Tres hermanos que viven en las chabolas del Tarajal: “Los menores generan casi todos los conflictos”

Historias

Regresaron al asentamiento tras el incendio provocado “por accidente” con una vela y continúan allí pese a las condiciones de insalubridad y a que la comida dejó de llegar días atrás. Volver a Marruecos no es una opción porque tienen “miedo”

Asentamiento de migrantes en la explanada junto a las naves del Tarajal
Asentamiento de migrantes en la explanada junto a las naves del Tarajal | Reduan Dris

Anas, Ilyas y Ahmed llevaban una semana malviviendo en el asentamiento improvisado en una explanada junto a las naves del Tarajal cuando todo comenzó a arder. Estaban como en cualquier otro momento de sus monótonas vidas desde que cruzaron la frontera en mitad de la avalancha humana del 30 de julio: dejando pasar el tiempo. Unos dormían, otros charlaban distraídos. Nadie se percató de que una vela encendida para darles algo de visibilidad entre las chabolas estaba a punto de caer junto a las tiendas cubiertas de plásticos y otros materiales inflamables. Todo comenzó a arder en cuestión de segundos. Para cuando fueron conscientes del desastre ya era tarde. Los Bomberos tardaron dos horas en apagar las llamas, que arrasaron con 42 chozas, según el equipo de extinción de incendios. El fuego hizo cenizas la zona donde este sábado los tres hermanos conversaron con El Pueblo de Ceuta.

En 24 horas han sido capaces de cambiar los rescoldos por nuevas estructuras hechas con maderas, lonas de plástico, telas y hasta neumáticos. Tiran de los elementos que se encuentran en las batidas que realizan por el polígono industrial. Anas, Ilyas y Ahmed se encontraban este mediodía en la zona de la explanada más próxima a la puerta de acceso al enclave de naves. Allí se protegían del sol que asomaba cuando las nubes se lo permitían. Los dos primeros son dos gotas de agua. Ambos tienen 25 años y la misma madre, cuyo vientre compartieron antes de nacer. Ahmed es el hermano pequeño. Tiene 17, la misma edad que acababan ellos de cumplir cuando cruzaron a Ceuta durante la primera entrada masiva de la que formaron parte.

Así quedó el asentamiento junto a las naves del Tarajal tras el incendio
Así quedó el asentamiento junto a las naves del Tarajal tras el incendio | Reduan Dris

Los gemelos Anas e Ilyas llegaron a la ciudad durante la crisis de mayo de 2021. Pasaron meses viviendo en centros de menores hasta que, al cumplir los 18, los retornaron a Marruecos. Aquel no fue el primer cruce ilegal que perpetraban juntos. Comenzaron a intentarlo en 2018. Ya en la última ocasión, se les unió Ahmed. Tienen otros dos hermanos en Tetuán, donde vive su familia, que no era consciente del plan de los tres para el 30 de julio. En realidad, ellos tampoco. “Fue una cosa repentina. Nos enteramos de que la frontera estaba abierta y decidimos venir”, explican los gemelos, que chapurrean algo de español, pero optan por el dariya para desarrollar sus relatos.

Llevan, por tanto, 44 días viviendo en la calle y comiendo gracias a la caridad. La de oenegés o algún ceutí solidario y la de sus familiares, que desde Marruecos les envían algo de dinero para subsistir. Hace 10 días que pernoctan en la explanada a las puertas de las naves del Tarajal donde los migrantes llegaron a instalar más de medio centenar de chozas. Recuerdan que, al principio, una organización local les llevaba comida, pero hace más de una semana que no lo hace. Comen y beben lo que pueden. Casi a diario acuden en grupo al supermercado más cercano para comprar algo y, de paso, usar sus baños.

Solo tienen dos opciones cuando les entran las ganas: tratar de acceder a algún comercio o conformarse con los alrededores del asentamiento. Si este viernes, tras la quema de 42 chabolas, olía a humo, hoy apestaba a excrementos. Las moscas revolotean en manada por un campamento con nulas condiciones de higiene. Consiguen lavarse gracias a la caridad de un particular. El dueño de una nave pegada a la explanada les sacó de su propiedad una manguera que les permite acceder al agua. Además de asearse, la usan para llenar garrafas con las que poder hidratarse a lo largo del día.

Tenemos miedo de volver a Marruecos. Sabemos que a los que vuelven voluntariamente les pegan, les quitan el teléfono y los llevan en autobús al desierto

La pasada madrugada oyeron el escándalo de la reyerta ocurrida en las naves. La Policía detuvo a tres personas (dos ceutíes y un migrante en situación irregular) que habían agredido a un menor. Según las fuentes consultadas, el niño estaba jugando con la pelota y, sin intención, golpeó a un adulto. La reacción fue sacar una pistola de balines con la que lo amenazó y agredió, aunque no llegó a detonarla. Sí le roció spray de pimienta, por lo que tuvo que ser atendido en el hospital.

Anas e Ilyas reconocen que los enfrentamientos suceden a diario. Aseguran que no suelen tener “ningún problema con la gente de Ceuta”, y señalan a los menores no acompañados. “Casi todos los conflictos son generados por los menores”, cuentan los gemelos. “Es su mentalidad. Ellos saben que son menores y que, aunque hagan esas cosas no los pueden devolver”, continúan. Este periódico les pregunta si, a raíz del aumento de la conflictividad en las noches, tienen miedo de dormir en la calle. “No”, responden tajantes, para rematar: “Tenemos miedo de volver a Marruecos”.

Un futuro

En mitad de la conversación, un diminuto niño se acerca a uno de los gemelos y se pega a su cuerpo, buscando un abrazo que termina encontrando. “Pistola”, suelta Anas mientras señala la frente del pequeño, con un esparadrapo tapándole una herida ya curada. Relatan que hace una semana, el chico de 8 años fue agredido con una pistola de balines. Nadie supo (o quiso) decir quién portaba el arma. Tampoco si iba uniformado o llevaba chanclas. Si hablaba árabe o castellano. Pero aseguraron que fue “un accidente”.

El menor cruzó a Ceuta durante la entrada masiva junto a su hermana, su madre y su padre. “Toda la familia”, aclaran los gemelos, que le prestan especial atención al niño. Gajes del oficio. En Marruecos lograron sacarse una titulación en primeros auxilios. Anas decide demostrarlo sacando de su cartera un carnet del Ministerio de Sanidad con su nombre y su foto. Su hermano Ilyas y él sueñan con seguir desarrollando su carrera en España. Tras innumerables intentos frustrados, no han abandonado la esperanza de que este país les ofrezca el “futuro” que, dicen, el suyo les niega.

Es por eso que regresar a Marruecos “no es una opción” que contemple ninguno de los tres. “Mi mayor ilusión es que me dejen ir a la península. Quiero mejorar mis condiciones y darle un futuro mejor a mi familia”, expresa Ilyas. Tanto sus hermanos como él son conscientes de que el Gobierno de España y de Marruecos quieren que retornen todos los que llegaron a Ceuta durante la entrada masiva. Les da igual. Si los echan, volverán a intentarlo.

El miedo va más allá de pensarse sin oportunidades para prosperar. En realidad, lo que más temen es el castigo de las autoridades marroquíes. Han oído que las personas que regresan voluntariamente no son bien recibidas una vez cruzan al otro lado. “Toman represalias”, aseguran. “Les pegan, les quitan el teléfono y los llevan en autobús al desierto, limitando con el Sáhara”, relatan. Para ellos, que son de Tetuán, la distancia desde la zona donde los dejan tirados los gendarmes es de “casi 1.500 kilómetros”. “Es para que nos lo pensemos dos veces antes de volver a intentarlo”, reconocen. Y, sin embargo, piensan hacerlo de nuevo.

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