SÁNCHEZ PRADOS
Ceuta recuerda, en su peor momento, a su alcalde más querido
SÁNCHEZ PRADOS
Hace 90 años, en 1936, el cuerpo sin vida de un hombre yacía en algún depósito de cadáveres. A las mañanas de aquel cinco de septiembre, Antonio Sánchez Prados había recibido la pena capital. Un pelotón de fusilamiento cumplió el mandato judicial de fusilarlo por, ironías de la vida, rebelión. Con ese acto, una más de las muchas y crueles injusticias perpetradas durante la Guerra Civil del pasado siglo, culminaba un mes y medio de infortunio para quien, siendo alcalde de Ceuta, rehusó las ofertas para huir de España al entender que como principal regidor tenía una obligación moral.
Hace 20 años, en 2006, Ceuta rendía homenaje a Antonio Sánchez Prados cumpliendo el anhelo de unos ciudadanos que echaban de menos una estatua para recordar a su alcalde más querido. Quiso la casualidad que horas antes de que se inaugurara la estatua del ex alcalde, falleciera uno de sus hijos. Fue la noche en que el fervor popular por aquel médico al que vinculan con fenómenos paranormales y recordado por ayudar de su bolsillo a las clases menos pudientes se manifestaba en besos y abrazos a la estatua, hasta el punto de arrancarle alguna pieza.
En este 2026, Ceuta no está para homenajes. Estamos viviendo, sin ningún género de dudas, el peor momento de nuestra historia desde la muerte de Franco y, como mínimo, desde aquel julio de hace casi un siglo. Pero algo tan sencillo como un homenaje a un hombre cuyo legado trasciende tiempos e ideologías no se ha detenido. No ha sido masivo; quizá nunca lo haya sido. Sin embargo, si parece que haya habido más personas que hace un año o dos. Entre los presentes, el presidente de la Ciudad, Juan Vivas, los vicepresidentes de la Mesa Rectora de la Asamblea, Fatima Hamed y Melchor León, la práctica totalidad de los miembros del Gobierno de la Ciudad y el diputado socialista en la Asamblea Sebastián Guerrero, además de representantes de la Comandancia General de Ceuta. También el presidente del Colegio Oficial de Médicos, Enrique Roviralta y de la secretaria general de UGT, Yolanda Aparicio.
No todo fue inmaculado en la trayectoria vital de Sánchez Prados. Entre el ateismo y el anticlericalismo hay una línea fácil de traspasar, como quedó patente en aquellos años. Pero si algo quedó para las siguientes generaciones fue la leyenda, el mito de Don Antonio. En Ceuta sabemos perfectamente de quien hablamos con esa sencilla descripción; sobran los apellidos de aquel ginecólogo, masón y hombre de grandes discursos. Sánchez Prados es un símbolo de energía, de coherencia, de ejercer un cargo con dignidad en los peores momentos y hasta las últimas consecuencias. Quizá ahora no necesitemos leyendas, sino decretos y soluciones legales. No es el momento de invocar a la historia, sino de mirar al futuro con vistas a reconstruir la ciudad. Hay mucho trabajo, urgencias vitales, y demasiadas son las amenazas. Pero si de algo sirve mirar a Sánchez Prados es para conocer su historia y recordar que no siempre lo tuvimos fácil. Que Ceuta siempre ha tenido que reconstruirse y sobreponerse a los avatares del destino. Tres mil años de funambulismo sobre un cordel sin redes, pero sin llegar a caerse. Nunca fue fácil, siempre hubo sacrificios. Pero Ceuta, por planificación o improvisación, acabó saliendo adelante. Y esta vez, no puede ser una excepción.
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