Un ascensor averiado mantiene a varios mayores sin poder salir de casa en Puertas del Campo
PUERTAS DEL CAMPO
Una vecina de 81 años y con silla de ruedas lleva cerca de tres meses sin bajar a la calle en los pabellones militares mientras esperan la reparación
El mal estado de un ascensor en los pabellones militares de Puertas del Campo mantiene desde hace más de dos meses a varios vecinos mayores prácticamente aislados en sus viviendas. Entre ellos se encuentra una mujer de 81 años que utiliza silla de ruedas y que, según denuncia su familia, lleva cerca de tres meses sin poder salir de casa debido a la avería.
La situación afecta a un tercer piso del edificio, donde viven personas de edad avanzada con problemas de movilidad. Su marido, también de 81 años y con problemas cardíacos, apenas puede bajar las escaleras, lo que convierte cada salida en un gran esfuerzo físico y limita su capacidad para realizar gestiones o acudir a consultas.
La familia explica que ha tratado de informarse y presentar reclamaciones por la avería, pero lamenta la lentitud de los trámites y la falta de soluciones inmediatas. Mientras tanto, aseguran, los vecinos afectados continúan esperando una reparación que les permita recuperar algo tan básico como salir de casa con normalidad.
Uno de los nietos de estos abuelos piden comprensión con esta situación a través de esta carta que reproduce a continuación este diario. Su nieta, por otra parte, asegura que su abuela “está desesperada” porque su vida se limitaba antes de la avería a “salir un ratito a la calle a tomar un un café y a que le diera el solecito”.
No suelo escribir para denunciar cosas públicamente. Siempre he pensado que los problemas se intentan solucionar hablando, con paciencia, confiando en que las cosas se arreglan cuando alguien escucha. Pero ha llegado un punto en el que ya no sé a quién acudir ni qué más hacer. Es esa sensación amarga de estar atrapado en la pescadilla que se muerde la cola: para reclamar te dicen que vayas a una oficina, pero ¿qué ocurre cuando las personas afectadas ni siquiera pueden salir de su casa para hacerlo?
Mis abuelos viven en los pabellones militares de Puertas del Campo, en un tercer piso, y su ascensor lleva más de dos meses estropeado. Puede que para algunas personas dos meses no parezcan tanto tiempo, pero cuando tienes 81 años cada día pesa más que el anterior. Cada escalón se convierte en una montaña.
Mi abuelo tiene el corazón delicado y varios problemas de salud. Moverse ya no es fácil para él, y cada esfuerzo hay que medirlo. Mi abuela, por otra parte, va en silla de ruedas. Ambos tienen 81 años.
Alguien debería pararse un momento y pensar, “¿cómo se supone que dos personas de esa edad van a bajar tres pisos por unas escaleras para ir a una oficina a poner una reclamación? ¿Y para luego volver a subirlos?”.
No estamos hablando de comodidad. Estamos hablando de algo mucho más simple: poder salir de casa.
Gracias a Dios, mi familia se ha movido y hemos podido ir nosotros a informarnos y reclamar. Pero aquí hay algo que no se puede olvidar: en ese edificio no viven solo mis abuelos. Viven más personas mayores. Muchos abuelos y abuelas que tal vez están solos, que quizá no tienen hijos cerca o familiares que puedan moverse por ellos.
Y mientras tanto pasan los días.
Y pasan las semanas.
Y las respuestas siempre son las mismas.
Que si hay que esperar.
Que si falta una pieza.
Que si hay que cambiar el ascensor.
Que si pueden ser seis meses.
Seis meses.
Pero el tiempo no pesa igual para todo el mundo. Para una persona joven seis meses pueden pasar rápido. Para una persona mayor pueden sentirse como una eternidad.
Mi abuelo ha dedicado su vida al servicio del Ejército desde que tenía apenas 13 años. Y digo “ha dedicado”, pero en realidad alguien que ha servido a su país toda su vida nunca deja realmente de hacerlo. Aunque esté jubilado, su historia, su sacrificio y su compromiso forman parte de esa institución para siempre. Por eso duele tanto ver cómo a veces parece que se olvidan de quienes lo dieron todo, porque cuando hay que organizar eventos, carreras o actos, todo se mueve rápido. Todo se planifica rápido. Todo se ejecuta rápido.
Pero cuando se trata de solucionar algo que afecta directamente a la dignidad y la vida diaria de personas mayores, entonces todo se vuelve lento, lleno de papeles, de excusas y de tiempos interminables.
Mi abuelo aún ha conseguido bajar alguna vez. Pero subir después es una auténtica batalla. Cada escalón es un esfuerzo enorme. Cada parada para respirar dice mucho de lo que está pasando.
Pero lo más duro es lo de mi abuela. Mi abuela lleva cerca de tres meses sin poder salir de casa.
Tres meses viendo la calle desde la ventana.
Tres meses viendo pasar la vida desde arriba.
Tres meses sin sentir el sol en la cara.
Puede parecer una tontería para quien no lo vive, pero para una persona mayor salir a la calle lo es todo. Dar un pequeño paseo. Sentir el aire en la cara. Escuchar el ruido de la gente pasando. Pararse a hablar con un vecino. Bajar a la cafetería de la esquina y tomarse su cafelito tranquila mientras ve el mundo moverse a su alrededor.
Son cosas pequeñas… pero son las cosas que mantienen viva a una persona.
Mi abuela necesita una silla de ruedas para moverse. Y sin ascensor simplemente no puede salir.
Así de claro. Así de duro.
Y poco a poco esa situación no solo afecta al cuerpo. También afecta a la mente. Porque estar encerrado entre cuatro paredes durante tanto tiempo consume el ánimo, apaga la ilusión, te hace sentir olvidado.
Y nadie debería sentirse así después de haber vivido toda una vida.
Porque nuestros mayores no son una carga. Son historia. Son memoria. Son las personas que construyeron lo que hoy tenemos.
Y cuando se permite que una mujer de 81 años pase meses sin poder salir de su propia casa por un ascensor estropeado, algo no está funcionando como debería.
No estamos pidiendo privilegios.
No estamos pidiendo lujos.
Estamos pidiendo dignidad.
Que alguien mire esta situación y entienda que detrás de un simple ascensor averiado hay personas mayores que están pagando las consecuencias.
Que alguien entienda que para ellos bajar a la calle no es un capricho… es parte de su salud, de su alegría, de su vida.
Ojalá este mensaje llegue a donde tenga que llegar. Ojalá entre todos lo compartamos para que alguien con capacidad de arreglar esto lo vea y decida que ya es suficiente.
Porque lo único que pedimos es algo muy sencillo: que esto se arregle lo antes posible.
Por mis abuelos y por los otros mayores que viven en ese edificio.
Y por respeto a todas esas personas que dedicaron su vida al servicio y que merecen vivir sus últimos años con la dignidad que se han ganado.
Si podéis compartirlo para que llegue más lejos, os lo agradecería de corazón. A veces una historia compartida puede mover más que mil papeles.
Y ojalá llegue a las manos correctas antes de que pase más tiempo… porque el tiempo, cuando tienes 81 años, vale más que cualquier excusa.