Mohamed y Fouad, los niños que duermen en el cementerio musulmán
Crisis migratoria
La Ciudad ha tenido que proteger el camposanto con seguridad privada tras ocuparlo hasta 800 migrantes. Dos chicos de 15 y 17 años siguen colándose evitando la calle, ya que volver a Marruecos no es una opción
Con camisetas de marcas deportivas, bañadores por encima de las rodillas, chanclas algo desgastadas y gorras ensombreciendo sus rostros, Mohamed y Fouad se aproximan a la entrada del Cementerio Sidi Embarek. En cuanto el uniformado vigilante los atisba entre los barrotes blancos que protegen el enorme camposanto musulmán, se acerca con su moto al acceso principal para impedir su entrada. “Aquí no podéis quedaros”, les espeta. Los tetuaníes de 15 y 17 años “y medio” dan media vuelta hacia las naves del Tarajal, pero antes se detienen con este periódico y confiesan que suelen colarse para dormir en un lugar recogido. Mejor eso que el asfalto de la carretera o la tierra del monte, donde aún muchos migrantes permanecen escondidos. A día de hoy, en torno a 10.000 personas, entre menores y adultos, según fuentes policiales (aunque el Gobierno los reduce a 2.500), duermen a la intemperie y comen gracias a la caridad. Pero, como afirman Mohamed y Fouad, prefieren eso que retornar a Marruecos.
“Sería peor todavía”, responde el mayor de los dos adolescentes a la pregunta sobre el posible retorno a su país. “Sabemos que vamos a estar un tiempo pasándolo mal, pero preferimos esto a volver allí”, remata Mohamed. Y lo mismo piensa el más pequeño. Ambos aseguran que sus respectivas familias eran conscientes de que se jugarían la vida cruzando de manera irregular a Ceuta. Lo hicieron el jueves, junto a los otros más de 72.000, según el Ministerio del Interior; más de 80.000 según la Ciudad Autónoma. A los dos les transmitieron el mismo mensaje sus allegados: “Tened suerte en este nuevo reto y no os metáis en problemas ni en las drogas”.
Por el momento, no lo han hecho, ni tienen intención. Mohamed asegura tener formación y experiencia en tapicería de vehículos. Fouad, en peluquería. El objetivo es moverse a la península y labrarse un futuro en alguna ciudad. Mientras tanto, desde hace más de una semana, duermen entre tumbas y comen gracias a la ONG Luna Blanca. La distancia que más recorren es la que hay entre la mezquita de Sidi Embarek, donde se ubica la organización humanitaria, y el cementerio homónimo. El tercer lugar más frecuentado por los amigos es la playa. Como la mayoría de los que están en su misma situación, hacen uso de las duchas públicas para asearse.
Cuando no están alimentándose, durmiendo o lavándose, deambulan. Lo hacen con precaución, evitando toparse con agentes o militares. Y, cuando entran en la necrópolis, con los vigilantes.
El cementerio como refugio
La Consejería de Sanidad se vio obligada la pasada semana a contratar una empresa privada de seguridad para proteger el cementerio de Sidi Embarek. El personal de G-5 se encarga de despejar el recinto de 90.000 metros cuadrados de migrantes en situación de calle. Una mañana de esta semana, este periódico conversaba con el vigilante de guardia, quien aseguraba que, al comienzo de su turno, entre las 8:00 y las 9:00, tuvo que echar “a casi 500 personas” que se habían colado en el camposanto.
Le da pena, pero sabe que no es lugar para que lo conviertan en sus hogares, y les reprocha el uso que hacen del mismo. “No miden. No entienden que, por respeto, no deberían hacer lo que hacen aquí. El problema es que ensucian, dejan el cementerio muy mal”, confiesa el profesional anónimo. Llegan a hacer “sus necesidades” allí. Incluso, relata que los primeros días algunos improvisaron “cabañas” alrededor de las tumbas.
Cree que en el cementerio encuentran un refugio. Además, aprovechan que el recinto cuenta con tomas de agua, que los familiares de los fallecidos usan para regar las tumbas como señal de respeto. El vigilante teme que la situación persista durante semanas. Es vecino del Príncipe Alfonso, la barriada con mayor concentración de migrantes sintecho en estos momentos. La asociación de vecinos ha contabilizado más de 4.800. Según el presidente, todos ellos (o la mayoría) menores. El guardia introduce la mano en el bolsillo de su pantalón y extrae su teléfono móvil. Lo desbloquea y busca una aplicación con la que muestra imágenes de cámaras de seguridad instaladas en su barrio.
“¿Ves? Están por todos lados. Si subes ahora todavía están en los montes, escondidos. Por la tarde salen todos”, explica mientras observa a varias personas migrantes caminando por una zona del Príncipe. Como otros muchos ciudadanos, siente que la presencia policial en los barrios es prácticamente nula. Sobre todo, en el suyo. “Desde Hadú hasta el Príncipe no hay policía. No controlan. Solo en el centro”, critica. Después vuelve a montarse en su moto y vuelve a barrer el enorme cementerio en busca de aquellos que, como Mohamed y Fouad, siguen haciendo del lugar sacro su hogar temporal.