«Ceuta representa la concordia que buscó mi padre»
TRANSICIÓN
Se ha convertido en el albacea de la memoria de su padre. Aquel chaval que llegó a Moncloa con doce años, hoy es un abogado madrileño de cierto prestigio y se encuentra en Ceuta para hablar de memoria, de concordia, de encuentro. Términos en los que pivotará la conferencia que ofrecerá en la UNED con motivo de la apertura del año universitario, y temas que conoce de sobra. Recuerda aquellos años en los que la historia de España se escribía en su casa, pero también mira al futuro con cierta esperanza y ve resumidas en Ceuta señales de aquel encuentro entre diferentes por los que trabajó, entre otros, su progenitor. Adolfo Suárez Illana atiende a El Pueblo de Ceuta en el Parador donde sus padres realizaron su último viaje.
Pregunta.- La primera pregunta que se le hace a un conferenciante es obvia. ¿De qué va a hablar?.
Respuesta.- ? Pues la petición es que hable de la concordia, de la transición y de la constitución.
Se cumplen 50 años ahora mismo del inicio de esa transición y lo que la gente tiene que saber es que España ha sufrido, digo, ha sufrido muchas transiciones y no todo ha salido bien. Y la que nos fue extraordinariamente bien, la de 1978, lo fue precisamente porque tenía un elemento diferenciador que era la concordia. Y sobre lo que significa la concordia y cómo se aplicó en aquel momento, lo difícil que fue, es sobre lo que quiero hablar para defender las grandezas del siglo XXI, de la concordia.
P.- La España que construye, entre otros hombres, su padre, la España de la concordia, ¿quizá era claro que estaba en que nadie sabía dónde íbamos pero ninguno queríamos volver a la casilla de partida?
R.- No. Primero, la transición política española del año 1976 al 78, todo el mundo sabe dónde quiere ir, que es a una democracia, a un camino a la libertad. Ese es el objetivo compartido. El problema era cómo llegar a ese objetivo sin que se dieran de nuevo los temores del pasado, de la división, la de una España de vencedores y una España de vencidos. Eso era lo que se quería evitar. Y precisamente es lo que se consigue, una España que está integrada por todos, que refiere a muy distintas ideologías, a muy distintas formas de pensar, pero consigue integrarlas en una misma constitución, que en el fondo no es un conjunto de artículos, sino una casa común en la que cada uno encontró una habitación confortable.
Entiendo que cuando uno se siente a negociar, más que lo que estoy dispuesto a conseguir, lo que hay que preguntarse es a qué estoy dispuesto a renunciar...
R.- Me sabe mal dar dos respuestas negativas, pero otra vez no. Vamos a ver: efectivamente todos renunciamos a algo, pero ¿a qué renunciamos todos, a ganar? Y es curioso que cuando todos renunciamos a ganar, acabasen ganando todos, porque ese es el verdadero secreto. Cuando se establece una negociación, y eso lo aprendí en primera persona, lo que se tiene que tener en cuenta fundamentalmente no es lo que yo quiero conseguir o lo que yo estoy dispuesto a renunciar, sino qué es lo que necesito que el otro obtenga para que se sienta cómodo, que pueda integrarse. Eso es lo fundamental. Porque si no, estamos tirando de un lado y del otro. Y de lo que se trata no es de tirar, sino de unir.
Bueno, yo pregunto y usted responde lo que estime conveniente, faltaría más. Supongo que usted tendría tiempo de hacerle a su padre preguntas como estas. ¿Hubo algún momento, al menos en su Presidencia, en la que tuvo la sensación de que todo se iba al garete
R.- Yo creo que no hubo ninguno tranquilo. Particular a pesar de que no fueron años tranquilos. Es un proceso muy complejo. Ya he deslizado antes que el cuadro, por poner unas fechas que siempre es difícil en los procesos históricos. La transición realmente cuando el Rey pone al presidente que él quiere, que es julio del 76, como inicio y un fin que es cuando se aprueba la constitución. Porque ya tenemos la estructura.Hay unos antecedentes y hay luego mucho por hacer. No se me tome demasiado estricto esta fecha, pero esa es la transición. Y no hay un solo momento de tranquilidad política.
Desde el mismo inicio en el que se produce esa incertidumbre de cómo íbamos a llegar a esa España de las libertades. Y donde hoy se mitifica el entendimiento cuando hubo mucho, mucho que negociar y mucho que hablar. Porque había fuerzas muy opuestas. Hubo una actividad terrorista brutal. Había que legalizar el Partido Comunista con todo lo que ello significaba. Hoy hablar del Partido Comunista es una cosa normal. En aquel momento era hablar del enemigo a muerte incluso para algunos. Y el verlo integrado en la vida política española era difícil. Se produjeron también los asesinatos de Atocha y cómo respondió el Partido Comunista en aquellos momentos. Le puedo asegurar que no hubo un momento de tranquilidad. Pero a Dios gracias, España entera, porque eso no sobra de una persona. Toda una generación de españoles decidió construir una misma España y lo consiguieron.
¿Y cómo vive eso un niño de, no sé qué edad tendría usted entre el 76 y el 81? Primero, ¿cómo se vive en Moncloa, que tengo entendido que es el lugar más deseado del mundo para vivir. Por aquello de la seguridad, la escasa intimidad y tal. ¿Y cómo vive un niño en ese proceso? No sé qué edad tendría Adolfo Suárez Illana entre 1976 y 1981. Me imagino a sus padres comentando que han matado a no sé cuántos abogados laboralistas en un despacho en Atocha, de los cuales uno, por cierto era ceutí. Un atentado de ETA prácticamente a diario, los militares que no terminan, o grupos del Ejército, que no terminan de estar tranquilos. ¿Cómo se vive eso? ¿Cómo se crece con eso?
R.- Hay muchas preguntas en esta. La primera, yo entro en Moncloa prácticamente con 12 años y salgo con 17. Así que soy muy consciente de lo que ocurre y luego he tenido el privilegio de vivir al lado de mi padre muchísimos años, con lo cual no sólo los recuerdos que tuve ocasión de vivir sino el testimonio que recibí del propio Adolfo Suárez. Hay que tener en cuenta que yo soy hijo de un hombre importante: cuando yo tenía cuatro años estaba en el gobierno civil de Segovia. La familia estábamos acostumbrada a convivir al lado de un hombre que tenía responsabilidades importantes desde muy pequeños. Y eso hace que haya una cierta normalidad en esa evolución en ascenso que experimenta mi padre. Y cuando llegamos a Moncloa hay mucha gente que le gusta decir que aquello es difícil. Por encima de cualquier cosa, el ser hijo de un gran hombre y vivir situaciones tan excepcionales como es vivir en Moncloa es un privilegio. Es un privilegio que te permite conocer a gente excepcional como Julián Marías. Crecer con ellos, escuchándolos, pudiendo ver ministros, presidentes, gente que hoy en día es loada por su obra. Y tú los has conocido desde muy pequeño con una naturalidad que no es normal.
Pues hay que dar gracias. Tiene sus inconvenientes, sí. Vives con la amenaza ETA, vives con seguridad, vives con determinadas cuestiones. Pero, sinceramente, yo creo que a mí me ha enriquecido muchísimo.
Hay muchas fechas por las que tengo curiosidad, pero una es obligatoria: el 23 de febrero de 1981. Su padre está a punto de entregar el Gobierno a Leopoldo Calvo Sotelo y se produce el ‘Tejerazo’. ¿Qué recuerda usted de aquel día, como lo vivieron?
R.- Muy difícil. Las primeras noticias que llegan ese día es que parece que han matado al presidente. Hay mucha confusión, hasta que se empieza a normalizar la situación, pasa tiempo. Llegan ya noticias serias del Congreso, una hora y pico, dos horas después. Nos confirman la actuación de mi padre. Manuel Barriopedro, creo recordar que era el fotógrafo, nos contó en primera persona todo lo que allí había ocurrido. Y bueno, aunque pasa muy lentamente, nos vamos dando cuenta de que aquello es una chapuza, que no está teniendo éxito sino todo lo contrario. Al final se acaba restableciendo la normalidad democrática. Y tenemos que dar gracias a Dios. Porque entre otras cosas puso una vacuna para que no volviera a ocurrir nunca jamás.
La verdad es que hoy en día las Fuerzas Armadas españolas no tienen nada que ver con lo que eran en aquel momento. Y sinceramente, no es que sean solo mucho mejores. Están más formadas, tienen una modernidad envidiable, pero siempre hay que recordar que la inmensa mayoría de militares no se sumaron al Golpe, sino que fue una minoría.
.Estamos en una España de los años 70. Una España que abandona una dictadura, entra en la democracia. Y usted hablaba antes de que la clave, el éxito, el legado, mejor dicho, de esa España es que no haya vencedores ni vencidos. Sin embargo, y es una opinión muy personal, y si me tiene que decir otra vez, no, me lo dice por supuesto, corre un riesgo y es que los nietos o bisnietos de aquellos que sí vivieron la guerra tengan ganas de que vuelva a haber vencedores y vencidos un siglo después. Algunos nietos y bisnietos, claro...
R.- Cada generación tiene que tomar sus decisiones. Nada está definitivamente ganado y nada está definitivamente perdido. La concordia no se impone. La democracia tampoco se impone. Y se mantiene por sí misma. Hace poco escuchábamos al Rey en el discurso de la entrega de premios Princesa de Asturias decirnos que la democracia no consiste en votar cada cuatro años. Requiere un esfuerzo personal. Tiene un fundamento moral. Y eso implica a toda la sociedad.
La política y la democracia no es cosa de los políticos nada más. Es de todos y cada uno de los que conformamos España. Y debemos, cada uno, hacer lo posible para mantenerlo. ¿Con esto qué quiero decir? Que nosotros hemos recibido, y es parte de esa conferencia, nosotros hemos recibido un legado. Un legado histórico inmenso. Que es el de la democracia unida a la concordia, al entendimiento, al respeto, a la construcción de un país. Hemos conseguido un desarrollo económico sorprendente en poco tiempo. Hay muchas cosas que mejorar. Estoy absolutamente de acuerdo. Pero el desarrollo que ha vivido España no lo ha vivido nunca. Bueno, a esta generación le toca volver a elegir. Y le toca volver a tomar decisiones. Y ella sabrá lo que hace. Yo haré todo lo posible, y aquí estoy, para que se conozca qué es lo que nos ha funcionado en otras ocasiones. Y no para mirarlo con nostalgia, porque la transición es un hecho histórico del pasado. Para lo que nos sirve el mirarla ahora, es precisamente para ver qué se hizo bien, qué se hizo mal, qué se puede mejorar. Pero eso son decisiones que, insisto, tiene que tomar la generación actual.
Estamos en la Plaza de África, estamos en Ceuta, estamos en el año 2026. Es inevitable que le pregunte por los acontecimientos que se han vivido recientemente en la ciudad desde el 30 y 31 de julio en adelante. Una entrada masiva, invasión: llamémosle como queramos, con 140 muertos, (que no se nos olvide), y un clima de tensión y de intensidad política que se da en Ceuta, como particularmente yo, que llevo prácticamente toda mi vida en Ceuta, y mucha gente que somos ceuties, no lo recordamos. Desde la lejanía, ¿usted cómo ha visto lo que pasaba en Ceuta, y sobre todo, cómo han ido evolucionando los acontecimientos hasta hoy, hasta este 26 de octubre?
Lejanía, yo quiero lo primero decir, ninguna. Esto para mí es tan España como Covadonga, y creo que España entera ha demostrado que es así. Aquí no hemos vivido un proceso migratorio, ni mucho menos. Ha sido una invasión en toda regla.
Y eso nos obliga a ver las cosas de una forma distinta. Si agarrásemos de forma individualizada la vida de alguna de las personas que han entrado violando la frontera, pues sentiríamos empatía sin ninguna duda. Porque habrá dramas, habrá situaciones complejas. Pero lo que se ha producido es un hecho planificado, con un tamaño planificado para desbordar una frontera. Y violar una frontera no se lo puede permitir un país, ningún país. Entonces, habrá que cambiar las leyes que sean necesarias en España y en Europa. Pero lo que no puede pasumir nunca nadie que viole una frontera es la esperanza de sacar un rédito para sí después de eso. Lo siento mucho, pero no.
Y ya por último. Usted ha visitado Ceuta en varias ocasiones. ¿Qué es lo que más le llama la atención de esta ciudad? O por lo menos de la ciudad que usted conoce, que era la que separa, la que pone el contrario de su historia en una segunda pantalla el 29 de julio.
Lejanía, yo quiero lo primero decir, ninguna. Ahora he visto muy poco. Lo único que sí he notado ya es que efectivamente ves grupos de gente extraña a lo que era la normalidad de Ceuta. No es la misma de hace tiempo. Y lo que sí sigue siendo lo mismo, a pesar del miedo que ya he visto en algunos de los ciudadanos de aquí, que te cuentan al reconocerte por la calle que no están pasando mal, que sienten miedo, que han sentido un abandono enorme. El modelo de convivencia que se conoce aquí en Ceuta es impecable. Es un gran ejemplo de concordia, de esa aspiración que tuvieron los españoles que hicieron la Transición a la Democracia, de respeto hacia el otro.