Crisis migratoria
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Crisis migratoria
Reduan Seblali (Tetuán, 30 años) formó parte de la avalancha humana que este jueves entró en Ceuta sin resistencia ni a este ni al otro lado de la frontera. No era la primera vez que intentaba huir de Marruecos en busca de “un futuro mejor” en Europa. Trató de hacerlo días antes, pero la Gendarmería marroquí lo atrapó y lo introdujo en un autocar rumbo al sur. Lo dejaron abandonado en el desierto del Sáhara, despojado de dinero. Aún así, logró regresar al norte, y hace una semana aprovechó la entrada masiva para repetir el cruce. Esta vez, con éxito, como otros más de 75.000. Entre ellos, “niños pequeños que no saben nadar” y madres con sus bebés. Vio escenas impensables para él. Y una vez en Ceuta, pasó días durmiendo en el monte, sin nada que llevarse a la boca. Hasta que supo de la casa de Sabah.
Olía a verduras cociéndose y a especias rociando la carne. Al entrar en el número 47 de la calle Claudio Vázquez, el calor que despedían las ollas abofeteaba a los recién llegados este miércoles a la hora española del almuerzo. El trasiego era constante. De las más de diez voluntarias que iban y venían entre la cocina y la terraza con vistas al mar, donde se coordinaban para elaborar los guisos. Y de los centenares de marroquíes, hombres y mujeres, también menores, que hacían fila en la avenida de Los Rosales a la espera de su turno para asearse y llevarse un táper de comida o un bocadillo.
Todo ello por cortesía de Sabah Hamed, premio María de Eza 2022 precisamente por abrir sus puertas a los migrantes hambrientos que entraron en Ceuta durante la crisis de mayo de 2021. La ceutí calcula que ayudan a unas 400 personas diarias desde que este sábado decidió ceder su casa para atender la emergencia humanitaria. Les ofrecen comida, bebida, ropa limpia y aseo. También curan heridas superficiales y atienden las necesidades de higiene íntima de las chicas carentes de recursos en mitad del periodo. Lo único que no puede es darles cobijo.
Ha tenido que negárselo a varias mujeres que le han llegado “llorando”. “Pero, ¿qué hago? No tengo donde meterlas”, confiesa sentada durante unos minutos de reposo que se permite a pesar del alboroto que no cesa en su inmueble. Para hoy tienen 15 kilos de carne picada y 40 de patatas. Pero “no es suficiente”. Abren las puertas sobre las 12:00h y no las cierran hasta la medianoche. Estos días, a las voluntarias se les olvida comer. “Ayer hicimos dátiles con chuparquías y harera. Reservamos un poco para nosotras, pero nos venía más gente y se lo dábamos. Al final acabamos pidiendo bocadillos en una hamburguesería para poder cenar”, relata Sabah.
El menú del miércoles: albóndigas con patatas guisadas, macarrones con carne picada y bocadillos de atún. El encargado de entregar las baguettes es Reduan Seblali. Vestido con la camiseta de un equipo deportivo ceutí, el tetuanés se colocó en mitad de la escalera del hogar humanitario, justo en el acceso a la casa. Se dedicaba a guiar a los migrantes, marroquíes en su inmensa mayoría, hacia arriba, donde se ubica la azotea, donde Sabah preparó una ducha para ellos. Al bajar, una vez aseados, Seblali los esperaba para despedirlos con los bocadillos preparados. Las mujeres, en cambio, pasan al inmueble de la ceutí, donde usan su propio baño, que las voluntarias se encargan de limpiar con frecuencia.
Reduan es uno de los miles de marroquíes que se resisten a abandonar Ceuta tras la entrada masiva, a pesar de la insistencia del Ejército y la Policía Nacional, que desde el viernes pasado barren las calles de la ciudad alentando a los recién llegados a retornar por su propio pie a Marruecos. Según el delegado del Gobierno, solo quedan en Ceuta 2.500 de los 75.000 que, acorde a la última actualización del Ministerio del Interior, lograron acceder. El presidente de la Ciudad Autónoma eleva la cifra por encima de los 3.000. Aunque sin datos oficiales, un paseo por las barriadas de Ceuta da cuenta de que aún son muchos.
Las personas de origen subsahariano se encuentran concentradas en la playa del Trampolín e inmediaciones del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI). De los que deambulan por Benítez, Los Rosales o El Príncipe, incluso por el centro de la ciudad, la inmensa mayoría son marroquíes, al igual que aquellos que recibe Sabah en su casa. Algunos de ellos ya estuvieron en Ceuta en 2021. Y en esta nueva entrada masiva, lo han vuelto a intentar. “Hay chicos que estuvieron aquí en 2021 y los sacaron en su momento, pero ahora han vuelto a entrar. Y son ellos quienes están organizando a todos para que vayan subiendo poco a poco para ducharse”, relata Sabah.
A Reduan Seblali, la “solidaridad” de la vecina ceutí le devolvió la “esperanza” y las “ganas de confiar en la gente”. Es consciente de que las autoridades españolas tienen la intención de repatriar a sus compatriotas al denegarles la solicitud de asilo, pero asegura que, si lo expulsan de nuevo, volverá a intentarlo próximamente. “Quiero un futuro. No he venido a decir que Ceuta es marroquí. Ese no es mi problema. Eso es cosa de los altos mandos. Desde que conozco Ceuta sé que es de los españoles. Solo vengo a buscar un futuro mejor”, afirma mientras continúa entregando bocadillos a quienes bajan de la azotea recién bañados.
Hanan Dris amontona paquetes de pasta y legumbres en lo alto de una cama. Es familiar de Sabah y, como hizo en 2021, estos días la está ayudando a atender la demanda, que no para de crecer. Sobre otra de las camas del dormitorio de la primera planta reparte bolsas de zapatos. Los tienen de todas las tallas. Se los entregan a aquellas personas que llegan descalzas. Son donaciones de vecinos de la barriada y el resto de la ciudad. También ofrecen alimentos y otras prendas de ropa, que entregan limpias a los necesitados. A Hanan le apena ver tantos niños y chicas de entre 16 y 18 años. Con respecto a la crisis de hace cinco años, nota que ahora son “muchos más” y de perfiles más variados. Lo mismo que Sabah.
A la ceutí, la entrada masiva de la que este jueves se cumple una semana le pilló fuera de Ceuta. Desembarcó en la ciudad el sábado, cuando arrancó con su labor humanitaria. “Una cosa es que te lo cuenten y otra llegar y ver todas las calles abarrotadas”, reflexiona ahora Hamed. Lo “peor” para ella es toparse con tantos menores y con mujeres embarazadas. De estas últimas ha visto ya a 20. “Se nos ha ido de las manos la situación. Y aquí intentamos, al menos, que se duchen, porque hay gente que lleva desde el jueves sin asearse y sin comer. Intentamos ayudar con ropa”, afirma. Quiso agradecer a unos amigos residentes en Gibraltar, que han colaborado proporcionando ropa. También puso en valor el esfuerzo de los ciudadanos y de las voluntarias que ayudan en su casa.
Sabah reconoce que se le parte el corazón cuando tocan a su puerta padres de familia “con tres o cuatro niños”. O pequeños de 10 años que le imploran ayuda para no dormir en la calle. Sin más remedio, le toca negársela. “Es que son muchas personas…”, se justifica. Para explicar su interés por la ayuda del prójimo se remonta a su infancia. Desde que tiene “uso de razón”, Sabah recuerda a sus padres ayudando a sus vecinos. “Siempre que he visto que hay necesidad, he estado allí”, expresa. Es por ello que se ofreció para recoger la ayuda humanitaria que después enviaron a Siria, durante la guerra, a Turquía o Marruecos tras los terremotos que las sacudieron, o a Valencia, después de la DANA.
Precisamente, de la experiencia tras el terremoto de Marruecos aún conserva en su hogar tiendas de campaña y sacos de dormir que les sobraron. Ahora los está aprovechando donándoselo a las personas migrantes que viven escondidas en los montes. En mitad de la naturaleza ceutí, asegura Sabah, siguen ocultos “muchos” de los que entraron la pasada semana. Allí y “en los barrios, en las casas de la gente, en los portones”. Por la ciudad circulan rumores de que algunos ceutíes están cobrando una renta a estas personas para alojarlas, hacinadas, en sus azoteas o sus salones.
La vecina de Los Rosales se pregunta qué otra opción le queda sino la de ayudar a quienes pasan hambre durante el tiempo que perduren en su tierra. “Tenemos que ayudar, por humanidad”, sentencia, para concluir haciendo un llamamiento a todas las personas que quieran contribuir, expresándoles que pueden llevar a su casa todo el alimento, ropa o demás productos de primera necesidad que quieran donar para ayudar a los miles que siguen a día de hoy en situación de calle.
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