Por qué los números de Smishing siguen activos: Un Sistema que protege al estafador
COLABORACIÓN
Miles de ciudadanos intentan denunciar fraudes telefónicos cada día, pero se encuentran con un laberinto burocrático que desalienta la colaboración.
Cada vez que recibes un SMS sospechoso haciéndose pasar por tu banco, Correos o Hacienda, surge la misma pregunta: ¿por qué nadie bloquea estos números si es obvio que son fraude? La respuesta revela un sistema diseñado al revés, donde denunciar es más complicado que estafar.
El calvario de intentar denunciar
María López (nombre ficticio) recibió un mensaje del número 97307277 haciéndose pasar por su banco. Lo reconoció inmediatamente como fraude y quiso denunciarlo. Treinta minutos después de formularios confusos y páginas web circulares, se rindió. “Es increíble que ponen más trabas al que quiere ayudar que al que comete el delito”, se queja.
Su caso no es aislado. Intentar denunciar un smishing (phishing por SMS) significa enfrentarse a un sistema fragmentado donde nadie tiene claro quién debe actuar. ¿La policía? ¿El operador telefónico? ¿La oficina de ciberseguridad? La respuesta debería ser simple, pero cada organismo te redirige a otro.
Si acudes a una comisaría, te encuentras con formularios diseñados para robos físicos, no para fraude digital. Si no has perdido dinero porque detectaste la estafa a tiempo, tu denuncia pierde prioridad. Es decir, el sistema premia a quienes fueron engañados y castiga a quienes intentan prevenir que otros caigan en la trampa.
La ventaja de los estafadores
Las redes de fraude han industrializado su actividad. Utilizan números virtuales, falsifican remitentes y rotan constantemente sus líneas. Cuando finalmente se bloquea un número, ya tienen diez más operativos. Los operadores telefónicos reciben miles de reportes diarios, pero no comparten información entre ellos. Un número bloqueado en una compañía puede seguir funcionando en otra.
Además, estos delitos caen en un limbo jurisdiccional. El fraude se origina en un país, usa infraestructura de otro y afecta a víctimas en un tercero. La cooperación internacional existe sobre el papel, pero en la práctica es lenta y burocrática. Mientras tanto, los estafadores operan con impunidad desde cualquier lugar del mundo.
Un problema de prioridades
Para las fuerzas de seguridad, el smishing no es prioritario. Los recursos se concentran en delitos violentos, narcotráfico y terrorismo. El fraude digital, especialmente los intentos fallidos, queda relegado. Esta lógica es comprensible, pero profundamente frustrante para quien intenta colaborar con el sistema y recibe indiferencia como respuesta.
Los operadores telefónicos, por su parte, argumentan que filtros demasiado estrictos podrían bloquear mensajes legítimos. Las autoridades señalan falta de recursos. Mientras todos se excusan, la carga recae sobre el ciudadano: se le pide que tenga cuidado, que no haga clic, que verifique siempre. Es como pedirle que evite los robos en lugar de mejorar la seguridad de las calles.
Soluciones que existen pero no se aplican
La tecnología para frenar el smishing ya existe. Se podría implementar verificación estricta para envíos masivos, crear bases de datos compartidas de números fraudulentos entre operadores, usar inteligencia artificial para detectar patrones sospechosos antes de que lleguen a los usuarios. Algunas de estas herramientas ya están en uso, pero de forma parcial y desigual.
Lo que falta no es tecnología, sino voluntad política y coordinación. Mientras el sistema ponga más barreras a quien denuncia que a quien defrauda, los números como el 97307277 seguirán operando impunemente. La infraestructura está diseñada para proteger la libertad de comunicación, pero los estafadores la explotan para el fraude masivo.
El cambio requiere una vía de denuncia simple y unificada, consecuencias reales para los responsables, mayor responsabilidad de los operadores y mejor coordinación internacional. Hasta entonces, seguiremos preguntándonos por qué nadie le mete mano a estos números mientras la respuesta permanece incómodamente clara: porque es más fácil ignorar el problema que resolverlo.