Los efectos del desalojo de los Rosales en Luna Blanca: “No hay menos personas, al contrario”
Luna Blanca
En la ONG siguen haciendo encaje de bolillos para atender a sus usuarios de siempre mientras alimentan también a los migrantes que siguen acudiendo a su sede, muchos menos que en agosto, cuando llegaron a dar de comer a 5.000 personas en un día
A la hora de comer, la puerta de Luna Blanca vuelve a convertirse en un punto de encuentro para quienes no tienen dónde acudir. Algunos esperan a que los voluntarios terminen de preparar las bolsas con los alimentos; otros saben que tendrán que aguardar hasta que haya suficientes raciones para repartirlas sin dejar a nadie atrás. Entre ellos hay personas que llevan semanas durmiendo en la calle y que, pese al desalojo de la barriada de los Rosales, siguen sin encontrar una alternativa. "No hay menos personas, al contrario", resume Halima Ahmed, trabajadora social y portavoz de la ONG, que 81 días después de la entrada masiva continúa haciendo encaje de bolillos para atender a quienes llaman a su puerta.
La organización calcula que actualmente da de comer a unas 200 personas migrantes al día, una cifra muy alejada de las miles que llegaron a atender durante las jornadas más críticas de agosto, pero que se suma a la asistencia que presta a sus usuarios habituales. El desmantelamiento del asentamiento de los Rosales, donde fueron desalojados 90 adultos y 20 menores, no ha supuesto, según su experiencia, una reducción de la demanda. Al contrario, Ahmed asegura que siguen viendo a numerosas personas en las calles y que algunas podrían haberse escondido durante el operativo policial para evitar ser localizadas.
"Cada vez que ven venir a la Policía, muchísimos se esconden porque no quieren que los cojan", explica la portavoz. Detrás de ese comportamiento, añade, hay un temor extendido a ser trasladados al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), ya que algunos creen que su ingreso supondrá automáticamente su devolución a Marruecos. Una percepción que, a juicio de la ONG, contribuye a que parte de estas personas evite los dispositivos de acogida y permanezca fuera de los recursos habilitados.
De las 5.000 comidas diarias a un reparto de 200 raciones
La dimensión de la emergencia vivida en verano todavía pesa en el recuerdo de quienes estuvieron al frente de la respuesta humanitaria. Desde el 30 de julio, Luna Blanca puso en marcha todos sus recursos disponibles: encendió los fogones, llenó las ollas y comenzó a cocinar cuanto podía con los alimentos que almacenaba en sus instalaciones. Lentejas, arroz y macarrones fueron algunos de los platos preparados para repartir entre quienes llegaban con hambre, pero también con heridas y los pies destrozados tras los desplazamientos.
Cuando las existencias se agotaron, la ONG recurrió a sus proveedores para mantener la actividad. "Nos endeudamos con los proveedores hasta las cejas", recuerda Ahmed, que explica que la organización llegó a repartir alrededor de 5.000 comidas en una sola jornada entre su sede y el polígono industrial.
La Consejería de Sanidad y Servicios Sociales asumió los gastos derivados de aquella atención extraordinaria, un respaldo económico que la entidad agradece y que permitió llenar las despensas cuando la demanda desbordaba cualquier previsión. La colaboración se mantuvo mientras Luna Blanca prestaba el servicio de alimentación a los migrantes, hasta que Cruz Roja asumió el reparto de comida en la playa del Trampolín, en el marco de su dispositivo de atención.
La centralización del reparto redujo considerablemente el número de personas que acudían a la sede de Luna Blanca. Quienes antes se concentraban allí comenzaron a dirigirse a la playa, donde se había establecido el punto de entrega. Sin embargo, la organización continuó colaborando en la atención a quienes permanecían en otros asentamientos.
A finales de agosto concluyó el convenio que permitía sufragar parte de ese servicio. Para entonces, el número de personas a las que se alimentaba en el polígono industrial había descendido de unas 1.500 a alrededor de 900, entre ellas numerosas mujeres, niños y familias enteras. Luna Blanca mantuvo el reparto durante aquel viernes, sábado y domingo con sus propios recursos, a la espera de que se renovara la colaboración, pero la llamada no llegó.
Aquellas familias se quedaron sin una prestación alimentaria en el asentamiento y tuvieron que recorrer diariamente varios kilómetros a pie para recoger las bolsas que se distribuían en el Trampolín. El trayecto podía prolongarse durante horas, tanto a la ida como a la vuelta. La organización también solicitó en varias ocasiones que se enviara un camión cisterna para que los residentes pudieran disponer de agua potable y refrescarse durante los días de calor. Según su relato, el camión acudió en una ocasión.
El polígono industrial fue, en opinión de la ONG, uno de los asentamientos que soportaron las peores condiciones durante aquella crisis. Las últimas familias que permanecían allí fueron desalojadas y trasladadas a un recurso temporal de acogida en los días previos a la entrevista.
Los usuarios habituales, en medio de la emergencia
Mientras atendía a miles de personas migrantes, Luna Blanca no interrumpió sus programas sociales de siempre. La entidad ha mantenido las prestaciones subvencionadas por la Ciudad, entre ellas la atención domiciliaria vinculada al programa Téctum, dirigido a personas en situación de vulnerabilidad que viven en la calle.
Ese trabajo, que exige acompañamiento y seguimiento individualizado, ha continuado pese a la presión añadida sobre los recursos humanos y materiales de la organización. La dificultad aparece especialmente durante los repartos: los trabajadores llegan con un número determinado de bolsas para los beneficiarios del programa y se encuentran con otras personas migrantes que también necesitan comer.
"Te encuentras con otras 30 o 40 personas que te están viendo repartir y que también quieren", explica Ahmed. Para evitar situaciones complicadas, los equipos han tenido que cambiar de ubicación y acordar puntos de encuentro alternativos. También han intentado llevar algunas bolsas adicionales para atender a quienes se acercan al ver la entrega, aunque los recursos no siempre alcanzan para todos.
Actualmente, el programa Téctum atiende a 33 personas, una cifra que ha variado a lo largo de los dos años que lleva en funcionamiento. La ONG recuerda que el objetivo no es únicamente proporcionar comida, ropa o asistencia inmediata, sino acompañar a los usuarios para que puedan recuperar su autonomía y salir de la calle.
En ese proceso, la recuperación de la documentación constituye uno de los primeros pasos. Después llegan las gestiones para acceder a las prestaciones que correspondan, la búsqueda de empleo y las alternativas habitacionales. Desde la entidad destacan que algunas personas han logrado reinsertarse, encontrar trabajo y trasladarse a la Península, aunque otras han vuelto a la calle tras recaer en una adicción o perder los apoyos que habían conseguido.
La organización insiste en que la atención debe adaptarse a cada caso. Hay personas que necesitan ayuda para mantener unas condiciones mínimas de higiene y alimentación, mientras que otras pueden avanzar hacia una salida de la exclusión si cuentan con acompañamiento y oportunidades laborales. "La única manera de que puedan encontrar trabajo es formarse", sostiene la portavoz de Luna Blanca.
La comida para los asentamientos y los centros de acogida
A las entregas diarias se suma el trabajo de cocina que la ONG realiza para algunos dispositivos provisionales de atención a migrantes. La entidad prepara servicios de catering para determinados recursos, entre ellos el campamento del embolsamiento de Loma Colmenar y centros de menores, además de otros dispositivos gestionados por asociaciones.
La preparación de esos menús se organiza a lo largo del día. Las raciones destinadas al reparto de la tarde se van reservando hasta disponer de una cantidad suficiente para atender a quienes esperan. Solo entonces se sacan las bolsas, con el propósito de evitar que las primeras personas reciban comida mientras otras se quedan sin ella.
La demanda también se ha mantenido en barrios como el Príncipe y los Rosales. En este último, Luna Blanca colaboraba con vecinas que cocinaban grandes ollas y distribuían la comida entre las personas que permanecían en la barriada. Una de ellas recogía habitualmente recipientes de la organización para repartirlos entre sus vecinos. Con el desalojo, esa red de ayuda vecinal se ha visto afectada, pero la necesidad de alimentación no ha desaparecido.
La ONG continúa entregando comida allí donde detecta que hay personas que la necesitan, aunque el volumen actual sea muy inferior al de los días posteriores a la entrada masiva. El reto consiste en sostener esa respuesta sin descuidar a quienes ya dependían de sus programas antes de que la crisis migratoria multiplicara la demanda.
"No se puede meter a todo el mundo en el mismo saco"
La labor de Luna Blanca tampoco ha estado exenta de críticas. Ahmed asegura que la organización sigue recibiendo reproches por proporcionar alimentos a las personas migrantes, a las que algunos acusan de recibir ayudas sin necesitarlas o generalizan como peligrosas. La ONG rechaza esas afirmaciones y recuerda que su intervención se dirige a personas que, en muchos casos, duermen en la calle y carecen de acceso a servicios básicos.
"No se puede generalizar", defiende la portavoz. Desde su experiencia, han conocido a jóvenes, mujeres, familias y adultos que buscan oportunidades educativas, atención sanitaria o un empleo que les permita construir un proyecto de vida. También han atendido a personas que han llegado por motivos familiares o médicos y a quienes la falta de recursos empuja a abandonar su país.
La ONG considera que buena parte de los migrantes que llegaron a Ceuta durante la entrada masiva fueron víctimas de expectativas falsas difundidas por redes sociales, grupos de mensajería y otras vías. Entre ellas, la promesa de que podrían obtener protección y documentación en pocos días o acceder de inmediato a alojamiento y ayudas. La realidad, señalan, fue muy distinta para quienes se encontraron con una ciudad sin capacidad para acoger a un volumen tan elevado de personas.
Desde Luna Blanca también recuerdan que los procedimientos de extranjería deben desarrollarse conforme a la legislación vigente y que las solicitudes de protección requieren una evaluación individual. Por ello, consideran que no es posible resolver una situación de esta magnitud mediante respuestas automáticas ni tratar a todas las personas de la misma manera.
Ochenta y un días después de aquella entrada masiva, el escenario ha cambiado. Ya no son miles las personas que acuden diariamente a buscar comida a las instalaciones de Luna Blanca, pero la organización sigue preparando cientos de raciones y atendiendo a sus usuarios habituales. El desalojo de los Rosales ha despejado parte del asentamiento, aunque, según quienes trabajan a diario sobre el terreno, no ha acabado con la presencia de migrantes en las calles.