El pan
SHINBONE STAR
Al presidente egipcio Gamal Abdel Nasser le preocupaban muchas cosas. Pero con una tenía obsesión, al punto de que ordenó a sus subordinados tener un informe diario sobre la mesa sobre la evolución en la jornada anterior de eso que tantos desvelos le ocasionaba: el precio y la venta del pan. Muy en esencia, el pan es agua, sal y harina, y en métodos de preparación rudimentarios, basta con un horno para hacerlo. La teoría de Nasser no era descabellada: si aumenta la venta de pan, tenemos un problema. Es señal de que la gente no tiene para comer. Optó, entonces, por beneficiar fiscalmente precisamente la compra del citado alimento, sabiendo que era lo único que miles de egipcios podrían poner sobre la mesa ese día. Es una más de esas reglas infalibles que nos dan la medida del nivel de un país. Como el célebre índice ‘Big Mac’ o el ‘Kalashnikov’: cuanto más caro sea el primero y más difícil de conseguir el segundo, mejor se vive en el lugar que sea.
Del pan se ha escrito, hablado y cantado mucho. Uno de los libros que más me ha impactado en mi vida es ‘El pan a secas’. Tiene menos metáforas que una película del destape, y es estremecedor precisamente por crudo. Mohamed Chukri, el novelista maldito del Marruecos de Hassan II, contaba como ese era el único alimento que se podía permitir ingerir. Un inciso, ya que mencionamos a Chukri. Se pueden discutir las medidas a adoptar con el fenómeno MENA. Pero para entender el origen, es imprescindible leer este libro.
A decir verdad, no termino de entender de donde nos viene esa devoción por el pan. Probablemente, desde que Jesús de Nazaret hiciera una metáfora con su cuerpo en la última cena. No es una cuestión solo alimenticia, sino también de tradición, religión y costumbres. Comemos pan y bebemos vino: su cuerpo y su sangre, como una regla de comportamiento heredada desde hace siglos. De hecho, cuando la religión estaba mucho más presente que ahora, no se tiraba el pan porque era el cuerpo de Cristo. Si algún niño lo hacía, era posterior a un beso pidiendo perdón.
Y el pan caliente, o el tostado, nos lleva a nuestra infancia más tierna. Aquellas tostadas, incluso con el rayón negro de haberse quemado algo más de la cuenta, que con un poco de aceite, mantequilla o leche condensada hacían el apaño en más de un desayuno. Ese pan caliente, tan apetecible en días como los que estamos atravesando de frío y lluvia.
Esas panaderías, en la Ceuta que fue empleaban a decenas de personas. Prácticamente, no había barriada sin que se fabricase el pan doblando la esquina, aprovechando además la venta a los cuarteles que entonces concentraban a miles de personas. Y con el pan, los pasteles: La Chilena o La Argentina son algunos lugares comunes en el imaginario colectivo de generaciones de ceutíes.
En los últimos años, el pan vuelve a ser tremendamente barato. Por poco más de cincuenta céntimos, te llevas una barra con la que haces el apaño en casa. No hay supermercado que se precie que no tenga una sección en la que, además de vendernos el pan de molde o con semillas, nos ofrecen una baguette que, con una lata de atún o algo de aceite, nos salva de un apuro. Al menos, a los mayores. Coincide esto con una época de estrecheces económicas (la media docena de huevos ha pasado de costar 1’70 a 2’20/2’30 en cuestión de semanas). Unido a que una manzana siempre va a ser más cara que un producto de bollería industrial, por ejemplo, podemos empezar a entender por que de un tiempo a esta parte tenemos un importante problema de obesidad infantil en España y, en particular, en Ceuta.
Intuyo que si se vende tanto pan (oferta) es porque la gente lo pide (demanda). De no ser así, entiendo que esos pasillos estarían llenos, ¿qué se yo?, de brócoli o coliflores. Pero no. Es el pan, el pan a secas, el que nos llevamos en cada tienda, cada supermercado. Y cada vez más en los últimos años.
No le pido que intervenga el mercado alimenticio (directamente: otra cosa son las políticas fiscales) presidente Sánchez, pero si que, al menos, tome nota de la teoría de Nasser. El pan como tradición, como alimento, pero también como indicador social. Migas sobre la mesa, migajas para millones de economías familiares al borde del colapso…