Una médica ceutí: "Nos llegan niñas violadas y pacientes con enfermedades que pueden ser epidémicas"

Crisis migratoria

En Urgencias atienden al día entre 300 y 400 migrantes, una cifra que va en aumento sin que se refuerce el personal. Susana Ascaso alerta de patologías como la tuberculosis o la hepatitis y pide ayuda para los ceutíes ante una “catástrofe”

La médica de Urgencias del HUCE, Susana Ascaso, tras una entrevista concedida a Qreativos
La médica de Urgencias del HUCE, Susana Ascaso, tras una entrevista concedida a Qreativos | Qreativos

En la última semana, Susana Ascaso ha tenido que atender a niñas de 14 años violadas, tratar crisis de epilepsia, episodios de hipotermia, descompensaciones de diabéticos o fracturas de gravedad. Y lo peor, a todos ellos, una vez dados de alta, no pudo mandarlos a casa. Sino de vuelta a la calle, donde aún deambulan más de 5.000, según fuentes oficiosas. La médica de Urgencias del Hospital Universitario de Ceuta (HUCE) y sus compañeros atienden a una media de “entre 300 y 400 personas” migrantes tras la entrada masiva de la pasada semana. Lo hacen “con el mismo personal y los mismos medios” de hace un mes, “de una forma insostenible”. Y no porque el INGESA ponga impedimentos a nuevas contrataciones. Es que, “¿quién va a querer venir a Ceuta en estas circunstancias?”. Con el paso de los días, el volumen no ha decrecido, sino lo contrario. Porque las heridas que curan empeoran cuando los enfermos viven a la intemperie. Algunos de ellos, con enfermedades “que tienen el riesgo potencial de convertirse en epidemias”. Por ello la doctora da testimonio de la “catástrofe” en una entrevista concedida a Qreativos y pide auxilio para “los caballas”.

A la comandante médico militar, de excedencia en el HUCE desde 2011, la entrada masiva le pilló trabajando. Realizaba su turno habitual de mañana cuando observó que llegaban “de forma masiva numerosos pacientes”. Nadie les había avisado de lo que ocurría a escasos kilómetros de Loma Colmenar, en el espigón del Tarajal. Los sanitarios supieron de la dimensión de la crisis cuando comenzaron a oír las sirenas de las ambulancias que llegaban sin parar al servicio de Urgencias. Llegaban migrantes “de forma masiva”. Priorizaron a los más graves, con “hipotermia, ahogamiento, fracturas y heridas”. Ascaso recuerda que salió a las puertas de su servicio y pudo comprobar que “una muchedubre importante” se había agolpado allí.

Es muy difícil atender a un paciente con esas lesiones y decirle que se vaya a su casa. ¿Qué casa? ¿A qué calle? ¿Dónde va a comer? ¿Quién lo cuida?

“Realmente asustaba, porque no sabíamos exactamente qué estaba pasando ni por qué estaban allí”, afirma en una entrevista concedida a Qreativos. Asegura que el desconocimiento era común también entre los recién llegados. “Ni siquiera ellos sabían por qué estaban allí, porque no estaban enfermos ni lesionados. Nadie sabía por qué se encontraban allí. Simplemente, les habían prometido que, con un documento, podrían obtener permiso para residir en España”, narra.

Entre los sanitarios de Urgencias y otros compañeros del hospital que bajaron de manera voluntaria (entre ellos, Susana, que decidió prolongar su guardia ante la “falta de manos”), trataron de hacer “una especie de triaje” de los migrantes a las puertas. “Nadie nos había avisado. No hubo forma de organizarnos y nadie nos dijo cómo debíamos hacerlo. Tuvimos que actuar sobre la marcha”, relata. Los críticos se trasladaron a la UCI. Otros, a Observación. Atendieron “muchísimas fracturas y heridas muy complicadas”, provocadas “por las verjas de la frontera, heridas producidas por las rocas del mar y luxaciones de hombro. Atendimos ocho luxaciones de hombro”. La médica lo vivió como “algo caótico y muy triste”.

A lo largo de estos días, la atención sanitaria a los migrantes ha continuado y la afluencia no ha disminuido en ningún momento

La situación fue “horrorosa”, según confiesa Ascaso, al igual que el “estado anímico” de los migrantes, que llegaban “mal, con heridas y lesiones”, además de “tristes, agotados, cansados, deshidratados y con sed”. Eso sí, nunca se propasaron con el personal: “En ningún momento sentimos miedo. Ninguno de ellos nos agredió. Es más, nos daban las gracias ante cualquier pequeño gesto que tuviéramos con ellos”. De hecho, la doctora destaca la actitud de los extranjeros pese a la profundidad y “gran envergadura” de las heridas que sufrían algunos: “En circunstancias normales, cualquier persona con una fractura así habría llegado gritando o llorando. Sin embargo, ellos no decían absolutamente nada. Permanecían callados, soportando el dolor de una forma que, sinceramente, era para quitarse el sombrero”.

El alta a la calle

Al coserles las heridas o colocarles las férulas, llegaba el momento de darles el alta. El servicio de Urgencias tiene “un espacio relativamente pequeño, concebido para una población pequeña” y, aunque sabían cuál era el destino de todos ellos, no podían hacer otra cosa. “Es muy difícil atender a un paciente con esas lesiones y decirle que se vaya a su casa. ¿Qué casa? ¿A qué calle? ¿Dónde va a comer? ¿Quién lo cuida? ¿Quién le cura las lesiones y las heridas?”, admite.

No sabemos si llegan personas con tuberculosis, hepatitis u otro tipo de enfermedades que, a día de hoy, tampoco vamos a poder detectar

A medida que atendían a unos, seguían llegando ambulancias con otros. Sanitarios de Atención Primaria que acudieron voluntariamente a las playas para auxiliar sobre el terreno les decían: “Estamos haciendo reanimaciones a pacientes en la orilla, pero no salen, Susana. No salen. No tenemos nada”. La médica militar califica lo vivido en el Tarajal aquel día como “una guerra”. “Yo he estado en muchas guerras y esta era una más: una guerra contra ellos mismos y contra el sistema. La verdad es que fue una pena”, dice. Lo confiesa. Al terminar el turno de 24 horas, lloró. También sus compañeros: “Lloramos por el estrés y por la emoción que habíamos soportado”.

Rompió en lágrimas por eso y por las imágenes que se han quedado en su memoria. Como la de un niño de 12 años. Llegó con una herida abierta muy profunda en la puerta, que Ascaso tuvo que suturar por planos. Llegó solo, como el resto de pequeños. La cogía de la mano y le decía “Habtu”. La intérprete improvisada, una de las compañeras sanitarias que hablaba árabe y las ayudaba a traducir, le explicó que la llamaba “tía”. Después le decía: “No me dejéis ir a la calle. No me echéis del hospital. Tengo miedo”. “Imaginaos cómo se te queda el cuerpo después de escuchar algo así. Y tenías que decirle: “No, aquí no te puedes quedar, hijo. Es que no tenemos sitio para ti”.

Fue “horroroso”, repite la médica. Una situación “horrorosa” que, según asegura, “todavía persiste”. “Esto no ha cambiado. Ha ido a más y se ha convertido en algo continuo”.

La realidad actual

Mientras el delegado dice que solo quedan 2.500 migrantes irregulares en Ceuta y la ciudadanía atestigua en sus calles que son muchos más (solo en El Príncipe, 4.800; o en el Trampolín, más de mil), al hospital siguen llegando entre 300 y 400 personas diarias. Mientras tanto, la “población de Ceuta sigue enfermando y acudiendo” al HUCE. Han tenido que establecer dos áreas diferenciadas: una para los migrantes y otra para los ceutíes, que “también tienen derecho a recibir asistencia”.

Estamos atendiendo, además, casos de violaciones de niñas migrantes. Niñas de catorce años que se encuentran en la calle porque no caben en los centros de menores

Según ha podido comprobar Ascaso, los centros sanitarios de la ciudad siguen recibiendo “mucha población flotante con numerosas necesidades”. Y aún no les han proporcionado “un lugar donde se pueda atender y acompañar a estos pacientes durante sus enfermedades posteriores”. “A lo largo de estos días, la atención sanitaria a los migrantes ha continuado y la afluencia no ha disminuido en ningún momento”, señala la facultativa.

Siguen acudiendo personas diabéticas que, tras días sin controlar su glucosa al no tener insulina, “comienzan a sufrir complicaciones”. La insulina debe conservarse en nevera, pero estas personas están en la calle. Asegura que estos pacientes se desestabilizan y que, por ese motivo, están atendiendo “numerosos casos de cetoacidosis diabética”. También les llegan migrantes con epilepsia que no tienen tratamiento y sufren crisis convulsivas en la calle. Y están atendiendo “numerosas infecciones en heridas” que ya curaron días atrás, “pero que no han recibido los cuidados posteriores necesarios y han permanecido expuestas al sol”.

Las peores consecuencias

Entre las peores consecuencias de la crisis migratoria, a ojos de Susana Ascaso, se encuentran las niñas víctimas de agresiones sexuales. Asegura que han atendido “casos de violaciones a niñas migrantes”. Chicas de 14 años que viven en la calle “porque no caben en los centros de menores”. “No es que no quieran atenderlas, sino que no hay espacio para ellas”, matiza. “La población que ha llegado está formada, en su mayoría, por adultos jóvenes y fuertes. Por tanto, estamos teniendo muchos problemas”, detalla.

Y otro de los efectos más graves: las enfermedades que aún no han detectado porque “no pueden determinarse en un servicio de Urgencias”. Garantiza que a día de hoy “llegan pacientes con enfermedades que tienen el riesgo potencial de convertirse en epidemias”. Les preocupa especialmente la tuberculosis, que es “endémica en Marruecos”. “No sabemos si llegan personas con tuberculosis, hepatitis u otro tipo de enfermedades que, a día de hoy, tampoco vamos a poder detectar” afirma.

“Son riesgos sanitarios para nuestra población que estamos asumiendo y que no podemos controlar. En el futuro podremos saber si todo esto ha tenido consecuencias para la población”, continúa.

Una ciudad de Difícil Cobertura

Y todo lo están asumiendo los mismos profesionales sanitarios que trabajaban antes de la emergencia. “Ceuta y nuestro hospital no están preparados para atender de forma masiva a tantos pacientes. No estamos preparados y no se nos ha proporcionado más personal”, asegura Ascaso. Reconoce que no les falta material, pero insiste en que necesitan “personal, y mucho”. “Seguimos siendo los mismos todos los días, atendiendo a todo el mundo. No solo ocurre en el hospital, sino también en los centros de salud y en los ambulatorios. Seguimos siendo los mismos y no se nos ha aportado absolutamente más personal”, relata.

Esto es una catástrofe como cualquier otra. ¿Quién nos ayuda a nosotros, los caballas? Por favor, que nos ayude alguien

La doctora admite que las instituciones competentes no les “ponen impedimentos para contratar a más profesionales, pero no hay médicos”. Según afirma, además de que, dadas las circunstancias, les es complicado atraer personal nuevo, conoce compañeros que “quieren marcharse de Ceuta porque tiene miedo”. “Una muchedumbre, aunque sea pacífica, provoca temor. Miedo a que vengan a tu casa y te quiten tus cosas, tus libertades, tus derechos y la posibilidad de vivir como cualquier ciudadano de primera. Da mucho miedo”, cuenta.

Ascaso aprovecha para recordar que los médicos de Ceuta llevan “mucho tiempo” reivindicando que la ciudad “sea considerada una ciudad de difícil cobertura sanitaria, para que el Gobierno nos ayude a reforzar nuestros servicios”.

Uno de sus pocos consuelos que le quedan a Susana Ascaso es que no han llegado fallecidos al hospital. Aunque se han producido más de 80 muertes durante la entrada masiva, estas personas no han tenido que pasar por Loma Colmenar. Sin embargo, la médica ha tenido que consolar a unos padres que acababan de perder a su hija días atrás.

Una familia de Lleida viajó a Marruecos a pasar las vacaciones. El padre, la madre y una niña de diez años. La pequeña, con una enfermedad crónica y con la necesidad de ir siempre acompañada de un equipo de oxígeno. El aparato se quedó sin suministro y se estropeó. Tuvieron que desplazarse desde Castillejos hasta Ceuta. Durante todo el trayecto y mientras conseguía cruzar la frontera permaneció sin oxígeno y falleció. “Hay que vivir una situación así para saber lo que supone consolar a unos padres en esas circunstancias. De verdad, no podéis imaginarlo”, reflexiona Ascaso.

La médica militar concluye con una petición de socorro: “Nadie nos ayuda. Nadie nos da indicaciones. Nadie nos dice hasta cuándo continuará esta situación. Y así seguimos. Llevamos ya una semana. Esto es una catástrofe como cualquier otra. ¿Quién nos ayuda a nosotros, los caballas? Por favor, que nos ayude alguien”.

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