La importancia no se mide en kilómetros cuadrados

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Foto Baselga | CEDIDA
José María Baselga
15 ago 2026 - 03:36

Cuando se habla de las posibilidades económicas de Ceuta aparece con frecuencia una limitación aparentemente evidente: “su tamaño”. Apenas 18,5 kilómetros cuadrados parecen imponer un techo muy bajo a cualquier ambición de desarrollo. Sin embargo, basta mirar el mapa para comprobar que la superficie de un territorio y su relevancia internacional guardan una relación mucho menor de lo que intuitivamente pensamos.

Gibraltar ocupa alrededor de 6,8 kilómetros cuadrados, poco más de un tercio de Ceuta. Eso no le ha impedido construir una personalidad económica perfectamente reconocible alrededor de su posición estratégica, el puerto, los servicios financieros, el turismo y, más recientemente, actividades digitales y tecnológicas. Cuando alguien piensa en Gibraltar no piensa en sus siete kilómetros cuadrados, sino en las funciones que desempeña.

Mónaco lleva este razonamiento al extremo. En poco más de dos kilómetros cuadrados ha construido una marca internacional asociada a las finanzas, el turismo de alto nivel, los grandes eventos, el deporte y los servicios. Su territorio cabría varias veces dentro de Ceuta y, sin embargo, su proyección mundial resulta incomparablemente mayor.

Macao, con aproximadamente 33 kilómetros cuadrados, ofrece otro ejemplo. Su especialización económica ha conseguido que un territorio diminuto tenga una identidad internacional propia y una actividad económica desproporcionada respecto a su extensión.

Incluso pequeños Estados europeos como San Marino, con unos 61 kilómetros cuadrados, o Liechtenstein, con alrededor de 160, demuestran que la dimensión territorial no determina necesariamente la capacidad de construir una economía singular y reconocible. Malta pertenece ya a otra escala -unos 316 kilómetros cuadrados-, pero constituye igualmente un magnífico ejemplo de cómo la posición geográfica, la especialización y la apertura internacional pueden multiplicar el valor de un territorio pequeño.

Todos estos casos son diferentes y ninguno constituye un modelo que Ceuta pueda simplemente copiar. Pero comparten una enseñanza: los territorios pequeños que prosperan no intentan comportarse como territorios grandes en miniatura -SE ESPECIALIZAN-. Encuentran una actividad, una función o una combinación de ellas en las que su ubicación, legislación, conocimiento, infraestructuras o historia les proporcionan una ventaja. Y después concentran recursos públicos, inversión privada, formación y promoción internacional alrededor de esa especialización.

Ceuta dispone además de algo que no puede fabricarse mediante subvenciones ni trasladarse a otro lugar: “su posición geográfica”. Está situada en uno de los espacios marítimos más importantes del mundo, en la conexión entre Atlántico y Mediterráneo, Europa y África. Cada día pasan frente a su entorno algunos de los principales flujos marítimos internacionales. Al mismo tiempo, el Mediterráneo afronta enormes desafíos relacionados con contaminación, biodiversidad, pesca, cambio climático, infraestructuras submarinas, navegación, energía y conocimiento oceanográfico.

Ahí puede existir una oportunidad.

Ceuta podría aspirar a convertirse progresivamente en un centro europeo de tecnología, conocimiento e inteligencia marina, utilizando la economía azul no simplemente como una etiqueta administrativa, sino como verdadera especialización territorial. Eso significa atraer empresas de robótica marina, vehículos autónomos, sensores submarinos, comunicaciones subacuáticas, inteligencia artificial aplicada al océano, cartografía, acuicultura avanzada, monitorización ambiental o mantenimiento de infraestructuras submarinas. Significa ofrecer el Estrecho como laboratorio natural para universidades y centros tecnológicos europeos. Y significa generar desde Ceuta datos y conocimiento sobre el Mediterráneo que tengan valor para empresas, científicos y administraciones.

No sería necesario albergar enormes industrias ni disponer de miles de hectáreas. Precisamente muchas de estas actividades necesitan relativamente poco suelo y mucho talento, tecnología, conectividad y acceso al mar.

Existen además otras especializaciones compatibles. Ceuta podría desarrollar capacidades en logística marítima avanzada, tecnologías portuarias, sistemas autónomos, comunicaciones, gestión de fronteras marítimas civiles o formación especializada. No se trata necesariamente de elegir una sola actividad, sino de construir un ecosistema coherente alrededor de una idea central: “el mar y el Estrecho como ventaja competitiva”. La comparación con Gibraltar resulta entonces especialmente reveladora. Ceuta tiene casi tres veces su superficie. Lo que le falta no es territorio. Le falta una especialización internacional tan fácilmente identificable como la que Gibraltar ha conseguido construir durante décadas.

Ese debería ser uno de los grandes debates sobre el futuro de la ciudad.

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