“El mal se vuelve aceptable cuando se le concede normalidad”

OPINIÓN

Encuentro celebrado la pasada semana en la Biblioteca del Estado
Encuentro celebrado la pasada semana en la Biblioteca del Estado | E.P.

Hay momentos en los que una sociedad debe detenerse y preguntarse qué está dispuesta a normalizar. La participación de la extrema derecha en un coloquio juvenil es uno de esos momentos.

No porque quienes organizaron el encuentro actuaran con mala intención, ni mucho menos, son jóvenes, comprometidos y con ganas de hacer cosas. Pero precisamente por eso conviene recordar que la ultraderecha sabe aprovechar cualquier espacio para entrar, como un lobo con piel de cordero, y tratar de influir en personas que aún están formando su criterio político.

La banalización del mal no llega de golpe. Llega cuando lo intolerable empieza a presentarse como aceptable. Cuando discursos que vulneran derechos fundamentales se sientan en los mismos espacios que aquellos que los defienden. Cuando lo que debería alarmar se disfraza de “una opinión más”. Y llega, sobre todo, cuando olvidamos las lecciones más básicas que nos enseñaron desde pequeños.

En la escuela, muchas generaciones crecieron viendo La vida es bella o El pianista. Tras cada proyección, la pregunta era inevitable: “¿Cómo pudo ocurrir? ¿Cómo pudo tanta gente mirar hacia otro lado?” Se asumía que aquello pertenecía al pasado, que hoy nadie permitiría que algo así volviera a suceder.

Pero ocurrió. Y sigue ocurriendo. Estamos viendo un genocidio televisado, retransmitido en directo, con miles de víctimas civiles y una comunidad entera sometida a una violencia sistemática. Y seguirá ocurriendo mientras, en nuestros propios espacios, se dé voz y legitimidad a quienes justifican, apoyan o se alinean con los perpetradores de esas violencias, ya sea en Gaza o en cualquier otro lugar donde la dignidad humana se vea amenazada.

Por eso es necesario preguntarse qué significa que la ultraderecha participe en espacios juveniles y educativos.

No se trata de pluralidad.

No se trata de escuchar “todas las voces”.

Se trata de entender que no todos los discursos parten del mismo respeto a los derechos humanos.

¿De verdad alguien cree que la extrema derecha defiende el Estado del bienestar, la educación pública o la igualdad de oportunidades?

¿De verdad alguien cree que la extrema derecha defiende a la gente joven?

Para comprender el problema de esta normalización, basta con trasladarlo a otros escenarios.

Hoy por hoy, lo vemos con una claridad que debería incomodarnos. No nos llevamos las manos a la cabeza ante políticas que, como las impulsadas por Trump a través de ICE, se presentan como simples decisiones administrativas mientras afectan de forma brutal a comunidades enteras. Esa normalización del daño, ese disfraz de “una postura más”, es exactamente el mecanismo que permite que discursos profundamente discriminatorios se cuelen en espacios donde jamás deberían tener cabida.

La cuestión no es si deben existir debates plurales. La cuestión es qué legitimamos cuando tratamos como equivalentes discursos que deshumanizan y las vidas de quienes son deshumanizados. Arendt lo advirtió: el mal se vuelve aceptable cuando se le concede normalidad.

Los espacios juveniles no pueden convertirse en escenarios que la extrema derecha aprovecha para atacar derechos, señalar a comunidades enteras o que justifican violencias estructurales.

Por ello, Jóvenes por la Dignidad lo afirma con claridad:

¡NO PASARÁN!

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