Trump o el matón de patio
COLABORACIÓN
Cuando aún resonaban el tintineo de las copas brindando por un 2026 lleno de paz, amor, armonía y todos esos buenos deseos que todos anhelamos, madrugamos legañosos y resacosos aún de esa ansiada felicidad, con la impactante noticia de que Trump ha secuestrado a Maduro y a su mujer para ser juzgados en su país, por los cargos de conspiración narcoterrorista, por importar ametralladoras y otros dispositivos destructivos. Sí, a todos nos sobran los argumentos en contra de Maduro; es un ser despreciable, que accedió al poder en unas elecciones fraudulentas, que es un tirano, un dictador, que tiene sumido a su país en el caos social y económico, responsable de torturas y asesinatos, del exilio de más de tres millones de venezolanos. No, a cualquier ciudadano de bien no le puede gustar Maduro. Pero que Trump, con este aparente acto de valentía, de liberación de un pueblo oprimido, de que se haya proclamado abanderado de la democracia, no es más que, a mi humilde opinión, muy lejos de ser una experta en política exterior, ni politóloga, un reflejo de su personalidad megalómana y narcisista, o en términos más afines a mi profesión, el típico matón de patio que reparte mamporros a diestro y siniestro según él, impartiendo su supuesta justicia saltándose a los profesores y a las normas de clases debidamente consensuadas. Pues el señor Trump ha hecho exactamente lo mismo, pero a lo grande, obviando el artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas que impide de forma expresa la intervención armada unilateral en territorio extranjero. Trump se pasa por el ancho de su embudo a las Naciones Unidas, porque a él le da igual la droga; si no, ¿por qué acaba de indultar a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras condenado a 45 años de cárcel por meter 400 toneladas de droga en su país? Y puestos a liberar países oprimidos, ¿para cuándo Arabia Saudí, país donde se vulneran todos los días los derechos humanos, se decapitan y descuartizan a periodistas y a opositores al régimen? Me da que pensar que detrás de este acto heroico y valiente para muchos, lo que verdaderamente impera es el ansia de quedarse con el principal país exportador de petróleo, Venezuela; a mí me huele a expolio. Ya lo dijo una vez haciendo uso de las redes sociales que tanto le gustan a este personaje: «Recuperaremos nuestro petróleo» y eso es exactamente lo que está haciendo, una vez más saltándose todo lo que la ley estipula. La Convención de Viena de 1988 estableció el protocolo que debía seguir un país en el caso de que detectara una embarcación en aguas internacionales sospechosas de transportar drogas, pero oye, como yo soy Dios, o me lo creo, le pongo el titulito a la operación «Lanza flecha», y me gesto un ataque con misiles contra esos navíos, dejando un reguero de 95 muertos, que no digo yo que sean angelitos, pero que si de algo tenemos que salvaguardarnos como sociedad es de que esos delincuentes tengan derecho a un juicio justo. No puedo dejar de creer en la justicia. Imagino a Trump después de dar estas órdenes, en su despacho, oval o no, fumándose un puro, o dos. Ni siquiera ha contado con la aprobación de su propio congreso; sin el apoyo de su cámara podría estar violando su propia legislación interna, una nimiedad para él. Amnistía Internacional denuncia la operación militar de EEUU, donde ya han fallecido 44 personas civiles y militares. La Corte Penal Internacional es el único órgano con competencia para juzgar a altos cargos por crímenes internacionales, pero no, el señor Trump ni reconoce ni ratifica este tratado, ¿para qué?, si él se siente por encima de todo y de todos. Tengo una amiga en Venezuela que, después de las escenas de euforia absolutamente comprensible del pueblo venezolano ante la liberación de su dictador, les ha vuelto otra vez el miedo, porque Maduro ya tenía su plan b, por si esto pasaba, y ha soltado a las calles sus fuerzas represoras con ametralladoras en mano. La violencia ilícita solo puede generar más violencia. Esto no es bueno, esto es preocupante; vivimos en un mundo de una inestabilidad mundial que cada día se mantiene en la cuerda floja con la amenaza solapada de Rusia y China. EEUU no es la policía del mundo, no puede ejercer de matón, no puede sumar cinco violaciones del derecho internacional, porque lo más grave no es lo que ha hecho con Maduro, sino que se sienta precedente, y acabemos como en el oeste apretando el gatillo en un bar después de tragarnos el último trago de whisky.
Y como su osadía no tiene límites, ha afirmado sin carraspear que gobernará Venezuela “hasta que haya una transición adecuada”, descartando de un plumazo a María Corina Machado y a Edmundo González, líderes de la oposición. No, señor, aquí mandan mis santos cojones.
Yo volveré a mis clases, y les seguiré diciendo a mis niños que, si les pegan, les insultan o se sienten amenazados de alguna forma, acudan a las maestras, a los profesores, porque no podemos dar carta libre a que cada uno se tome la justicia por su mano.
Señor Trump, vuelva a los colegios, a los patios de infantil de cualquier escuela; creo que tenemos mucho que enseñarle.