Los médicos invisibles que firman los diagnósticos en el HUCE
Especial | Día Mundial de la Salud
El equipo de Anatomía Patológica del hospital de Ceuta, formado por Pilar Bados y Nicolás López, asume la responsabilidad de diagnosticar a los pacientes de Ceuta desde la discreción de sus despachos
Ambos lo reconocen. Ni Pilar Bados ni Nicolás López entraron en la carrera de Medicina con vocación de patólogos. Ella se decantó por la especialidad animada por su marido, que por entonces era su compañero de clase. Décadas después, lleva por bandera la frase que sus profesores le proferían a menudo durante su primer año de residencia: “No hay tratamiento sin diagnóstico, ni hay diagnóstico sin patólogo”. Él dejó de lado la tendencia a vestirse de cirujano para optar por un área que supone un misterio incluso para el resto de galenos. Los dos facultativos especialistas de Anatomía Patológica del Hospital Universitario de Ceuta (HUCE) se alegran ahora de la decisión que tomaron y se enorgullecen al explicar que ostentan la “enorme responsabilidad” de diagnosticar con rigor a los pacientes, que nunca llegan a leer sus apellidos en sus batas blancas.
El hábitat de los patólogos de los hospitales suele ser subterránea, junto a las morgues, para facilitarles el acceso a la sala donde practican las autopsias a los fallecidos en las instalaciones sanitarias. En Ceuta, el equipo de Anatomía Patológica se ubica en la tercera planta, junto al Laboratorio, rodeados de ventanales que iluminan el área, dividida en varias dependencias donde cada cual realiza su función. Se les suele confundir con el departamento de Laboratorio Clínico. Ambos trabajan con muestras biológicas, pero estos últimos analizan principalmente líquidos (principalmente sangre) para hallar alteraciones mientras los patólogos trabajan con tejidos y células en busca de un diagnóstico.
Los doctores Bados y López diagnostican en sus despachos en base a las imágenes de altísima definición que llegan a sus ordenadores después de que los técnicos de laboratorio procesan las muestras biológicas que les envían los diferentes servicios del hospital. Un engranaje “complejo” cuyo trabajo es “indispensable” para la atención sanitaria, como recuerda la especialista: “Sin nosotros nadie mueve una mano. Ni un cirujano opera ni nadie pone un tratamiento”. Se reconocen como una “pieza clave”, pero saben que son los facultativos médicos más invisibles de la cadena asistencial. “El paciente que pasa semanas esperando saber si tiene o no cáncer, ese sí sabe perfectamente quiénes somos y la importancia que tenemos”, apunta el galeno.
Era un día soleado y el área de Anatomía Patológica del HUCE estaba llena de luz cuando sus miembros recibieron a El Pueblo de Ceuta. Semanas antes del Día Mundial de la Salud, los patólogos aceptaron la propuesta de exhibir su trabajo -para muchos desconocido- ante la ciudadanía para ilustrarles sobre cómo lo que hacen determina el cuidado sanitario que reciben. La doctora Bados asume que su personalidad “extrovertida” no es la que se espera de un patólogo, pero le gusta la discreción intrínseca en su profesión y le satisface saber que de ella dependen las decisiones que el resto de facultativos toman sobre sus pacientes. “¿Qué defecto tenéis, que no queréis que os conozcan?”, le han llegado a preguntar. Su respuesta es siempre la misma: “Trabajamos así; perfil bajo”.
Esto no es asomarte al microscopio y que te diga ‘soy un tumor escamoso de tal’. No; hay que unir muchos datos. Revisas la historia clínica del paciente, observas la muestra una y otra vez y usas muchas técnicas. Todo para llegar al diagnóstico con el menor número de errores posible
La ventaja, expuso el doctor López, es que no tienen “la presión del paciente en la puerta” y pueden organizar su tiempo de manera más flexible. Eso sí, matizó Bados, suelen echar “más horas de las que corresponden”. Se alegran, al menos, de no tener guardias; sobre todo ella, la más longeva. Lleva 22 años trabajando en el HUCE y, tras décadas de servicio, es consciente de que se ha ahorrado un sistema que “va quemando”. Nicolás López llegó a Ceuta hace ocho años, animado por su actual compañera. Su madre era la directora del colegio donde estudió Pilar, en Granada, lugar de nacimiento de ambos especialistas. Cuando López finalizó su residencia, contactó con la exalumna de su progenitora, que le recomendó el sitio. La llegada del joven médico alivió la sobrecarga que soportaba Pilar Bados, que trabajó sola varios años.
El equipo
Los patólogos del HUCE reconocen que con dos sigue siendo insuficiente, aunque se las apañan; sobre todo, gracias al “buen ambiente” del equipo. “Tenemos mucho trabajo. Hay mucha patología. Y aquí, como somos solo dos, vemos de todo. En hospitales grandes los patólogos están especializados. Unos ven solo mama, otros solo pulmón… Aquí un día estás viendo mama y al día siguiente tienes que cambiar el chip para ver pulmón”, explica Nicolás López, en pie, mientras su compañera abre un armario con cientos de recipientes que albergan muestras biológicas diversas de “cualquier parte del cuerpo”, desde la piel, el estómago, el riñón, el colon o el pelo. El médico que extrae el fragmento que necesita mandar a analizar en busca de un diagnóstico es el primer actor que interviene en el engranaje.
El frasco llega a Anatomía Patológica con los datos del paciente, para evitar que se produzcan confusiones. La muestra cae en manos de Rocío Almagro o de su compañero. El día que este periódico se coló en la tercera planta era ella la única técnica en el laboratorio. La también enfermera ofreció a El Pueblo de Ceuta un recorrido por las salas que conforman el área, entre la aparatología que usan para convertir el resto biológico que reciben en un delgado tejido de color morado pegado a una lámina de vidrio llamada portaobjeto. Es el proceso que llaman “tallado”, que se ejecuta de manera diferente en función de la naturaleza de cada muestra.
Antes de noviembre de 2025, los patólogos introducían las láminas con las muestras en sus microscopios para observarla y obtener así el diagnóstico. Todo ha cambiado recientemente gracias a una de las últimas adquisiciones del Instituto Nacional de Gestión Sanitaria (INGESA) para el área de Anatomía Patológica: el escáner de portaobjetos. Concretamente, el Pannoramic Midi II Rx de la empresa de tecnología médica Palex, con capacidad para 12 portaobjetos. El nuevo aparato digitaliza la muestra generando una imagen de alta resolución que puede enviarse a distancia. Esto permite al patólogo observarla desde la pantalla de su ordenador con un gran nivel de detalle. Además, en caso de necesitar valoración externa, pueden enviarla al profesional que quieran, viva en España o en cualquier lado del mundo, que le podrá dar una respuesta "en tiempo real".
“Te conecta con el mundo. Es lógico que tengamos dudas, y aquí somos solo dos. Gracias a este sistema ponemos mandar la imagen adonde queramos. Ganamos muchísima precisión en el diagnóstico. Podemos consultar en tiempo real con patólogos que en sus hospitales solo se dedican al tipo de muestra que les mandemos. Es un avance absoluto. Hay muchísimos hospitales que todavía no lo tienen”, reflexionó Nicolás López. Hasta la llegada de la telepatología al HUCE, si precisaban de una segunda opinión, debían enviar la muestra en el cristal de vidrio al hospital que quisieran. El objeto debía salir del hospital y llegar en mensajería al destino del patólogo que tuviera que analizarla. Podían pasar días o semanas. Ahora lo envían a golpe de clic, a través de un enlace.
“Ahora basta con enviar un enlace”, resume el doctor desde otra de las estancias del área, el despacho de su compañera, que mostró en sus dos enormes pantallas un ejemplo de la imagen de alta resolución. Es la otra gran ventaja del nuevo sistema. El programa les permite medir los tumores con precisión, un avance fundamental ya que, según explicaron, del tamaño depende el estadio en que se encuentra. Y, en ocasiones, la diferencia es de “milímetros”. Antes medían con una regla encima del cristal, lo cual dificultaba obtener un diagnóstico “preciso”. “Así era imposible la precisión, y en mama, por ejemplo, un milímetro más arriba o más abajo cambia todo”, aclaró la doctora Bados, para al instante añadir: “Puede cambiar la vida de la persona”.
“Como me decían mis profesores -enuncia la doctora-, esto no es asomarte al microscopio y que te diga ‘soy un tumor escamoso de tal’. No; hay que unir muchos datos. Revisas la historia clínica del paciente, observas la muestra, usas muchas técnicas, para llegar al diagnóstico con el menor número de errores posible”. Es por eso que se confesaron “contentos” con la adquisición del INGESA. Que supone, según apuntó Nicolás López, un paso hacia la “patología computacional”, que permite que “todo se pueda manejar desde el ordenador”. “Es muy importante que nuestro sistema informático, que también es muy avanzado, se haya conectado con el de patología digital”, destacó el médico. Según relató, la administración ha logrado ya integrar “varias máquinas”. No solo el escáner, ya que recientemente han comprado una impresora láser de casetes con un código QR que permite acceder a los datos del paciente, para evitar errores entre usuarios.
Ambos coincidieron en destacar que la apuesta de la institución por la actualización de los equipos por aparatología de última generación les permite “seguir aprendiendo y avanzando” y los motiva. “Si tienes dudas, por ejemplo, con una muestra de mama y puedes consultarlo con un patólogo experto en mama, quizás a la siguiente ya no tengas que preguntar porque lo has aprendido. Y así con todo”, sostuvo el especialista.
Una pieza clave
El recorrido por las instalaciones que albergan al equipo de Anatomía Patológica del HUCE concluyó en el despacho del patólogo Nicolás López. Allí, los dos facultativos hablaron de su trabajo como una “pieza” más dentro del “engranaje” de la asistencia sanitaria a la ciudadanía. “Una pieza clave”, matizó el doctor. La “cadena”, relató, comienza en la consulta del médico de cabecera, que deriva al paciente al especialista, a cargo de tomarle la muestra que acaba en uno de sus armarios dentro de un bote de plástico. A partir de su diagnóstico, si es desfavorable, entran en escena de nuevo los especialistas. Todo para ofrecer al paciente “el mejor tratamiento y la mejor solución posible”.
Desde que reciben la muestra hasta que comunican el diagnóstico pueden pasar horas o días; “depende de la patología”, como aclara Pilar Bados. El proceso se retrasa, por ejemplo, cuando deben pedir la “inmunohistoquímica”, una prueba de laboratorio que utiliza anticuerpos para detectar antígenos específicos en muestras de tejido. Permite visualizar la localización y cantidad de marcadores moleculares, y es “crucial” para llegar a un diagnóstico preciso.
Otros casos los derivan fuera debido a la complejidad de la patología. Es el caso de los tumores de ganglio linfático, que requieren de solicitar “mucha batería inmunohistoquímica y muchas pruebas”, lo que retrasa el resultado “hasta un mes”. Asegura la médica que siempre tratan de ser “lo más rápidos posible”, pero la precisión es prioridad. Y, a veces, la exactitud les obliga a solicitar nuevas pruebas, a observar varias veces la muestra y hasta a pedir que vuelvan a cortar. Y el tiempo no solo se dilata en el diagnóstico, también en el tallado. Las piezas más grandes requieren de más esfuerzo para procesarlas. “No es lo mismo tallar tejidos pequeños que vienen de endoscopias que una pieza de colon enorme, que hay que abrirla y procesarla”, continuó Bados.
Según afirmó, la Sociedad Española de Anatomía Patológica establece unos tiempos “orientativos”. Como una semana para una biopsia grande. Pero cada caso es distinto, insiste. “A veces, de primeras crees que va a ser fácil por la orientación diagnóstica que te ha dado el clínico y parece que es algo benigno, pero después empiezas a estudiar y ves que es maligno”, expresó la especialista. Bados defendió que “las prisas nunca son buenas para nada, y menos con pacientes que están esperando un tratamiento adecuado”. “Muchas veces nos metemos en nuestra parcela y no sabemos la dificultad que tiene el trabajo de cada uno. Por eso es tan importante que seamos equipos multidisciplinares”, apuntó Nicolás López.
Los patólogos mantienen reuniones periódicas con el resto de servicios por medio de comités que celebran semanalmente para discutir los casos. En paralelo, tienen “las puertas abiertas siempre” y el teléfono activo. El contacto entre los diferentes equipos, garantizan, es “directo”. “Es importante que haya buena relación con los compañeros. Aquí hay un trato más cercano que en otros hospitales grandes. Muchos suben y comentamos los casos aquí. Eso, en otros sitios donde hay más gente, es más difícil. Se pierde esa cercanía”, ensalzó el facultativo, quien entiende que el trabajo de cada uno de ellos es fundamental para garantizar el éxito en la asistencia al paciente: “Yo dependo de que el cirujano me traiga bien la muestra; y el oncólogo depende de que nuestro diagnóstico sea certero y muy fino, al milímetro”.
Son conscientes de que dentro del engranaje su pieza es la más invisible. No es así en Estados Unidos, donde la figura del anatomopatólogo forense elevó su especialidad al mayor de los prestigios. Allí son ellos quienes hacen las autopsias. La doctora Bados visualizó recientemente la última serie con la que los patólogos americanos volvieron a las pantallas de todo el mundo. Una protagonizada por Nicole Kidman que el doctor López aún no ha devorado. A la popularidad que les confiere moverse entre cadáveres y crímenes al otro lado del charco se suma que gran parte de la investigación se desarrolla allí. “Los avances y muchos de los protocolos que seguimos vienen de Estados Unidos. Investigan mucho. Allí los patólogos son bastante conocidos”.
A los patólogos de Ceuta no les importa ser los médicos más invisibilizados. “Si te soy sincera, no me preocupa. Somos los raros, los escondidos. Y ya ves tú, con lo extrovertida que soy yo -declaró Bados provocando risas entre los allí presentes-. Somos bajo perfil. Pero a mí me gusta estar bajo perfil”.