a su destino. Empezó a dar vueltas, una detrás de otra, a ver donde demonios aparcaba. Una chica veinteañera salió con un coche al que pertrechaba la L y el se quedó esperándola. “Con este frío y a estas horas ¿A dónde coño irá?. Bueno, es joven: ella sabrá”, se dijo una vez más.

Al llegar al mismo sitio y la misma hora de siempre, la desazón. Nadie. Bueno, casi nadie. El y otros dos, los más mayores, que empezaron a despotricar del resto. “Fulanito me ha llamado, que el niño está malo”, dijo uno. “El niño debe ser del Barça, porque se pone malo cada vez que juega el Madrid”, afirmó otro con sorna..

Al final, de los doce eran seis. Les dio tiempo a sacar esos papeles arrugados, repasar cuatro letras e irse. La noche, pese a todo, salió bien. Algo habían avanzado, aunque fuera poco con los que eran. De regreso al barrio, Doña Merche seguía por ahí, contando con dos vecinas que a la viuda del portal de al lado la habían visto dos veces con un muchacho separado. “Pero te lo digo en voz baja, que no se entere nadie”, apostillaba.

Al verlo, ella le preguntó. “Juan, ¿Cómo ha ido, chiquillo?. ¿De qué vais esta año?, no me dejes con la ‘entrénguli’. A ver si quedo con mis amigas del baile y me voy a veros a lo de los mejillones”. El respondió: “ha ido bien, Merche, pero la gente es informal. Se compromete, y luego no aparece. Mañana irá mejor, supongo, pero nos quedan tres semanas. En fin, voy para arriba”.

“Y la Afri, ¿Cómo lleva esto del carnaval?. Hasta el mismísimo me imagino. Chiquillo, ¿por qué lo haces?”. El no pudo evitar quedarse sin palabras. “Supongo que porque me gusta, Merche. No se porqué, pero creo que después de mi familia, es lo que más quiero”.

Al entrar en casa, Afri roncaba en el sofá, con la manta y el gato en lo alto. Netflix preguntaba sobre la foto fija de un policía con cara de borrracho y un gorro de nieve si seguía ahí….

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