Teniente General D. Pedro Sarsfield Waters Ceuta 1781-1837 Pamplona
COLABORACIÓN
Primera Guerra Carlista (1833-1839). (Tercera parte y última)
La segunda parte del escrito la dejamos en la preparación para la importante batalla de Oriamendi.
Espartero se proponía marchar el día 10 de febrero de 1837 para Durango con veintiocho batallones. El brigadier portugués Das Antas con dos batallones y doscientos cincuenta caballos cubriría las provincias de Burgos y Santander. La tercera división, que estaba compuesta por cinco batallones y trescientos caballos, operaría en la llanura de Álava en dirección a Arlabán. El mariscal de campo Miguel María Iribarren quedaría cubriendo la ribera baja a las órdenes de Sarsfield, y si este consideraba que las fuerzas no eran suficientes, se esperaba un aviso para reforzarla con dos batallones de los cinco destinados a la llanura de Álava.
Al día siguiente, Espartero ordenó reservadamente y por extraordinario al ceutí mariscal de campo Isidro Alaix que se dirigiera a marcha forzada, con una brigada de tres batallones, a Logroño y Lodosa, poniéndose a las órdenes de Iribarren. Alaix debería, con todo el resto de las fuerzas, llamar la atención por la llanura de Álava. Hasta las ocho y cuarto del día 15 no llegó a manos de Alaix en Vitoria el oficio, y en su cumplimiento dispuso para el amanecer del día siguiente el segundo batallón de Almansa y dos de Córdoba, al mando del coronel de este último por ausencia del brigadier Lozano.
Sarsfield, mientras tanto, hacía todos los esfuerzos posibles para reunir el mayor número de tropas y poder emprender el movimiento, determinando, entre otras cosas, enviar una nota a la junta de armamento y defensa de Navarra, para que todos los naturales armados de los valles de Roncal, Salazar y Ayézcon concurriesen a la línea de Zubiri para defenderla ante la ausencia de tropas.
El 9 de marzo de 1837, Sarsfield escribió a Lacy Evans, al mando de la Legión Británica, dándole cuenta de la decisiva intención de avanzar para unirse a su Legión; esta carta fue recibida por Evans el día 11.
“Tengo que reconocer sus cartas de las 3ª, 4ª y 6ª instantáneas, pero estando enteramente ocupado en la preparación de un movimiento hacia las líneas enemigas en mi frente, no tengo tiempo para contestarlas en general en el momento presente. Usted debe de estar en el momento presente conectado con el enemigo. Estoy decidido a avanzar de inmediato, dejando aparte cualquier consideración. Usted deberá ver que soy tan bueno como mi palabra. Sé que lanzo en mí una inmensa responsabilidad, mas no importa. Mi segundo movimiento espero que me ponga cerca del centro de operaciones del enemigo y tan cerca como sea posible. Usted puede confiar en que voy a avanzar, probablemente, antes de cuarenta y ocho horas”. (British Auxiliary Legion/Aportación británica a la Primera Guerra Carlista).
Espartero, al parecer, no creyó mucho en que la victoria fuera conseguida; saliendo de Bilbao, aunque llegó a Elorrio, regresó a su base.
Sarsfield partió de Pamplona, pero fue obligado por el tiempo, con una gran nevada y lluvia, a poder llegar solo hasta Irurzun para, desde allí, poder pasar a Guipúzcoa. Esto llegó a conocimiento del infante Don Sebastián, hermano del pretendiente al trono, Don Carlos.
Lacy Evans salió de San Sebastián el día 10 de marzo, ocupando Lezo y Ametzagaña. El día 11 (día en que recibió la carta de Sarsfield), debido a la poca resistencia de los enemigos, dejó a la tropa descansar. Al día siguiente atacó Loyola, tomándola el 13, saliendo el 14 para Oriamendi y conquistándola el 15. Los carlistas tuvieron que refugiarse en el fuerte de Santa Bárbara y Hernani.
Mientras, Sarsfield había vuelto a escribir a Lacy Evans el día 14 de marzo, día en que partía la Legión Auxiliar Británica para Oriamendi; este la recibió el mismo día de dicha batalla, el 16 de marzo de 1837.
En ella, Sarsfield justifica los motivos de no haber podido enlazar con él:
Mi querido general: en mi solicitud, y a punto de avanzar contra el enemigo en mi frente, el Sr. Turner tuvo el honor de dirigirle algunas líneas para informarle de que estaba listo para emprender las operaciones en el sentido de las Dos Hermanas. Así lo hice, y la división alcanzó Irurzun el mismo día a las cinco de la mañana. Yo tenía la contemplación de continuar al día siguiente a Lecumberri (ambas en Navarra), pero la fuerte caída de nieve que de repente vino sobre nosotros durante toda la noche impidió la circulación por el lugar, y me obligó a transferir la división a la posición que ocupaba anteriormente (Pamplona). Si no fuera por el mal tiempo, yo me podría haber movido antes.
En la noche del día 15, las tropas carlistas del infante Don Sebastián, llegaron a Hernani, reforzando a las fuerzas carlistas y tras una intensa batalla, conquistaron Oriamendi, causando un gran número de bajas, especialmente a la Legión Auxiliar Británica; los supervivientes pudieron llegar a San Sebastián.
La participación en apoyo de la retirada de estos de la Marina Real Británica, con hombres y artillería de sus embarcaciones situadas en la bahía, impidió que el desastre fuera aún mayor.
Fue un caso insólito que los británicos interviniesen directamente con fuerzas regulares en la Primera Guerra Carlista.
Según los datos de British Auxiliary Legion, “aportación británica a la Primera Guerra Carlista”.
Los efectivos de las fuerzas cristinas el día de la batalla de Oriamendi (16/03/1837) fueron:
2 batallones de Infantería Ligera española: 1.200, 1 batallón de Marina española: 550, 1 batallón de Marina británica: 450, Chapelgorris: 280, Milicia de Segovia: 280, Milicia de Oviedo: 250, División de Vanguardia: 2.700, Legión Auxiliar Británica: 3.300.
Total de infantería: 9.010.
Total de caballería: 100.
Total de artillería: 200.
Destacados para la defensa de reductos, de Pasajes, Alza, Ametza y Lugariz: 1.500.
Nota: Chapelgorris era el nombre que recibían los Voluntarios de Guipúzcoa en defensa del trono de Isabel II contra los carlistas a la muerte de Fernando VII. Su denominación se debía a la boina roja que usaban.
Las fuerzas carlistas en la batalla de Oriamendi fueron:
Aproximadamente 6.000 hombres, 100 caballos y 10 piezas de artillería.
Las bajas en dicha batalla fueron unas 1.500 entre las tropas cristinas, en su gran mayoría de la Legión Auxiliar Británica; las bajas carlistas se calculan en unos 700.
Este desastre llegó al Parlamento británico, por considerarse un desprestigio para el Imperio Británico. Su mando, Lacy, fue muy cuestionado por la prensa británica.
Los restos mortales de varios oficiales y combatientes de la Legión Auxiliar Británica que perecieron en esta batalla descansan en la actualidad en el popular “cementerio de los ingleses” del parque situado en el monte Urgull de San Sebastián.
Sobre esta batalla existe una historia: tras vencer los carlistas a las tropas liberales de la Legión Auxiliar Británica que estaban al mando de Lacy Evans, los carlistas entraron en el campamento de la Legión, apoderándose de pertrechos de guerra. Entre otras cosas, hallaron una partitura inglesa, que fue retocada por un donostiarra para conmemorar la victoria. A dicha partitura, los carlistas le pusieron letra: la primera en vasco-guipuzcoano y, más adelante, se le puso letra en castellano, convirtiéndose en el Himno Carlista o Marcha de Oriamendi, que sería el famoso himno “POR DIOS, POR LA PATRIA Y EL REY LUCHARON NUESTROS PADRES”.
En 1936, durante la Guerra Civil Española, los requetés llevaron con ellos este himno y, por decreto del general Franco de 27 de febrero de 1937, fue canto nacional junto al Cara al Sol, pero con algunas estrofas cambiadas, sobre todo respecto al rey.
Nota. El nombre de requeté viene de 1833, al comienzo de la 1ª Guerra Carlista. Los navarros pusieron motes a los cuatro batallones o guerrillas que existían: “Salada”, “Morena”, “Hierbabuena” y “Requeté”.
El apodo requeté viene de las primeras batallas en que sus ropas estaban deterioradas y los otros batallones, a su llegada, les cantaban:
Tápate soldado, tápate que el culo se te ve.
Este batallón supo tomarse dicho mote con mucho humor, tanto que a la canción le cambiaron la letra para hacerla suya. Tápate soldado, tápate, que se te ve el requeté.
Una figura clave en el debate político británico sobre la Primera Guerra Carlista, defensor de la causa carlista y crítico de la intervención británica en dicha guerra, fue Henry John George Carnarvon, 3º conde de Carnarvon, conocido como Lord Porchester, autor de un libro en dos volúmenes titulado “Portugal and Gallicia” (1848).
En el volumen II defiende las ideas de don Carlos, personaje al que admira, justificando la causa del carlismo.
Como curiosidad, diremos que Henry John George fue abuelo del famoso Lord Carnavon 5º, mecenas del egiptólogo Howard Carter, descubridor de la tumba de (Tu-anj-Amón-Nebjeperu-Ra, faraón egipcio de la dinastía XVIII, a. C. 1334 a. C. – 1325 a. C.), más conocido como Tutankamón.
Volvamos con el general Sarsfield. En agosto de 1837, este se encontraba enfermo en su casa de Pamplona, cuando se rebelaron los cuerpos francos, compuestos de dos batallones de tiradores y flanqueadores. Estas fuerzas hacía días que querían entrar en Pamplona.
El 26 de agosto recibieron la orden de trasladarse a Villada; dispuestos por la mañana del mismo día a emprender la marcha, se pronunciaron en el camino al grito de “¡a Pamplona se va!”. Acto continuo, separaron a la oficialidad de sus puestos y los colocaron en vanguardia, y poniéndose los sargentos a la cabeza de las compañías, siguieron el camino dirigiéndose a la Cuesta de la Reina; a continuación, pasaron por la Puerta Nueva, entre los dos puentes o Puerta de Llamada, la ruta más corta para Villada desde el punto de partida. Al llegar la fuerza de batidores al frente de dicha Puerta, cuya guardia había salido al exterior sin armas para ver pasar a esos cuerpos, se precipitaron de repente en ella, sorprendiendo y apoderándose del armero en que estaban los fusiles, relevaron a la guardia, mandando piquetes por el interior de las Murallas de la Plaza para que las coronaran los centinelas, relevando a los existentes en la guarnición, verificándolo sin resistencia, colocando a las nueve de la mañana una guardia en casa del general Sarsfield y enseñoreándose de la ciudad sin el menor obstáculo, enviando una comisión de sargentos con una guardia numerosa a la casa del Ayuntamiento, instalándose en ella.
Mandando convocar al Ayuntamiento, parte de la Diputación y a algunos comerciantes y banqueros, a esa reunión se hizo asistir al coronel encargado de la Plana Mayor, Don Anastasio Mendivil, mandando los sargentos que compareciese Sarsfield.
Conducido allí, y abierta la sesión, expusieron los sargentos el abandono y la aversión con que se trataba a los cuerpos francos, la falta de paga que se les debía, y concluyeron con una argumentación propia de su conducta, diciendo que era preciso darles las pagas vencidas, asegurarles las venideras, quedarse ellos de guarnición, mandar e intervenir en los negocios públicos, y otras pretensiones semejantes, haciéndoles desde luego una derrama de dinero que deberían de aprontar las personas pudientes.
La sesión se disolvió a las dos y media de la tarde y se procedió a repartir el cupo que cada pudiente podía pagar.
Sarsfield bajó de la Casa Consistorial, montó en uno de sus caballos, que había pedido para volver a su casa, y entonces fue cuando la turba indisciplinada principió a denostarle e injuriarle, si bien por entonces el ultraje no pasó de palabras.
La Milicia Nacional se había formado entre tanto y se situaba en la Plaza de la Constitución: destacaba algunas patrullas para mantener el orden en lo posible, y una de estas, de muy corto número de individuos, al mando de un oficial, marchó en dirección a la casa de Sarsfield en la Taconera. Este vio a Sarsfield, que huía acosado por la turba, que hostigando al caballo con toda idea, le seguían luego, gritando que Sarsfield quería escaparse.
La patrulla de nacionales lo acogió, procurando contener a los francos, y a fuerza de riesgos vencidos por el buen tacto del oficial al mando, consiguió llegar hasta la Plaza, donde creía encontrar medios para salvarle.
Al ver a ese grupo de sus perseguidores, que ya disparaban algún tiro, el batallón de milicias fue a tomar las armas que tenían puestas en pabellones, y el ya citado valiente oficial de nacionales se metió con su protegido Sarsfield en la casa que habitaba Don Domingo Iturralde, dejando a la puerta a su corta fuerza para impedir la entrada de los tiradores. Estos, a pesar de la resistencia que se les opuso, arrollaron a aquella, resultando contusos algunos nacionales por los culatazos que recibieron. Dos o tres tiradores lograron entrar en la casa, siguiendo a Sarsfield hasta el 4º piso, disparando algún tiro, hasta que, alcanzándole, le acribillaron a bayonetazos.
Acto continuo, bajaron sus agresores arrastrando por la escalera el cadáver del general Sarsfield, lo sacaron al centro de la plaza, y una turba feroz, en la que figuraban algunas inmundas mujeres, lo despojaron hasta dejarlo sin camisa, y quedó completamente desnudo, expuesto a los ultrajes más impúdicos, por más de dos horas, hasta que fue recogido y llevado al hospital en una escalera de mano. Ni aun su caballo se salvó del furor de aquellos sicarios, matándole de un pistoletazo a pocos pasos de su dueño.
Esa y otras turbas fueron también a casa del coronel Mendivil, que sufrió igual muerte. Se sacó su cadáver a la calle, se arrojaron a ella, con dañada intención, cuantos papeles de sumario, cuentas y documentos había en la oficina, y hasta los muebles de la casa corrieron la misma suerte.
Aquella misma tarde y noche fueron también asesinados varios particulares de la población, quedando esta a merced de los cuerpos francos (Historia de la Guerra Civil, y de los Partidos Liberales y Carlistas. Tomo IV: autor A. Pirala).
Enterado de los asesinatos, entró en Pamplona el general Espartero.
Sobre su llegada a Pamplona hemos localizado un importante documento que, al ser muy extenso, intentaremos resumirlo.
El conde de Luchana, desde el Cuartel General de Pamplona, con fecha de 16 de noviembre, remite la Orden General dada al Ejército de su mando aquel día.
SOLDADOS: El día de hoy ha sido uno de los más terribles de mi vida. El rigor de la Ley no ha podido menos que aplicarse a los delincuentes, pero mi corazón lamentará el extravío. Como hombre amante a sus semejantes, he padecido cuanto un alma sensible es capaz de sentir. Como primera autoridad del valiente, del constante, del virtuoso Ejército, me ha sido forzoso obrar en justicia para reivindicar el honor del mismo Ejército, acrisolar su honradez, ostentar a la faz del mundo su disciplina y aplacar las manes de ilustres guerreros, cuya vida, salva en los combates contra el bando carlista, fue inmolada por viles asesinos, agentes del mismo bando.
Un anciano general (cuando Espartero dice “un anciano general”, Sarsfield tenía 56 años), que acreditó su fidelidad a nuestra Augusta Reina y tremoló el primero el pendón de la libertad de este suelo. Un coronel, el patriota Mendivil, que desde el momento en que fue alzado el grito de insurrección en las provincias, los combatió audaz y valientemente, fueron alevosamente sacrificados por hombres testigos de sus virtudes militares, pero que, sin apreciarlas ni seguirlas, su ambición les cegó hasta el extremo de procurar un triunfo a nuestros encarnizados enemigos, siendo instrumento de los promovedores del desorden.
SOLDADOS: Recordad mis palabras cuando el 13 de este mes os reuní en el glacis de la ciudadela de esta plaza. Allí os enteré del objeto de la formación. Mi dolor se templa recordando también el entusiasmo de que os vi poseídos al saber que se trataba de purgar un crimen que empeñaba nuestro lustre; y si en Miranda de Ebro disteis el primer paso, ¿quién con el segundo dudara de la inimitable disciplina del ejército que mando? Muchas coronas adornan vuestras frentes, pero las que habéis adquirido contribuyendo al castigo de las sediciones militares serán envidiadas de propios y extraños: los rebeldes perderán su esperanza de triunfar, viendo desaparecer el germen de la discordia, y a los viles promovedores de ella temblarán hasta en los lóbregos recintos desde donde han dado impulso a los puñales homicidas.
El general Espartero formó juicio a las mismas puertas de Pamplona.
Por su larga extensión, adjuntamos la parte más importante de la SENTENCIA: Hallándose reunido el Consejo de Señores Oficiales Generales de la Plaza en la forma y sitio que queda expresado en la diligencia de convocación.
Oído el descargo de los acusados y la defensa de los procuradores, el Consejo ha condenado y condena a los siete sargentos (omitimos los nombres) a ser pasados por las armas por unanimidad de votos, por resultar los motores principales de la sedición en el hecho de haberse constituido en comisión. Sigue otra sumaria.
Asimismo, condenó y condena al sargento 2º graduado de 1º del primer batallón de tiradores a la propia pena de ser pasado por las armas por la circunstancia agravante de haber tenido en prisión al jefe y oficiales de su cuerpo. A la misma pena condenó a los sargentos de estos cuerpos que se hallan prófugos; en cuanto a los demás sargentos de estos cuerpos que se hallan presentes, o que se hayan ausentado por licencia o comisiones después del suceso y tuvieron parte en la sedición, los condenó a ser diezmados para que sufran la pena de muerte. A los cabos, cornetas, tambores y soldados de los referentes batallones y escuadrones que tomaron parte en la sedición, los condenó y condena a que continúen sus servicios en la guarnición de la Plaza de Ceuta durante la guerra, entendiéndose esta sentencia a presentes y ausentes.
Resultando que el coronel Don León Iriarte se presentó poco después de pronunciada la sedición en Zizur Menor, y que, lejos de tomar medidas para cortarla de origen, ni haber dado aviso alguno a las autoridades de la Plaza de Pamplona para evitar la entrada de los sediciosos en ella, y los males que le siguieron, vino a la cabeza de los batallones espontáneamente y en plena libertad, apareciendo en este hecho contra él el grave cargo de haber entrado en la plaza ocupándola con fuerzas armadas. Considerando, así mismo, por las declaraciones contestes, que se comprometió, bajo su firma, a seguir y llevar a efecto la conspiración que tenía por objeto la Independencia de Navarra, cuyo documento confesó el mismo Iriarte haber firmado, aunque alegando ignorar su contenido; y, por último, apareciendo probado igualmente que dicho jefe ejercía libremente su autoridad dentro de la Plaza, siendo obedecido por los cuerpos de su brigada; y que, sin embargo, no solo no tomó providencia alguna para evitar la desastrosa muerte del general conde de Sarsfield y del coronel Mendivil, sino que, según la declaración del oficial que tenía en prisión al expresado general, preguntándole al pasar por allí qué es lo que debía hacer, le contestó que hiciera lo que los sargentos le dijesen. El consejo, en vista de todo, lo condenó y condena a ser pasado por las armas.
Igualmente, condenó y condena a la misma pena al comandante del segundo batallón de tiradores, Don Pablo Barricat, por resultado justificado.
A partir de aquí sigue el juicio con penas menores, como prisión y privación de empleo, a los demás jefes y suboficiales de los dos batallones de tiradores y del escuadrón de flanqueadores.
Ejecuciones. Acaban de ser fusilados el coronel D. León Iriarte, un hijo del capitán Sabater, un sargento de flanqueadores y tres tiradores. La ejecución se ha verificado enfrente de la casa donde vivió el general Sarsfield, que se había mudado de la fonda. Los oficiales del 2º batallón han sido condenados a presidio; a los del 1º se les sigue el proceso y están en la ciudadela. Al mismo tiempo, sigue otra sumaria acerca de los asesinatos e injurias particulares que se cometieron.
La firma del juicio y sentencia tiene fecha del 14 de noviembre de 1837.
Hemos hecho un pequeño resumen del juicio formado por el general Espartero, ya que el documento se compone de 25 páginas, de las cuales 10 están dedicadas a los asesinatos del general Conde de Sarsfield y del coronel Mendivil.
La desgraciada muerte del general Sarsfield fue una mancha que solo podía lavarse con sangre, y el general Espartero la lavó vengando a la ilustre víctima con asombro de toda Europa.
La disolución del Cuerpo de Tiradores y Flanqueadores:
Los Tiradores y Flanqueadores sufrieron en mayor medida las dificultades del gobierno para enviar recursos con qué pagar las soldadas, comida y uniformes, lo que, entre otras razones, terminaría provocando su participación activa en el motín que se produjo en Pamplona durante el verano de 1837, en el que se asesinó al general Sarsfield.
Las consecuencias de dicho motín fueron nefastas para el Cuerpo de Tiradores y Flanqueadores, no solo porque con Sarsfield fue asesinado el coronel Mendivil, sino porque Espartero fusilaría, entre otros, al coronel Iriarte y ordenó la disolución del Cuerpo de Tiradores y Flanqueadores.
Sobre lo reseñado arriba, sobre las dificultades del gobierno para enviar recursos con que pagar las soldadas, comida y uniformes. Esto se comprueba cuando en la segunda parte del escrito, en la carta de Sarsfield a Lacy Evans al mando de la Legión británica, dice: No hay ni un penique con el que pagar a las tropas ni incluso para atender a los enfermos en los hospitales. Oficiales con cinco y seis meses en mora.
Algunas fotos utilizadas en diversos escritos son tomadas de Internet. Tratamos siempre de citar las fuentes y, sin ánimo de lucro, solo intentamos dar a conocer a destacados personajes, especialmente militares ceutíes, algunos poco conocidos y otros olvidados, a los que debemos recordar.