Crisis migratoria
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Crisis migratoria
Najwa (Kenitra, 20 años) se retoca el rímel de sus pestañas con la ayuda de un espejo diminuto, aunque su cara no saldrá en cámara. Tiene miedo de que su familia la reconozca y sepa que cruzó a España para poder casarse con su pareja. Que es una mujer. Se sienta sobre un mar de alfombras, en el interior de un campamento improvisado. Da la espalda a la prensa y se acomoda en los brazos de su novia. Khadija (Tánger, 22 años) la estrecha contra su pecho y le posa varios besos en la frente. “Amor”, le dice mientras acaricia su mejilla. “Nosotras, novias. ¿Podemos?”, suelta. Quiere saber si en Europa podrá unirse en matrimonio con la que es su chica desde hace tres años. Y si les permitirán tener hijos. Son los deseos con los que el pasado jueves cruzaron la frontera del Tarajal en mitad de la avalancha.
Se conocieron por Facebook. Sus ciudades están separadas por una distancia de unos 200 kilómetros. Aún así, a lo largo de los tres años de noviazgo se las han apañado para verse. Eso sí, en secreto. “Llevábamos una vida discreta. Nos veíamos en nuestras casas, nunca a la luz”, relata Khadija en una mezcla de castellano y árabe. Khadija es militar. Ha renunciado al Ejército marroquí para migrar a España. La soldado llevaba una vida de “mentiras” con la que quiso romper la pasada semana. Sus familias no sabían ni conocen ahora su orientación sexual. Las creían amigas. Quienes sí son conscientes de qué vínculo real las une son las otras chicas que las acompañan en la carpa donde este jueves relataron su historia a El Pueblo de Ceuta.
Muchas de ellas van descalzas. Algunas llevan sobre sus párpados dibujadas un delineado algo difuminado. Consecuencias del calor y las condiciones en las que viven desde que accedieron a Ceuta. De las más de 72.000 personas que, según los datos oficiales, entraron en la ciudad el pasado jueves, muchas de ellas eran mujeres. Unas retornaron a partir del viernes, y otras decidieron resistir. Deambulan por las barriadas, en busca de que la solidaridad de los vecinos las alimente. Han encontrado un refugio en La Reina. El vecindario se unió para instalar un campamento en un polideportivo de la zona donde han acogido a mujeres y niñas. Al menos, medio centenar. Entre ellas, Najwa, Khadija y sus otras amigas.
Alguna vino preparada con un neceser lleno de pinturas. Las mismas que Najwa usaba para retocarse los labios de rojo carmín antes de conversar con este periódico, pese a su petición de aparecer solo de espaldas. Quieren conservar la buena apariencia, aunque las condiciones de vida son, según confiesan, precarias. Gracias a los vecinos de La Reina ya no duermen en la calle. Al menos ahora lo hacen sobre colchones, bajo las carpas. También por su generosidad logran alimentarse e hidratarse. Y ponerse ropa limpia cada cierto tiempo. Aún así, no es la vida deseada. Pero desde la pasada semana no piensan en el presente, sino en el futuro.
Aseguran que sí, les merece la pena permanecer en situación de calle el tiempo que sea necesario. Volver a Marruecos no es una opción para ninguna. Mucho menos para las novias. “Preferimos pasar necesidades aquí durante un tiempo a volver a Marruecos”, asegura Khadija, quien insiste en que tanto ella como su pareja están “totalmente decididas” a permanecer aquí. “Después queremos ir a la península, y llevar allí una relación de pareja estable, porque en nuestro país no está bien visto”, expresa.
Desea que, en un futuro, una vez “regularizada” la situación de ambas, puedan contarles a sus familias que van a casarse. “Queremos arreglar una boda grande, inshallah. Y tener hijos”.
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