El viento de Pentecostés y el adiestramiento del alma

Opinión

Transfigurando nuestras fuerzas y debilidades bajo el Fuego del Espíritu Santo

Ilustración para ‘El viento de Pentecostés y el adiestramiento del alma’
Ilustración para ‘El viento de Pentecostés y el adiestramiento del alma’ | Jacobo Díaz Portillo
Jacobo Díaz Portillo
24 may 2026 - 17:11

Existe una antigua e inspiradora leyenda americana de la tradición de la tribu Cherokee que narra el diálogo entre un viejo jefe de la tribu y su nieto sobre la intrincada condición humana. El anciano le explica que, a lo largo de la vida, dentro de cada persona, en su alma, se libra una batalla constante entre dos lobos: uno oscuro, repleto de ira, envidia, soberbia, vanidades, culpa, complejos, ansias de poder, desprecio, rencor y resentimiento; y otro luminoso, forjado de alegría, paz, amor, caridad, esperanza y fe. Cuando el niño pregunta más sorprendido que consternado cuál de los dos ganará la contienda, el abuelo después de una larga pausa, sentencia con la sabiduría que emana de su experiencia en la vida: «Aquel al que tú alimentes».

La psicología y el pensamiento contemporáneo ha estudiado con detalle el relato antropológico, y lo han enriquecido con un matiz sumamente interesante: en nuestra vida cotidiana, la victoria final de la contienda interna no radica en matar de hambre o destruir al lobo oscuro. Si luchas toda la vida contra él o lo que es peor, intentas ignorarlo por completo o aniquilarlo, se vuelve más agresivo, y acecha en las sombras esperando tu momento de debilidad, que tarde o temprano llegará. La verdadera maestría psicológica consiste en conocer a ambos, comprender de qué carece o que necesita (a veces solo tiene miedo, está solo, o herido en su orgullo, o simplemente quiere llamar tu atención en su ansia de poder en tu interior). La estrategia para aminorar al lobo negro es guiar su fuerza indómita con la ayuda, la templanza y el resto de las virtudes del lobo luminoso. Al celebrar hoy la gran Solemnidad de Pentecostés, esta pseudoparábola existencial adquiere una dimensión plenamente evangélica, pascual y sacramental. El misterio que hoy conmemoramos en la Iglesia y en el alma no es la destrucción de nuestra compleja naturaleza humana, llena de limitaciones e imperfecciones, sino su divina transfiguración por la fuerza del Espíritu Santo en nuestro caminar del Cuarto Día.

1. El Cenáculo Oculto: El Lobo del Miedo que Acecha en las Sombras

Antes de la efusión bendita del Paráclito, el escenario en el que se encontraban los apóstoles reflejaba con precisión el estado de un alma dominada por el repliegue y la depresión. El Evangelio nos describe a los discípulos reunidos en el Cenáculo, con las puertas cerradas por miedo a los judíos (cf. Juan 20, 19). Allí dentro, en la penumbra del secreto y del miedo a nuestras limitaciones humanas, habitaba el "lobo oscuro" en su estado más puro y campante: el temor paralizante, la culpa punzante por haber abandonado al Maestro en la Pasión, el rencor sordo ante el fracaso aparente y la autocompasión. El miedo y la culpa que representan al lobo negro, cuando se intentan esconder o reprimir detrás de puertas trabadas, no mueren; se vuelven más hostiles y sumergen al ser humano en una profunda amargura y desesperación.

Los discípulos no podían vencer esa batalla interior por sus propios esfuerzos voluntaristas. No se trataba de "matar de hambre" a sus flaquezas simulando una valentía que no poseían. Hacía falta una fuerza superior, una Luz divina que penetrara a través del muro de sus complejos, defectos y heridas. Cristo Resucitado irrumpe en medio de ellos, no para eliminar al lobo oscuro, no para recriminarles su cobardía o destruir su frágil humanidad, sino para soplar sobre ellos y decirles: «Paz a vosotros» (Juan 20, 21). El primer paso de la redención en Pentecostés es dejarnos conocer, visitar y pacificar en nuestra realidad herida por Aquel que es el Consolador del alma.

2. El Fuego que Transfigura: Redención en Lugar de Destrucción

Pentecostés es la manifestación suprema de que Dios no aniquila nuestra naturaleza, no corrige nuestros defectos y errores pasados, sino que la perfecciona a través de la gracia («Gratia non tollit naturam, sed perficit»). Cuando el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia en forma de lenguas de fuego (cf. Hechos 2, 3), no viene a consumir o reprimir los materiales mundanos de nuestra personalidad, sino a purificarlos, encenderlos y reorientarlos. El temperamento impetuoso, la soberbia, la pasión ardorosa, e incluso la obstinación —rasgos que, mal encauzados, alimentan al lobo negro, a la fiera del orgullo y la ira— no son destruidos de forma violenta. Son redimidos.

Pensemos en el apóstol Pedro: su impulsividad natural, que antes de la Pascua lo llevó a cortar la oreja del siervo del sumo sacerdote en un arranque de ira carnal, es transformada por el Espíritu Santo en una audacia santa para proclamar el Kerigma ante la multitud de las naciones. El lobo oscuro en nosotros —esa parte que a veces reacciona con soberbia, envidia, desprecio o rencor— es muchas veces el grito desordenado de un alma que tiene sed de Dios pero busca saciarse en los aljibes agrietados y secos del mundo agnóstico.

Al comprender, bajo la iluminación y el aliento del Espíritu, que nuestras oscuridades nacen de una profunda carencia de amor y de antiguas heridas no sanadas, dejamos de despreciarnos con una culpa estéril. Llevamos esa debilidad al fuego del Paráclito, permitiendo que el Abogado Defensor guíe nuestra energía vital con la dulce templanza de la caridad divina. Cuando a nuestro lobo oscuro lo sometemos a la gracia de Dios, esa que nos aporta la fuerza de la pasión redimida: ese ímpetu de Saulo de Tarso, dominado por el lobo negro, que no se destruyó en el camino de Damasco, sino que el Espíritu lo transfiguró en el celo apostólico del mayor evangelizador de la historia.

3. Alimentar al Espíritu: El Sustento del Trípode en el Cuarto Día

La pregunta del relato Cherokee sigue resonando con urgencia en este día santo: «¿Qué lobo de tu interior ganará la batalla? Aquel al que tú más alimentes». San Pablo nos recuerda la importancia fundamental de este discernimiento diario en su carta a los Gálatas, oponiendo las obras de la carne al fruto bendito del Espíritu, que es: «amor, amistad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio del ego» (Gál 5, 22-23). Estas virtudes celestiales describen a la perfección la fisonomía del hombre nuevo, y su lobo blanco luminoso guiado por la Gracia que habita dentro.

Para nosotros, eternos alumnos de los Cursillos de Cristiandad que vivimos el dinamismo de Pentecostés en la realidad de su "Cuarto Día", alimentar al Espíritu es sostener con vigor, equilibrio y perseverancia las tres patas de nuestro Trípode: Piedad, Estudio y Acción. Alimentamos la llama del Paráclito a través de una íntima y ardiente vida de oración, los sacramentos y la comunión constante (Piedad); nutrimos nuestro entendimiento con la Verdad divina y la formación eclesial para discernir los signos de los tiempos y los soplos del Espíritu (Estudio); y salimos valientemente y vencedores de nuestro Cenáculo particular para fermentar de Evangelio los ambientes, comunicando a todos, en sus propias lenguas, las maravillas de Dios (Acción).

Dejar de alimentar el Trípode significa apagar el fuego del Espíritu (cf. 1 Tes 5, 19), permitiendo que el desierto del resentimiento, del desprecio, de la arrogancia, del egoísmo donde habita el lobo oscuro vuelvan a adueñarse de los metros cuadrados de nuestra alma.

4. La Armonía de los Dones en la Ultreya y la Comunidad

La leyenda Cherokee concluye afirmando que la verdadera victoria consiste en lograr que el blanco lobo de la luz guíe y alumbre nuestro camino, pero sin ignorar ni despreciar a su homólogo oscuro. En términos de nuestra fe, esto se traduce en la santa vigilancia, la humildad y el discernimiento comunitario. El Espíritu Santo no nos ahorra el combate espiritual cotidiano y feroz entre ambos lobos en nuestro interior; nos capacita para librarlo victoriosamente en el seno de la Iglesia.

El lobo de las sombras se nutre del aislamiento, del secreto y del orgullo de creer que podemos salvarnos solos, que somos autosuficientes, que no necesitamos a nadie, de nuestra infinita ansia de poder, que los demás giren siempre a muestro alrededor y bajo nuestro control continuo y absoluto. Por eso, el Espíritu de la Verdad derriba los muros y congrega a los creyentes en un solo cuerpo, distribuyendo una maravillosa diversidad de carismas para el bien común (cf. 1 Cor 12, 7). En nuestra Ultreya, abrimos las puertas de nuestra intimidad a los hermanos bajo la luz de la verdad. Al poner en común nuestras flaquezas y fortalezas, miedos y luces en un ambiente de fe, el lobo oscuro pierde su poder de conspiración, emboscada y traición. La comunidad actúa como el cauce eclesial donde las fuerzas de nuestra personalidad se armonizan, guiadas por las riendas del Espíritu. Pentecostés nos saca del oscuro aislamiento, de la lóbrega guarida donde mora el lobo negro, y nos regala la melodía de la unidad, permitiéndonos exclamar con una sola alma el grito de nuestra conversión.

¡Que el Viento recio de Pentecostés sacuda nuestros letargos, que su Fuego divino pacifique nuestras batallas internas y llene de gracia y color todos nuestros ambientes en este Cuarto Día!

¡DE COLORES! 🌈🌈🌈 FELIZ PENTECOSTÉS 

Jacobo Díaz Portillo

DeColores, lema del Movimiento de Cursillos de Cristiandad

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