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En las últimas semanas ha aumentado la visibilidad de quienes se autodenominan therians, personas que afirman identificarse, en algún plano, con animales no humanos. Este fenómeno, especialmente presente en redes sociales y entornos juveniles, merece una reflexión seria y responsable.
No podemos permitir que cualquier tendencia emergente se normalice sin un análisis crítico de sus implicaciones. La sociedad tiene la obligación de proteger el bienestar psicológico y el desarrollo equilibrado de los menores, así como de preservar marcos claros sobre identidad y realidad.
La adolescencia es una etapa de construcción personal, de búsqueda y de experimentación. Sin embargo, no todo proceso identitario debe reforzarse automáticamente sin cuestionamiento. Existen diferencias claras entre el respeto a las personas y la validación acrítica de todas las narrativas que surgen en internet.
No se trata de señalar ni de ridiculizar a nadie. Pero tampoco podemos permitir que, bajo la bandera de la diversidad, se diluyan los límites necesarios para una convivencia basada en referencias compartidas.
Las instituciones educativas y las familias deben actuar con prudencia, priorizando el acompañamiento psicológico y el pensamiento crítico por encima de la viralidad.
Además, es fundamental evitar que se genere presión social entre jóvenes para adoptar etiquetas que pueden responder más a dinámicas de pertenencia digital que a realidades consolidadas. La identidad no puede convertirse en una moda pasajera sin consecuencias.
La responsabilidad colectiva exige equilibrio: respeto individual, sí; pero también claridad, orientación y sentido común. Una sociedad madura no reacciona con burla, pero tampoco con complacencia automática ante cualquier fenómeno cultural.
Es momento de reflexionar con serenidad y firmeza.
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