SEMANA SANTA
Ceuta se encuentra con su más leal compañera
SEMANA SANTA
La historia está mal contada. La Legión si sabía quien era: se llamaba Baltasar Queija de Vega, era un camarero natural de Riotinto (Huelva) y fue el primer muerto del Tercio en combate. Murió cuando iba a recoger agua, tiroteado en plena Guerra de Melilla, y llevaba una fotografía de alguna amante muerta. La historia llegó a oídos de Fidel Prado Duque, un compositor de zarzuelas que evolucionó después a escritor de novelas del oeste, y conmovido por el hecho, compuso una canción legionaria. "Nadie en el Tercio sabía".... comienza aquella canción compuesta en honor de aquel hombre que murió con la esperanza de encontrarse con su amada en algún lugar más allá de lo terrenal.
Encontrarse con la esperanza. Más de un siglo después de los hechos, la historia de aquel infortunado legionario revive en la ciudad donde se fundó el cuerpo en el que abrazó a la muerte como más leal compañera. Lo hace el 20 de septiembre, pero lo hace también en algún martes de fecha variable entre marzo y abril. Llevábamos años sin vivirlo: las lluvias han impedido que el encuentro entre el Nazareno y la Esperanza, entre Ceuta y la Legión, su más leal compañera, se produjese en las ediciones de 2024 y 2025. Y nos faltaban algunos. ¿Cómo no acordarnos, por ejemplo, de Ángel Sotomayor, fallecido el 21 de enero de hace dos años?. ¿Como olvidarnos, los que hemos compartido 'encuentros' con el de Pepe Gutiérrez y su devoción por este momento?. Y tantos otros. La vida es eso que ocurre entre fecha señalada y fecha señalada; es el recuerdo de los que se van quedando por el camino que aflora en esos días tan especiales para ellos.
Es una primavera más, de estos días en los que no sabemos si abrigarnos o vestirnos con ropa casi veraniega. Este Martes Santo, de Encuentro y tradición, es de esos en los que la climatología y la luz del Estrecho parecen vestirse de gala. Es un día de vientos suaves, de colores que se funden, a uno y otro lado, con el azul infinito del mar. Es la tarde en la que los tonos oscuros van ganando poco a poco terreno, como lo hace el alumbrado de la balconada principal del Palacio autonómico. No acaba de oscurecer: parece que todo se conjugue para que los últimos rayos de sol bañen el mágico momento.
Llegan la Esperanza y el Nazareno a la Plaza de África. Suena la Saeta de Machado, versionada mil veces e inmortal gracias al último gran trovador de este país. Los pasos se van acercando: fotos, lágrimas contenidas o no, y los capataces y contraguías van manejando con soltura y precaución a los hombres que van debajo de las trabajaderas. No ven otra cosa que el suelo, no tienen más guía que la voz del capataz y sus gritos de ¡¡ Valientes!!. Y hay un instante en que ambos pasos se tocan. Y una vez más, se produce el momento mágico. Tres minutos y algo de canción legionaria, que en Ceuta son algo más que un conocido canto castrense. Silencio. Solo las lágrimas de quien extraña a alguien, solo los gritos de "Esperanza, guapa" que se oyen debajo de la trabajadera del Nazareno interfieren en la historia cantada que tanto emocionó a Prado Duque hace un siglo.
Termina. La Plaza de África y el inicio de la Gran Vía rompen en un estruendoso aplauso. Los costaleros de ambas cuadrillas se abrazan; los capataces y contraguías hacen lo mismo. Jesús Garrido contiene la emoción. Ha echado los dientes en la hermandad, tuvo que asumir el cargo de hermano mayor en la triste circunstancia del fallecimiento de Ángel y es la primera vez en su mandato que sale la procesión.
Los capataces mandan seguir. La imagen del Nazareno enfila Gran Vía, para entrar en carrera oficial. En el balcón de la Asamblea, el presidente, Juan Vivas, el delegado del Gobierno, Miguel Ángel Pérez, el comandante general, Luis Fernández Herrero y el alcalde de Alhaurín de la Torre, Joaquín Villanueva, invitado este año. La noche ya ha caído sobre Ceuta. Ahora restan los pasos por calle Amargura, las colombianas legionarias y, tal vez, algún 'novio de la muerte' más de propina.
Reina la noche sobre Ceuta. Es una de esas que invitan a pasear, a buscar huecos en alguna terraza o volver a la normalidad, al hogar. Cada uno con su historia, pero la satisfacción es palpable en las caras de la gente. Tres años sin ese instante son demasiados para una ciudad acostumbrada a encontrarse, cada año, con su más leal compañera en pleno centro neurálgico.
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