El silencio impuesto por el grupo
COLABORACIÓN
Disciplina partidista o la verdad. Ya no es solamente la crisis migratoria, ni la gestión del Gobierno, ni siquiera el enfrentamiento político entre la ciudad y La Moncloa. Lo que ocupa los medios es la reacción del partido socialista ante quienes, desde sus propias filas, se atreven a decir en voz alta lo que muchos ciudadanos están diciendo en privado. La respuesta parece ser la de siempre: callar, cerrar filas y señalar al que rompe el silencio. Melchor León, diputado socialista en la Asamblea de Ceuta, ha cruzado una línea que en determinados partidos parece resultar intolerable: ha criticado públicamente la gestión del Gobierno y ha llegado a reclamar la dimisión del delegado del Gobierno en la ciudad, al que acusa de no estar dando la cara ante una situación extraordinariamente delicada. Y lo más significativo no es solamente lo que ha dicho León. Es lo que ha provocado su crítica. Porque cuando Melchor denuncia que no se puede salir a la calle con normalidad, cuando expresa su preocupación por la seguridad de los ciudadanos y cuando afirma que no está dispuesto a callarse por miedo a las consecuencias internas, no estamos ante un problema de disciplina. Estamos ante una alarma política. Y una organización democrática debería escuchar las alarmas. Sin embargo, la respuesta de la dirección parece caminar en dirección contraria. A los diputados díscolos se les ha lanzado una advertencia inequívoca: “Si no quieren estar, que se vayan”. Ahí podría hablarse de omertá, no solo como una disciplina de partido, sino como la sustitución de la crítica interna por el silencio obligatorio. Es la idea de que hay cosas que no se pueden decir, no porque sean falsas, sino porque decirlas perjudica a los tuyos. Y ese es precisamente el problema. ¿Desde cuándo un diputado debe elegir entre representar a su partido y representar a los ciudadanos que le han elegido? ¿Desde cuándo decir que una gestión es insuficiente se convierte en una traición? ¿Desde cuándo denunciar una realidad que se está viviendo en la calle constituye una deslealtad política? La disciplina de partido puede ser necesaria para gobernar. Pero la obediencia ciega no es disciplina democrática. Un diputado no es un empleado de una organización política. Es un representante público. Su obligación última no debería ser proteger el relato de la dirección del partido, sino defender los intereses de los ciudadanos. Y Ceuta no necesita en estos momentos políticos disciplinados hasta el silencio. Necesita políticos capaces de decirle al Gobierno que algo no funciona cuando algo no funciona. Porque el problema de la política española contemporánea es que hemos convertido el relato en una categoría superior a la realidad. Si la realidad contradice al relato, se cuestiona la realidad. Si un ciudadano denuncia inseguridad, se habla de alarmismo. Si la CESM, el Sindicato Médico de Ceuta y el Colegio de Medicos de Ceuta denuncian saturación, sobrecarga sin límites y déficit de profesionales se habla de tensionamiento. Si un alcalde reclama recursos, se le acusa de hacer política. Y si un diputado del propio partido critica la gestión del Gobierno, se le recuerda que quizá debería marcharse. Es una inversión perversa de las prioridades. En Ceuta, además, esta actitud resulta especialmente preocupante porque estamos hablando de una ciudad sometida a una presión extraordinaria. La entrada masiva de personas ha desbordado capacidades asistenciales y de acogida, y el propio Gobierno ha tenido que habilitar 1.500 plazas adicionales y movilizar recursos extraordinarios. Por tanto, no estamos ante una discusión académica sobre estrategia política. Estamos hablando de personas. De vecinos. De seguridad. De servicios públicos. De sanidad pública digna. De profesionales que tienen que atender una situación excepcional. Y de una ciudad que reclama respuestas. En este contexto, que este diputado de Ceuta diga públicamente que no está dispuesto a callarse debería ser considerado una buena noticia para la democracia. Incluso aunque incomode a su partido. Especialmente si incomoda a su partido. Porque la democracia no se fortalece cuando todos los miembros de una organización repiten exactamente el mismo argumentario. Se fortalece cuando dentro de las organizaciones existen personas capaces de decir: “Esto no está funcionando y tenemos que corregirlo”. La política española está demasiado acostumbrada a la liturgia de cerrar filas. Cerrar filas con el líder. Cerrar filas con el Gobierno. Cerrar filas con el partido. Cerrar filas con el relato. Pero hay momentos en los que cerrar filas puede convertirse en cerrar los ojos. Y eso es justamente lo que no puede permitirse un partido que aspira a gobernar. Debería servir para recordar una regla elemental de cualquier democracia: los partidos existen para representar a los ciudadanos, no los ciudadanos para proteger a los partidos. Si el diputado Melchor, considera que su Gobierno está gestionando mal una crisis y decide decirlo, la respuesta democrática no debería ser pedirle que se calle o que se vaya. Debería preguntarle: ¿Qué está viendo usted que nosotros no estamos viendo? Y después, tener el valor de escuchar la respuesta. De nuevo nuestra memoria y nuestro agradecimiento a todos los profesionales sanitarios, a los cuerpos de seguridad del estado y a todos los ciudadanos de esa magnífica y admirable ciudad española. Ya saben en derrota transitoria pero nunca en doma.