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Ceuta, mi ciudad querida
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Ceuta tiene derecho a ser escuchada. Tiene derecho a que sus problemas se conozcan fuera de nuestras fronteras y a que quienes vivimos aquí podamos contar lo que sucede en nuestras calles. Por eso, cuando una persona decide coger una cámara y mostrar la realidad de nuestra ciudad, no seré yo quien critique el hecho de informar.
Juan Ruiz es ceutí. Y precisamente por eso creo que merece que se le haga una pregunta que va más allá de sus vídeos: ¿hasta dónde llega la neutralidad cuando uno se declara apolítico?
Porque cuando a Juan Ruiz se le pregunta de qué partido es, la respuesta es clara: apolítico. Y ser apolítico es perfectamente legítimo. Nadie está obligado a militar en un partido ni a identificarse públicamente con unas siglas.
Pero ser apolítico no significa necesariamente estar al margen de la política.
La cuestión no es qué vota Juan Ruiz, ni siquiera si pertenece o no a un partido. La cuestión es con quién decide colaborar, qué espacios utiliza para difundir sus mensajes y qué discursos terminan acompañando a su trabajo.
Cuando se participa o se colabora con determinados movimientos y plataformas que mantienen discursos políticos muy definidos, o con espacios mediáticos que han sido señalados por utilizar discursos que muchos consideran racistas o xenófobos, es normal que la ciudadanía se haga preguntas.
Y aquí quiero ser claro: no estoy diciendo que Juan Ruiz sea racista. Tampoco estoy diciendo que comparta necesariamente todo aquello que defienden las personas o movimientos con los que aparece. Pero si uno decide acercarse a determinados espacios, tiene que aceptar que la sociedad pueda preguntarse qué mensaje está legitimando con esa colaboración.
Porque no podemos pedir que se nos considere completamente neutrales mientras nos relacionamos públicamente con determinados actores políticos y, al mismo tiempo, negar cualquier dimensión política de esas relaciones.
Ese es el debate.
Y quizá lo más preocupante es que Ceuta vuelva a convertirse en el escenario perfecto para una batalla política que no hemos elegido los ceutíes.
También hemos visto manifestaciones y concentraciones fuera de nuestra ciudad en las que, junto a mensajes de apoyo a Ceuta, aparecen consignas identitarias como “España cristiana y no musulmana”. Y aquí también debemos preguntarnos: ¿qué Ceuta estamos defendiendo?
Porque Ceuta es España, nadie debería tener dudas sobre ello. Pero Ceuta también es plural. En nuestra ciudad conviven personas con diferentes creencias y formas de entender la vida. Reducir la defensa de España a una determinada religión no representa a todos los españoles y, desde luego, tampoco representa la complejidad de Ceuta.
Podemos defender nuestras fronteras sin atacar a una religión. Podemos exigir seguridad sin señalar a una comunidad. Podemos denunciar una mala gestión migratoria sin convertir al extranjero en el enemigo. Y podemos defender Ceuta sin convertirla en el campo de batalla de una guerra cultural.
Por eso, Juan Ruiz, precisamente porque eres de Ceuta, creo que la pregunta merece una respuesta sincera: ¿dónde termina tu apoliticismo y dónde empiezan las decisiones políticas que tomas con tus colaboraciones y los espacios que eliges?
Ser apolítico no significa estar obligado a callar. Pero tampoco debería significar utilizar la etiqueta de “apolítico” para evitar cualquier pregunta sobre las consecuencias políticas de nuestras propias decisiones.
Ceuta no necesita que nadie venga a decirnos quiénes somos. Tampoco necesita que nuestra realidad sea utilizada para alimentar discursos de enfrentamiento.
Necesitamos que se cuente lo que ocurre. Sí.
Pero también necesitamos saber quién lo cuenta, desde dónde lo cuenta y junto a quién decide hacerlo.
Porque informar sobre Ceuta es legítimo.
Utilizar Ceuta para alimentar la división, no.
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