La Prioridad Nacional y la vieja estrategia de focalizar la frustración del pueblo hacia una minoría débil
COLABORACIÓN
Hoy vamos a hablar de algo que la ultraderecha repite mucho y explica poco. Entre uno de los últimos pactos que han llevado a cabo PP y Vox ha aparecido un nuevo concepto: la Prioridad Nacional. ¿Pero qué es eso? Bueno, es que ni los propios artífices de este lema se ponen de acuerdo a la hora de arrojar luz sobre su significado, pero podríamos interpretarlo con algunos de los términos favoritos de la ultraderecha -y entre muchas comillas- de la siguiente manera:
Hay una “invasión” de personas migrantes que va a “saturar” los servicios públicos; existe una competencia con los “verdaderos españoles”, que son en realidad los “discriminados”. El Estado, por razones ideológicas, está privilegiando las ayudas a esos colectivos, frente a las necesidades de los españoles “auténticos”. Esto tiene como consecuencia el “efecto llamada” que provocará una descompensación de la población autóctona por parte de los “intrusos”; y, de manera última, se producirá una “catástrofe cultural”, pues “los inmigrantes vienen a traer delincuencia, terrorismo y sus costumbres bárbaras y anti occidentales”. O dicho de otra forma: los de aquí primero. Aunque no queda muy claro eso de ser de aquí…
¿Pero qué supone realmente la Prioridad Nacional? Pues pasar de derechos basados en la necesidad a derechos basados en la nacionalidad. Es decir, no ayudar a quien lo necesita, sino a quien encaja. El PP relaciona el principio de Prioridad Nacional con arraigo; en cambio, Vox es más simple, tan simple como eso de los españoles primero.
La clave reside en fomentar el miedo, ya que este funciona como un poderoso focalizador porque activa el sistema de supervivencia y dirige toda nuestra energía hacia una sola amenaza, más si es compartida por un grupo y replicada de padres a hijos. El psicólogo Albert Bandura explica muy bien este fenómeno con su Teoría del Aprendizaje Social. En ella afirma que el racismo y los prejuicios no son innatos, sino que se adquieren a través de la observación, la imitación y la socialización.
Es decir, si Vox y diferentes grupos de la sociedad, incluidos nuestros padres, normalizan estos mensajes y los adoptan, está claro que acabarán llegando a los jóvenes, que los aprenderán de sus padres o de personas o personalidades a las que respetan o siguen. Tan eficaz es esta estrategia que los seguidores de tales consignas no se molestan en leer las propuestas de estos salvadores de la patria. Porque si tuvieran tiempo y ganas, por no hablar de un mínimo de comprensión lectora, entonces verían que no tienen nada que ofrecer a los buenos españoles.
Este maridaje de mentiras funciona con mentes que aceptan acríticamente el mensaje hasta el punto de que conseguirán el voto del obrero que será víctima del despido libre; del pensionista al que recortarán la pensión; del agricultor que tendrá dificultades para competir con los grandes oligopolios; del aldeano que no puede beber el agua de la red porque las macrogranjas la han envenenado o del paciente víctima de la privatización sanitaria.
Es bastante desolador pensar que seamos los jóvenes menores de 34 años quienes aceptemos este discurso y creamos que estos vendedores de humo con pulserita y apellido compuesto tengan algo que ofrecer a España, más allá de su destrucción y el ocaso de nuestro futuro. Se está cumpliendo la famosa frase de Ida Auken “no tendrás nada y serás feliz” con la que se refería a que en el futuro cercano los jóvenes no poseeremos propiedades ni bienes y estaremos totalmente maniatados por el control corporativo y la economía de suscripción.
Basta recordar la posición de los salvapatrias cuando se han propuesto en el parlamento medidas sociales: NO a la subida de las pensiones, NO a la subida del salario mínimo interprofesional, NO al permiso de paternidad, NO a la reducción de la jornada laboral, etc.
Sin embargo, cuando se trata de destruir el Estado de Bienestar, son los mayores beligerantes y SÍ defienden a ultranza, por ejemplo, el programa de Milei en Argentina, que trata de privatizar hasta el aire. SÍ están en contra de las pequeñas e insuficientes medidas que el gobierno trata de impulsar para evitar que el alquiler consuma gran parte del salario de los trabajadores. SÍ proponen una reforma laboral que permitirá a las empresas despedir libremente a los trabajadores indefinidos y que la seguridad social asuma los gastos. SÍ aplauden el trabajo de ICE, que está destruyendo la convivencia en Estados Unidos separando violentamente a miles de familias. SÍ adoran la política exterior estadounidense basada en la guerra y la intervención de otros estados, socavando los principios soberanos de las naciones y olvidando que son estas políticas las que generan las olas de migrantes que recibimos en Europa. Y SÍ están a favor de todo lo que haga el ente sionista de Israel y sus guerras genocidas. Uno está obligado a detenerse y reflexionar si de verdad representan los intereses de los españoles o son simplemente una sucursal del Partido Republicano estadounidense en España.
Ahora viene la parte interesante, y no es por criticar, pero algunos de los que defienden esto de la Prioridad Nacional poseen orígenes familiares que, digamos, no son muy españoles. Por ejemplo, Ignacio Garriga, ascendencia guineoecuatoriana y belga; Javier Ortega Smith, ascendencia argentina; Hermann Tertsch, ascendencia austriaca; entre otros.
Por lo tanto la pregunta que nos surge es bastante sencilla: ¿quién decide quién cuenta como nacional?, ¿tengo yo más prioridad que estos tres personajes si mis padres, los dos, son españoles? Porque esta medida no arregla los salarios, ni la vivienda, ni la sanidad, pero lo que sí que consigue es señalar a quién culpar. Lo que sí debemos preguntarnos es si esto de la Prioridad Nacional entra dentro de los valores democráticos porque siempre comienzan así este tipo de historias: primero se señala a los diferentes, luego se les separa y, por último, ya sabemos cómo acaba. O no, porque parece que algunos están empeñados en repetirlas.
Quienes sí estamos preocupados por el devenir de la sociedad no podemos evitar revisar los libros de historia y encontrar cierta semejanza con las ideas que se promovieron en los años treinta del siglo pasado. Se trata de la vieja estrategia de focalizar la frustración del pueblo hacia una minoría débil; descargar las iras contra los de abajo para nunca mirar hacia arriba, de donde provienen las causas de la desigualdad y la injusticia.