El milagro recién horneado de la memoria: trigo, mar y pan en el Hacho

Opinión

El milagro del Pan de la Caridad, multiplicado en el Monte Hacho por las manos puras de la inocencia franciscana, por Jacobo Díaz Portillo

San Antonio en su Romería
San Antonio en su Romería | Jacobo Díaz Portillo
Jacobo Díaz Portillo
07 jun 2026 - 11:15

Miren cómo sube la mañana del trece de junio a la cima del monte Hacho, abriéndose paso entre el verdor de los pinos, el trementino aroma de los lentiscos y las amarillas retamas encendidas del camino. Despunta el día con un sol de justicia poética que dora, uno a uno, los perfiles de piedra bañada por la cal de nuestras murallas milenarias, mientras un suave viento de levante suspira entre los acantilados del Sarchal como un rezo rezagado que no quiere perderse una nueva cita con la historia. Ya huele a romería en la altura, ya suben los romeros; ya cruje el esparto y la paja limpia de los sombreros bajo un cielo nítido y claro, que parece un lienzo inmaculado pintado para la gloria. El aire de Ceuta recobra la memoria y se vuelve esta mañana una filigrana de emociones encontradas, un barco de amores que viaja desde las playas del alma y las orillas de nuestra infancia hasta el mismísimo dintel de la blanca ermita franciscana. ¡Ceuta de mis entretelas, balcón de luz salada, roca bendita cosida con hilvanes de plata!

¡Míralo, Ceuta, levanta los ojos y míralo, que ya viene Antonio Bendito y Santo! Camina el Taumaturgo sobre un campo de trigo verdeante tallado en su peana, avanzando con paso rítmico y lento sobre el asfalto, mecido con mimo por el hombro y el amor de sus hijos caballas. Viene dispuesto a pisar con alegría ese suelo sagrado que la piedad popular transforma de inmediato en una alfombra de pétalos efímeros, romero tronchado y un vergel de olores enfrentados que se derraman en una mágica e improvisada cascada de una aromática primavera tardía.

Pero detened la marcha, costaleros de la devoción caballa; detened por un instante la mirada antes de que avance la caoba labrada. Miren al frente. Reparen, antes de las andas, en esos pequeños querubines que abren el cortejo: monaguillos infantiles revestidos con el sayal de la humilde Sión franciscana, los ojos abiertos como lunas y las manos unidas en un antiguo rito. Ellos, en su bendita inocencia, custodian el tesoro más grande y sagrado de la mañana: el divino Pan de San Antonio, presencia y esencia de la caridad cristiana hecha hermosura.

En sus manos infantiles y puras,

va el milagro que el Santo sembrara,

el preludio de tanta ventura,

que en los hogares nunca faltara.

Es el trigo que brota en la altura

de este monte de sol y de plata,

es esa promesa de un alma pura

que la devoción del pueblo desata.

Los pequeños custodian la herencia

con aroma de tierno incensario,

repartiendo el amor y la esencia

de este humilde y bendito sagrario.

Pan bendito que cura la pena,

que cobija al que sufre el olvido,

tú transformas la mesa más buena

en un huerto en el mar florecido.

Eres limosna de amor en la bahía

que se mese en las andas de la gloria,

la despensa que nunca está vacía

y el trigo siempre verde en la memoria.

Es el pan de los pobres, el mismo que brotó milagroso de los cestos vacíos del convento de Padua cuando el santo asaltó sus despensas con amor y desafío; ese mismo pan que hoy huele a canela, fragancia de horno tradicional y promesa eterna en las manos de nuestros niños. Es el anuncio no escrito del reparto de miles panecillos que la Hermandad del Monte Hacho entregará a la caída de la mañana, cuando las colas de fieles desafíen la solana para cumplir de nuevo el rito. ¡Qué misterio tan inmenso y bonito esconde este panecillo bendito! Oye Afri, vecina; escúcheme todos los caballas: no olviden -entre tanto-guardarlo con celo en las cocinas, allí donde el fuego del hogar late, junto a la estampa del santo. Ese pan será vuestro escudo infinito contra la escasez, un amuleto de protección y abundancia, e ingrediente para las ollas de caracoles con caldo de hierbabuena franciscana. Mientras ese trozo de masa bendita habite en la casa, el trabajo, el dinero y el sustento diario jamás faltarán en ese rincón bendito de las familias que en Dios confían.

Porque lo que hace verdaderamente única a la tradición en Ceuta es el ciclo vital y místico de este panecillo. Aquí el pan no se consume ni se abandona al olvido; no se tira a la basura. Se guarda celosamente en el sagrario del altar familiar hasta que el calendario nos lleva a la noche mágica del solsticio, cuando las hogueras de San Juan encienden sus lenguas de fuego en la orilla. Es entonces cuando debes llevarte el pan añoso al mar. Él buscará su último y más hermoso lugar, su mejor y más genuino destino, en una ofrenda ancestralmente mediterránea y evocadora, alimentando a los peces en las aguas plateadas por la luna de la Ribera, el Chorrillo o la Potabilizador. Con ese gesto atávico, los ceutíes devolvemos las gracias por los favores recibidos y purificamos nuestros deseos en las aguas cristalinas que bañan las riberas de la eterna perla de nuestros mares.

¡Sigue tu sendero de oro, San Antonio glorioso y bendito! Que la petalada y los vítores no distraigan tu camino. Derrama tu gracia, tu salud y tu consuelo sobre este pueblo fiel y amigo, que siempre va contigo, que te aclama como su más ilustre benefactor y vecino. Haz que las manos de tus pequeños monaguillos sigan siendo el copón divino donde Ceuta custodia la caridad y el amor infinito. Que tu blanca ermita en el monte que antaño subieron nuestros padres y abuelos sea, ayer, hoy y siempre, el reposo de nuestro sosiego, la fuente de nuestras alegrías, y el faro vivo de luz salada de nuestro espíritu marinero, que alumbre y guíe nuestro incierto destino, y algún día, nos abra el camino para el cielo.

También te puede interesar

Lo último

stats