Treinta años sin mi hermano

RECUERDO

Fotografía del hermano de Rachid Sbihi.
Fotografía del hermano de Rachid Sbihi. | CEDIDA

Ceuta/ Hay fechas que no pasan.

El tiempo avanza, pero la memoria se queda anclada. 

Para mi familia, el 5 de enero de 1996 es una de ellas. 

Aquel día mi hermano murió de cáncer, en casa y rodeado de los suyos, con el amor de la familia que lo acompañó hasta el último instante.

Tenía solo 38 años.

Treinta y ocho.

Una edad en la que la vida aún debería estar empezando a disfrutarse con calma, con proyectos, con sueños por cumplir. 

Pero el cáncer decidió arrebatarnos su presencia demasiado pronto, y nada volvió a ser igual.

Treinta años desde aquel día que quedó grabado para siempre en nuestra memoria.

Y aunque el tiempo ha pasado, el dolor de su ausencia sigue siendo profundo, silencioso... una presencia constante.

Hay heridas que no se cierran; solo aprendemos a convivir con ellas.

Yo estaba lejos. 

Destinado en la isla de Tenerife, cumpliendo con la rutina mientras la vida se quebraba al otro lado del mar. 

La llamada llegó de noche, sin aviso. 

Era mi hermana. 

Su voz, rota, me dijo que la llama de mi hermano se había apagado lenta y definitivamente para siempre.

No hicieron falta más palabras. 

Después vino el silencio, un silencio espeso que ya no se fue.

El viaje desde las islas Canarias fue interminable. 

Horas suspendidas, aeropuertos sin nombre, pensamientos que no encontraban descanso.

Sabía que llegaba tarde para el último abrazo, pero no para la despedida.

Llegué directamente al cementerio de Sidi Embarek mientras lo enterraban.

Allí, rodeado de familiares, amigos y vecinos, comprendí la verdadera dimensión de la pérdida.

Era marido, padre, hijo, hermano y amigo. 

Nos dejó a todos, pero especialmente dejó una herida inmensa en su esposa y en sus tres hijos, que eran apenas unos niños.

Una mujer viuda y con tres huérfanos que crecieron sin un padre, pero con su recuerdo presente, con su nombre pronunciado en casa, con el amor que sembró y que nunca se apagará, aprendiendo a conocerlo a través de recuerdos, fotografías y relatos repetidos una y otra vez.

Demasiado pequeños para entender por qué su padre no volvería a abrazarlos, a llevarlos de la mano, a verlos crecer.

Dejó un legado inmenso: el amor por la familia, la solidaridad, la humildad y la fuerza para seguir adelante, incluso cuando duele.

Han pasado treinta años, pero sigue vivo en nuestros corazones, en los gestos que repetimos sin darnos cuenta, en la mirada de sus hijos, que llevan algo suyo en cada paso que dan.

Mi hermano, "jae" como así le llamabamos en casa, se fue demasiado pronto, pero nunca se fue del todo.

Está en las reuniones familiares, en las conversaciones que empiezan con un "te acuerdas...?", en el recuerdo compartido.

Mis padres nunca volvieron a ser los mismos. 

No hay dolor comparable al de enterrar a un hijo. 

Mi padre lo sostuvo en silencio. 

Mi madre no logró recomponerse. 

Porque una madre no supera la muerte de un hijo; aprende a vivir con ella, pero algo dentro se apaga para siempre.

El golpe alcanzó también a mis hermanos. 

Cada uno lo vivió a su manera. 

Perdimos a nuestro hermano mayor, pero también a un apoyo, a un referente. 

El "piso" se llenó de ausencias y de silencios nuevos. 

El dolor se extendió a la familia, a los amigos, a los vecinos, a los compañeros de trabajo.

Porque mi hermano era de los que dejan huella.

Un adelantado a su época.

Yo lo recuerdo en los gestos cotidianos que construyen una vida:

Me enseñó a nadar en la playa del Sarchal, donde empecé a dar mis primeras brazadas desde la orilla hasta la "primerita".

Yo confiaba en él, sin miedo, porque estaba allí, vigilando cada movimiento, animándome, dándome seguridad, haciéndome sentir que nada malo podía pasar mientras él estuviese cerca.

Recuerdo que a veces durante el mes Sagrado del Ramadán, le llevaba la "harera" que preparaba mi madre en casa para romper el ayuno al restaurante Vicentino, donde trabajó tantos años como camarero.

Para mi era un orgullo recorrer toda la calle Real desde el Patio Castillo hasta el centro, sabiendo que le vería sonriendo y que me regalaría un dulce.

Aquel gesto sencillo hoy se me antoja inmenso, porque era tiempo compartido, complicidad, familia.

Fue él quien nos compró el primer televisor y más tarde, el vídeo VHS. 

Recuerdo nuestra casa llena de gente y de vida, todo el barrio reuniendose para ver la tele.

Recuerdo las visitas al videoclub para alquilar aquellas películas de karate, de terror o del oeste que tanto nos gustaban y, sobre todo, "Mad Max 2, el guerrero de la carretera", una cinta que nos marcó a todos, cuyos diálogos acabamos aprendiendo de memoria, repitiéndolos una y otra vez, sin saber que esos recuerdos serían eternos tesoros.

Recuerdo correr al estanco de la Plaza de la Maestranza para comprarle el diario AS, porque era un gran aficionado al fútbol y estaba siempre pendiente de la actualidad su Real Madrid, de los resultados, de las quinielas...

Era su ritual y yo me sentía parte de él.

Recuerdo que me llevaba algunos lunes al polideportivo de Zurrón, a jugar pachangas con sus compañeros de trabajo y amigos en su mítico Seat 124 de color blanco.

Yo era el pequeño, pero me sentía grande, protegido, importante... uno más.

Y recuerdo cómo me animó tras fallar un penalti en el campo de fútbol del "54" en mis primeros partidos en categoría infantil. 

Aquel gesto me enseñó que fallar no es el final.

Recuerdo el día de su boda como si fuese ayer.

Por voluntad de Allah, se fue joven, demasiado joven. 

La vida siguió su curso, pero el hueco quedó. 

Se volvió más discreto, menos ruidoso, pero nunca desapareció. 

Esta columna no es solo un homenaje personal. 

Es un ejercicio de memoria. 

Porque recordar con emoción también es una forma de justicia, y porque el dolor de quienes se quedan —viuda, hermanos, hijos, familiares y amigos— merece ser nombrado.

Pero mientras lo recordemos, mientras su nombre siga pronunciándose, mientras viva en nuestra memoria y en nuestro corazón, siempre seguirá estando aquí con nosotros.

Treinta años después, su ausencia duele.

Y su memoria acompaña.

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