Cuando la infancia espera en un bordillo
OPINION
La infancia debería ser el único territorio donde no existieran fronteras. Cada uno de estos niños esconde una historia que comenzó mucho antes de llegar a Ceuta. Hay familias que quedaron atrás, decisiones que ningún menor debería verse obligado a tomar y viajes marcados por el miedo, la incertidumbre y la esperanza de encontrar un futuro diferente
Hay fotografías que informan y otras que llegan al corazón. No hay carreras, ni sirenas, ni escenas de tensión. No buscan el impacto. Simplemente obligan a mirar. Dos niños sentados en un bordillo de una calle cualquiera de Ceuta, compartiendo un refresco mientras observan el movimiento de una ciudad que intenta continuar con su rutina. Frente a ellos, una paloma picotea el suelo. Podría ser una escena de cualquier barrio. Pero no lo es. Porque esos niños están solos. No muestran signos de violencia ni de alteración, pero sí la incertidumbre propia de quienes han emprendido un viaje en solitario sin saber qué ocurrirá mañana.
En los últimos días, Ceuta ha vuelto a ocupar titulares por la invasión de miles de inmigrantes, entre ellos cientos de menores extranjeros no acompañados. Hablamos de cifras, de capacidades desbordadas, de competencias entre administraciones y de recursos de emergencia. Todo ello forma parte de la noticia y merece la máxima atención. Pero existe otra realidad, la de esos niños y niñas que esperan, deambulan por las calles o pasan horas sentados sin saber qué ocurrirá al día siguiente.
La infancia debería ser el único territorio donde no existieran fronteras. Cada uno de estos niños esconde una historia que comenzó mucho antes de llegar a Ceuta. Hay familias que quedaron atrás, decisiones que ningún menor debería verse obligado a tomar y viajes marcados por el miedo, la incertidumbre y la esperanza de encontrar un futuro diferente. No podemos ignorar la complejidad del fenómeno migratorio ni de obviar las enormes dificultades que afronta una ciudad como Ceuta para atender una llegada masiva de menores. La presión sobre los servicios públicos es real y brutal, y las soluciones no son sencillas. Pero precisamente en los momentos de mayor dificultad es cuando una sociedad demuestra cuáles son sus prioridades.
No obstante, es fácil acostumbrarnos a las imágenes de la migración. La repetición acaba anestesiando. Aunque resulta imposible contemplar una escena como esta sin hacerse preguntas. ¿Qué pasa por la cabeza de un niño que ha cruzado una frontera solo? ¿Qué espera mientras pasan las horas sentado en una acera desconocida? ¿Qué siente cuando cae la noche y todavía no sabe dónde dormirá o qué le deparará el día siguiente? Quizá nunca conozcamos sus respuestas. Pero sí sabemos algo que no admite discusión: antes que migrantes, son niños. Y esa condición debería situarse siempre por encima de cualquier debate político, administrativo o fronterizo.
Lamentablemente, Ceuta vuelve a situarse en primera línea de una realidad compleja. Una ciudad pequeña que soporta una presión enorme y donde las administraciones buscan soluciones que rara vez llegan con la rapidez que exige la situación. Mientras tanto, la espera tiene un escenario muy concreto… una acera, una plaza o un banco. Porque las imágenes más poderosas no siempre son las más espectaculares. A veces basta un bordillo, dos menores y una ciudad que sigue caminando a su alrededor para recordar que detrás de cada crisis hay personas. Niños cuya infancia ha quedado suspendida en una espera que nadie debería normalizar.
Ceuta volverá a dejar de ser noticia dentro de unos días. Llegarán otros titulares y otras urgencias. Sin embargo, muchos de esos menores seguirán aquí, aguardando una decisión, una plaza de acogida o simplemente una oportunidad. Niños antes que migrantes. Antes que expedientes. Antes que estadísticas… Y quizá ese sea el mayor riesgo de todos… que acabemos acostumbrándonos a ver a un niño esperando solo en una calle y dejemos de preguntarnos cómo hemos llegado a considerar esa imagen como algo cotidiano. Porque cuando esto ocurra, el problema dejará de ser únicamente migratorio. Será, sobre todo, un problema de humanidad.