La Amargura: andares de barrio para un Miércoles Santo soleado
SEMANA SANTA
La Hermandad de la Amargura y el Caído ha vuelto a llenar de incienso y buen andar cofrade la tarde del Miércoles Santo. Desde Villajovita hasta el centro, la cofradía de San Juan de Dios ha llevado a sus titulares con la solemnidad que es marca de la casa.
Hasta la saciedad hemos escrito que cada hermandad tiene su marchamo, su manera de presentarse en la calle, su impronta. No es lo mismo la cofradía de centro, que tiene sus salida y llegada en la Iglesia de África, que la cofradía de barrio. Caso de la de Villajovita, esto es, la de la Amargura y el Caído o, por aquello del acompañamiento, la de la Policía Nacional. Una cofradía cuyo recorrido nace de un lugar de callejuelas estrechas, pertrechada por las Murallas Merinidas y en uno de los nexos de unión entre la Ceuta del centro y la del campo exterior.
Y en las cofradías de barrio -Manzanera, Villajovita, Hadú, El Valle- se nota cuando es un día especial. La bellísima plazoleta en torno a la cual se levanta la Colonia Weil, presidida por la Parroquia de San Juan de Dios, se convierte cada año en un hervidero de personas. Desde los pequeños aguadores a los costaleros terminándose la ropa. Los vecinos asomados a las ventanas, los agentes de la Policía Nacional formando para escoltar el paso. Los familiares agrupados en pequeños corrillos, debatiendo sobre si hará frío o calor en las horas posteriores a la salida de la hermandad.
Una hermandad que porta, en uno de sus pasos, una hermosísima exaltación de la amistad. Para el cristianismo, Simón el cirineo era el hombre que ayudó a Jesús de Nazaret a portar la cruz hasta el último momento en que le fue posible. Para el islam, al ser Iza un profeta corpóreo no podía entrar al paraíso vejado ni lesionado, siendo Simón quien reemplazó al Nazareno en la cruz en su martirio ante el gran parecido físico entre ambos. Esto está sujeto a estudios e interpretación. Lo que no es discutible es que la imagen, una vez que se encuentra en las calles, es bellísima. La salida es ajustada, medida casi al milímetro. Una barbaridad, en el buen sentido de la palabra.
Luego sale la Amargura. Suena el himno de España, mientras el público aplaude. Tanto el Cristo como la Virgen llevan flores de alguien que no va a olvidar esta Semana Santa. Adán del Campo, costalero y pregonero, no tiene problemas en reconocer que su momento preferido es la intimidad, la noche antes y en compañía de una fiel amiga, en la que coloca con mimo cada una de las flores con la puerta de la Casa de Hermandad cerrada. Horas de soledad, de silencio, de reflexión, de oración.
Como la que llevan encima cada uno de los costaleros. Cada uno de ellos sabrá porque está ahí debajo. Por fe, por costumbre, por vivir alguna experiencia nueva.. El caso es que la Amargura y el Señor Caído 'andan' de auténtica categoría. Paso tranquilo, firme, bello. Un andar de barrio, con todo el orgullo que conlleva, para la tarde del Miércoles Santo.