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Ceuta ante la crisis: cuidar a quienes viven aquí
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Hay momentos en los que una ciudad tiene que mirarse al espejo.
Los incidentes registrados durante las manifestaciones relacionadas con la situación de Ceuta, tanto en nuestra ciudad como en distintos puntos de España, deberían obligarnos a una reflexión que va mucho más allá de la protesta concreta, de las consignas políticas o de las posiciones enfrentadas. Porque cuando un cámara acaba en el hospital por hacer su trabajo, cuando una reportera es increpada, maltratada o impedida para ejercer su profesión, cuando a un periodista local le rompen el teléfono con el que está cubriendo los acontecimientos o cuando profesionales desplazados desde fuera son señalados y hostigados por contar lo que sucede, el problema ya no es solamente la protesta. El problema es que estamos empezando a aceptar lo inaceptable.
Juanjo, cámara de RTVCE, terminó en un hospital. Gloria, reportera, tuvo que soportar el acoso y la censura de quienes pretendían decidir qué podía contar y qué no. Un miembro de la prensa local de El Pueblo de Ceuta sufrió anteriormente la agresión y la rotura de su teléfono móvil. Y periodistas de La Sexta desplazados a nuestra ciudad también han sido objeto de agresiones y hostigamientos.
No son anécdotas. No deberían ser daños colaterales. Y, sobre todo, no pueden convertirse en algo que terminemos normalizando.
El periodismo libre existe precisamente para eso: para mirar donde algunos preferirían que no se mirase, para preguntar cuando otros quieren imponer silencio, para contar lo que ocurre aunque el relato no guste a todos. En democracia, nadie tiene derecho a decidir por la fuerza qué imágenes pueden grabarse, qué preguntas pueden formularse o qué historias pueden publicarse.
Podremos discutir con el periodista o criticar su enfoque. Podremos considerar injusta, sesgada o equivocada una información. Podemos incluso denunciar públicamente aquello que entendamos que no se ajusta a la realidad. Lo que no podemos hacer es agredirle. Y mucho menos hacerlo mientras nos convencemos de que estamos defendiendo Ceuta.
Porque Ceuta no necesita que nadie la defienda del periodismo, lo que necesita es precisamente que el periodismo pueda contarla.
Nuestra ciudad es demasiado compleja, demasiado singular y demasiado importante como para reducirla a consignas, trincheras y enemigos. Ceuta es muchas cosas al mismo tiempo. Es frontera y convivencia. Es preocupación y esperanza. Es conflicto, pero también encuentro. Es española y mediterránea. Es europea y africana. Es una ciudad en la que conviven personas de diferentes culturas, religiones, procedencias e ideas.
Precisamente por eso, lo que estamos viendo debería preocuparnos.
Hay un odio que se está disfrazando de defensa de Ceuta. Un racismo larvado que durante mucho tiempo permaneció agazapado y que ahora encuentra en las redes sociales el altavoz perfecto para eclosionar y trasladarse a nuestras calles. Y hay también una intolerancia creciente hacia quien piensa diferente, como si eso fuese una traición y como si defender una determinada idea de España, de Ceuta o de la convivencia otorgara licencia para señalar, insultar o perseguir al contrario.
No nos engañemos, hay comportamientos que no nacen de la crisis de Ceuta, sino que encuentran en ella una excusa para imponerse.
La crisis no convierte en legítimo el racismo, como la indignación no convierte en legítima la violencia. Nada tiene que ver el patriotismo con la censura, ni defender Ceuta con señalar al diferente.
También deberíamos ser especialmente cuidadosos con algo que ocurre lejos de las cámaras y que, sin embargo, tiene consecuencias muy reales: los mensajes que cada uno de nosotros difunde en redes sociales.
No hace falta organizar una agresión para contribuir a crear el clima que la hace posible. No hace falta lanzar una piedra para alimentar el odio. Basta a veces con compartir un mensaje claramente xenófobo, un comentario racista o una mentira o enfoque tendencioso sobre quienes tienen otro origen, otra religión o simplemente otra manera de entender las cosas.
Algunos pretenden envolver esos mensajes en una supuesta defensa de Ceuta. Pero una cosa es defender nuestra ciudad y otra muy diferente utilizar a Ceuta como coartada para atacar a quienes son diferentes.
Cada mensaje que presenta a un colectivo entero como una amenaza, cada publicación que deshumaniza al que tiene otro origen, cada insulto que convierte al diferente en enemigo, contribuye a construir una sociedad más intolerante. Las palabras crean ambientes, los ambientes normalizan comportamientos, y los comportamientos, cuando nadie los frena, pueden acabar convirtiéndose en violencia.
Por eso también tenemos una responsabilidad individual. La libertad de expresión no consiste únicamente en poder decir lo que pensamos. Consiste también en asumir la responsabilidad de aquello que decidimos poner en circulación.
Estamos viviendo tiempos extraños. Tiempos en los que vuelve a parecer rentable señalar al diferente, cercar al que opina distinto y convertir al que informa en enemigo. Tiempos en los que determinadas palabras, que creíamos desterradas de nuestra convivencia, vuelven a circular con una preocupante naturalidad. Y conviene recordar a dónde conducen esas dinámicas.
Los tiempos más oscuros de nuestra historia no comenzaron siempre con grandes acontecimientos, comenzaron con algo aparentemente más pequeño: la construcción de un enemigo, la deshumanización del diferente, la aceptación progresiva de que algunos tenían menos derechos que otros, la sustitución del debate por el señalamiento y la violencia.
Quien quiera regresar a aquellos tiempos sólo puede hacerlo desde la ignorancia, pero quienes conocemos nuestra historia tenemos la obligación de evitar que se repita.
Ceuta no necesita odio para ser fuerte ni necesita racismo para reafirmar su españolidad. Necesita exactamente lo contrario: más democracia, más convivencia, más respeto y más libertad. También periodistas que puedan trabajar sin miedo.
Porque el día que una periodista tenga que pensar dos veces si puede sacar su micrófono a la calle; el día que un cámara tenga que valorar si una imagen puede costarle una agresión; el día que un reportero local tenga miedo de levantar su teléfono para contar lo que está sucediendo; el día que el profesional de un medio nacional tenga que abandonar una zona porque se siente amenazado, habremos debilitado Ceuta.
Y quizá lo más peligroso de todo sea que quienes hoy agreden a un periodista porque no les gusta lo que está contando mañana podrían hacer exactamente lo mismo con un vecino, un político, un empresario, un profesor o cualquier ciudadano cuyo pensamiento les resulte incómodo.
Por eso, ante lo sucedido, no debería haber medias tintas. Las agresiones a periodistas deben ser condenadas sin apellidos, sin excusas y sin peros. No importa qué medio sea. No importa qué línea editorial tenga. No importa si la información que está elaborando nos gusta o nos disgusta.
Un periodista que trabaja no es una amenaza.
Y una sociedad que permite que se agreda al que informa está renunciando, poco a poco, a su propia libertad.
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