Una familia que cruzó con su hijo de tres años: “El miedo de quedarnos en Marruecos es superior al de cruzar a nado”

Crisis migratoria

Salma y Amin aprovecharon la avalancha del 30 de julio para intentar dar “un futuro prometedor” al pequeño Amjad. Ahora malviven en el Polígono del Tarajal, con el niño herido, pero regresar no es una opción

La familia marroquí formada por Amin, Salma y Amjad posan de espaldas en el Polígono del Tarajal, donde viven desde la entrada masiva
La familia marroquí formada por Amin, Salma y Amjad posan de espaldas en el Polígono del Tarajal, donde viven desde la entrada masiva | Reduan Dris

Los acerados del Polígono industrial del Tarajal lucen atestados de basura. Los envases desgastados de agua o de leche, ya vacíos, y las bolas de papel de aluminio que alguna vez guardaron bocadillos ya devorados por los hambrientos comparten espacio con los cartones y las mantas que usan hombres, mujeres y niños para dormir sobre una superficie que no sea el suelo. Las naves anexas a la frontera donde el 30 de julio se produjo la avalancha en la que perdieron la vida más de 100 personas sirven desde entonces de refugio para una parte de las miles que aún continúan en la ciudad. No viven en su interior, sino a las puertas. Echados sobre la pared o tirados en la calzada. Allí, cuando no están tratando de sobrevivir, dejan el tiempo pasar ocupados en labores cotidianas. Unas se lavan el pelo sobre un barreño. Los adolescentes juegan al futbol o a las cartas. Y los más pequeños se entretienen con juguetes donados por vecinos solidarios.

En mitad de la anormalidad, Amjad conduce una pequeña moto de plástico, adornada con motivos de la película Frozen. Tan diminuta como el tamaño de su cuerpo, el marroquí de tres años sonríe mientras pasea con su vehículo. Lo observan entre risas sus nuevos amigos, que juegan con él para hacerle más amena la situación de calle que todos comparten desde que arriesgaron sus vidas para cruzar a Ceuta aprovechando la entrada masiva de la que se cumplen dos semanas. El niño no lo hizo solo. Sus padres se embarcaron en la huida de Marruecos y de la pobreza en la que estaban sumidos. Saben que fue peligroso entrar en la avalancha con el menor, pero la opción de quedarse al otro lado no era mejor. “Nuestra preocupación y miedo de permanecer en Marruecos es superior al riesgo que asumimos. Queremos darle a nuestro hijo una vida mejor un futuro prometedor, que allí es imposible”.

Migrantes en el polígono del Tarajal
Migrantes en el polígono del Tarajal | REDUAN

Amin, el padre de familia, acaba de llegar al asentamiento donde malvive su familia desde su llegada a España. Lo comparten con varias mujeres de edad avanzada, otro perfil migrante novedoso en esta entrada masiva. En la crisis de 2021, fueron hombres en su mayoría. Esta vez, entre los 80.000, sorprendía la cantidad de menores, de niñas, chicas adolescentes, mujeres adultas, familias al completo y señoras mayores. Como las acompañantes de la familia de Amjad. Que se tapan la cara en cuanto oyen el sonido del obturador de una cámara. Amin llega de vuelta tras salir en busca de algo de comida. Trae una bolsa con dos barras de pan. Corta un trozo y se lo da a su hijo, que juguetea con el migajón sin dejar de reír.

El pequeño se ha acostumbrado al dolor de las heridas que sufrió durante la entrada masiva en varias partes de su cuerpo. Tiene un chichón enrojecido en el ojo derecho. Y una lesión en su mejilla derecha. Además de arañazos en ambas piernas. Su madre, Salma, coge en brazos al niño y señala la zona donde se acumula un mayor número de rasguños, en el interior de la pierna izquierda. Y muestra también la marcha que un golpe le ha dejado sobre uno de sus diminutos pies, protegidos por unos zuecos de color azul, con un diseño de La Patrulla Canina.

Al entrar en Ceuta pudieron llevarlo a Urgencias, donde un médico atendió al menor. Le curaron las heridas y le recetaron un medicamento que aún no han comprado. No tienen dinero. Y, aún así, para los jóvenes padres es mejor eso que Marruecos.

Niños jugando en el Polígono del Tarajal
Niños jugando en el Polígono del Tarajal | Reduan Dris

Sobrevivir

Salma y Amin son conscientes de que, hasta poder regularizar su situación, se dedicarán a sobrevivir, pero en Marruecos hacían lo mismo. Procedentes de Larache, ella tiene 23 años y él unos pocos más. Él trabajaba en la reparación de redes de pesca artesanalmente. Cobraba 3.000 dirham mensuales. Al cambio, unos 280 euros. Y el alquiler era de 1.800 dirham, unos 170 euros. Se quedaban con escasos 130 euros para todo lo demás. La luz, el agua o los alimentos. “Lo que queremos es evitar que nuestro pequeño pase por esta situación. Queremos darle un futuro mejor que el nuestro”, confiesa la madre.

Amin ha llegado a graduarse como abogado en su país de origen, recientemente. Sin embargo, sabe que, para conseguir trabajo, tanto en el terreno privado como en las administraciones públicas, necesita contactos o “15.000 dirham de soborno”. Cuando la familia marroquí quiso compartir su historia con El Pueblo de Ceuta, llevaban días sin ducharse. La única posibilidad de lavarse está en las duchas de la playa más cercana, pero ir hasta allí es una tarea de riesgo para una madre con su hijo. Tienen miedo de ser asaltados. O de que los agentes de seguridad los atrapen. Para hacer sus necesidades hacen uso de “la calle”.  “Queremos darle a nuestro hijo una educación, que pueda tener opciones”, afirma el padre.

La caridad

Al igual que Salma, Amin y Amjad, las centenares de personas que viven sobre la calzada del Polígono del Tarajal tratan de salir adelante gracias a la caridad. Organizaciones como la ONG Luna Blanca o Cruz Roja, subvencionadas por las administraciones públicas, organizan salidas a las zonas de mayor aglomeración de migrantes para entregarles tapers con comida y botellas de agua. Pero no solo. También son los vecinos de Ceuta quienes pagan de su bolsillo los ingredientes de guisos que cocinan para después repartirlos entre el colectivo. Es el caso de Sabah, la vecina de Los Rosales, que desde la entrada masiva daba de comer a una media de 400 personas en su propia casa organizada con un grupo de voluntarias.

Un grupo de chicos marroquíes posa en el Polígono del Tarajal
Un grupo de chicos marroquíes posa en el Polígono del Tarajal | Reduan Dris

O de la asociación Al Amal, una pequeña organización ubicada en la Estación del Ferrocarril. El día que este periódico conoció al pequeño Amjad, tres de sus miembros acudieron al Tarajal para dar comida. “Somos unas diez personas organizándonos para dar dinero y hacer de comer. Desde la entrada masiva hemos alimentado a 400 personas al día”, cuenta una de las responsables de la entidad, que prefiere permanecer en el anonimato. Cuando conversó con El Pueblo rondaban las 20:00h, pero ella llevaba desde las 10:00 sin parar. Para aquel día habían preparado paella de marisco. Repartieron 400 tapers por toda la ciudad. Junto a zumos, agua, plátanos y pan. Esa noche pasaron con bocadillos de tortilla.

Los entregaron entre algunos de los que aquel día permanecían en el Tarajal. Como un grupo de adolescentes que jugaba al fútbol. El más pequeño tiene 15 años, y el mayor 22. La mayoría de ellos, según confiesan, son menores de edad. También la mayoría reconoce que sus familias conocían sus intenciones de cruzar a nado hasta Ceuta. Admiten que en Marruecos no tienen “nada que hacer”. “No podemos encontrar trabajo”, afirma uno de ellos, que trabajaba como pinche de cocina en un restaurante. Entraba a las 14:00 y salía a las 2 de la madrugada, por un suelo diario de “seis euros”. Es por eso que prefiere estar “un año en estas condiciones” a este lado de la frontera, con la esperanza de “ir a la península y tener posibilidades de futuro” que volver a Marruecos. “Queremos un empleo estable, poder formar una familia… Volver sería un retroceso”

Como la familia de Salma y Amin o los adolescentes que jugaban a fútbol, otras tantas continúan en situación de calle alrededor de Ceuta desde la entrada masiva. Muchas de ellas en las naves del Polígono del Tarajal. Pero no dentro, sino a la intemperie. Allí, por el momento, tan solo una sirve como centro de acogida, con todos los recursos en su interior para ofrecer unas condiciones mínimamente dignas a los recién llegados. En concreto, es un centro de menores, de la Fundación SAMU. Próximamente, según ha anunciado el Gobierno, abrirán un Centro de Atención Temporal de Extranjeros (CATE), donde los migrantes adultos podrán permanecer un máximo de 72 horas mientras son filiados por la Policía Nacional y se decide la denegación o aprobación de sus permisos de asilo.

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, dijo este jueves que el plan del Gobierno consiste en agrupar a los “5.000” migrantes que, según él, siguen en la ciudad, para evitar que sigan “dispersados” por las barriadas y el centro.

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