COLABORACIÓN
Vivas, el último escudero del sanchismo
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El sol no te fatigará… (Salmo 121:6). Venid a mí y os daré descanso» (San Mateo 11:28). Cofradía San Antonio de Padua, Ceuta
¡Míralo cómo vuelve, Ceuta! Míralo cómo viene, rendido de amor y cargado de milagros, subiendo por las veredas de piedra y roca donde el Monte Hacho se vuelve sagrario de la brisa marina. Es la mañana bendita del trece de junio, cuando el cielo caballa se viste de azul imperecedero y el aire huele a sal, a retama silvestre y a los últimos suspiros del azahar de la primavera que se resiste a marchar.
Pisa el Santo su pradera dorada, y el sol, ese astro de justicia que enciende las murallas e ilumina el estrecho, parece detenerse ante las puertas de la blanca ermita franciscana. Pero hoy el sol no castiga en Ceuta; hoy el sol se vuelve caricia y destello tamizado, porque el amor de tus hijos se ha hecho un techo de encaje, y sus colores se vuelven filigranas de devoción sobre las cabezas de tus romeros.
¡Qué bendita locura de Fe bordada! Esos hermanos cofrades, tejiendo con sus manos desvelos de lana blanca, azul, verde y colorada, han levantado un palio de sombra calada para que sus fieles —esos devotos de fe inquebrantable coronados con sus clásicos sombreros de paja— encuentren el frescor del cielo en la antesala de tu altar, ante tu ermita calada!
Llevo tu foto guardada
en una red que nunca acaba,
en los levantes de plata
con Ceuta que te aclama,
donde el monte se vuelve
ardiente canto en tu estampa.
Y en este día sagrado
el sol tu rostro te dora,
mientras en la verde pradera
el tomillo perfuma y llora,
cuando la vieja primavera
se rinde, te reza y te adora,
y con un latido negro y blanco
tus caballas te imploran,
en la ermita por el sol
bañada por la límpida aurora.
¡Míralo cómo se acerca
coronado de amapolas!
Y tus romeros con sombreros
y banderas españolas
van dibujando las olas
de un mar de fe franciscana
que nunca te deja a solas.
Y cuando termina la mañana,
entra en la ermita tal quietud,
tanta calma sagrada te añora,
San Antonio de mi alma pecadora,
luz de la patria caballa y redentora,
que bajo tu techo de lana,
toda Ceuta te aclama y te adora
y con ese palio tejido en la altura,
derramas paz y salud,
amor, milagro y dulzura!
Míralo ya a las puertas del recogimiento, rodeado de un pueblo que es un solo corazón latiendo a ritmo de letanías, tambores y sevillanas. El Santo se detiene, mira a sus hijos guarecidos bajo la sombra bienhechora del amor fraterno, y en esa delicada penumbra, la sonrisa del Niño Jesús que lleva en sus brazos parece decirnos: No temáis al rigor del camino, que aquí, en los pilares de la fe caballa, siempre habrá una sombra amiga y un corazón abierto”. ¡Suene la música, calle el levante y viva San Antonio del Monte Hacho, divino, glorioso y grande!
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