Ceuta se funde en un solo latido para despedir al capitán legionario Álvaro García Jiménez
LUTO-ADAMUZ
‘El Novio de la Muerte no fue un canto más, fue un clamor contenido, profundo, que recorrió el recinto como un latido compartido. Nunca había sonado tan fuerte ni con tanta emoción
El acuartelamiento García Aldave amaneció este sábado distinto. El cielo encapotado parecía acompañar el estado de ánimo de una ciudad que sabía que iba a vivir una despedida que no se olvida. Ceuta se preparaba para decir adiós al capitán legionario Álvaro García Jiménez.
Desde mucho antes de las 10.00 horas, cientos de personas comenzaron a ocupar el espacio cerrado habilitado para el acto castrense, condicionado por las inclemencias meteorológicas. El recinto se fue llenando en silencio, con miradas cómplices y gestos contenidos, como si todos compartieran la misma respiración.
Autoridades civiles y militares fueron tomando asiento entre familiares, amigos y compañeros. El presidente de la Ciudad, Juan Vivas, y la delegada del Gobierno, Cristina Pérez, encabezaban una representación institucional que incluía a miembros de la Asamblea, del Gobierno, así como a los responsables de la Guardia Civil, Policía Nacional y Policía Local. Nadie acudía solo por obligación: todos estaban allí para acompañar.
Cuando el reloj marcó las 10.00 horas en punto, el murmullo desapareció. La entrada de la bandera nacional, al toque solemne de tambor, impuso un silencio que se hizo físico. La formación de legionarios, firme y contenida, marcó el inicio de un acto que ya estaba cargado de emoción.
En ese ambiente de recogimiento hicieron su entrada los padres y la hermana del capitán, acompañados por el teniente coronel Javier Veiga, jefe de la IV Bandera. No hacían falta palabras: el dolor avanzaba despacio, sostenido por la dignidad y el respeto de todos los presentes.
El salón, completamente lleno, se convirtió en un espacio de emociones compartidas. Lágrimas discretas, manos que se buscaban, abrazos silenciosos. Ceuta no asistía como espectadora; participaba del adiós.
La llegada del teniente general Julio Salom, general jefe del Mando de Canarias del Ejército de Tierra, junto al coronel del Tercio, Cayetano José Martínez, reforzó el carácter solemne del acto. Antes de ocupar sus asientos, se acercaron a los familiares del capitán para transmitirles su pésame, en un gesto que mezcló lo institucional con lo profundamente humano.
Poco después, el silencio volvió a imponerse con más fuerza aún. El féretro del capitán Álvaro García Jiménez apareció portado a hombros por sus compañeros legionarios. Cada paso era firme, pero cargado de emoción. Cada movimiento parecía medido para honrar a quien fue uno de los suyos.
La Marcha Fúnebre de Chopin envolvió la entrada del féretro, cubierto con la bandera nacional. La música no sonaba: acompañaba. Y en ese acompañar, muchos bajaron la mirada, incapaces de sostener el peso del momento.
Durante la misa, el pater puso palabras a lo que muchos sentían. Definió la de Álvaro García Jiménez como una vida entregada al servicio de los demás, una vocación que unía su condición de militar y de enfermero. Sus palabras encontraron eco en cada rincón del recinto.
En primera fila, sus padres, Begoña y Germán, junto a su hermana, escuchaban sin apartar la mirada del féretro. Estaban rodeados, pero el dolor era íntimo. Compartido, sí, pero profundamente personal.
El momento más difícil llegó sin previo aviso. Al finalizar la misa, la madre del capitán se levantó, se acercó al féretro y lo abrazó. Fue un gesto sencillo, devastador, que rompió cualquier barrera emocional. El nudo en la garganta fue colectivo.
A partir de ahí, el acto avanzó con el peso de lo ya vivido. Sonó el himno nacional y todos permanecieron firmes, conscientes de que aquel no era un gesto protocolario, sino una despedida definitiva.
Los guiones y banderines de La Legión rindieron honores a los caídos, recordando a quienes dieron su vida por España y sumando el nombre del capitán Álvaro García Jiménez a esa memoria eterna.
Entonces llegó ‘El Novio de la Muerte’. No fue un canto más. Fue un clamor contenido, profundo, que recorrió el recinto como un latido compartido. Nunca había sonado tan fuerte ni con tanta emoción.
El toque de oración, interpretado por la Banda de Guerra y la Unidad de Música de La Legión, y la posterior Canción del Legionario prolongaron ese silencio lleno de significado que solo se entiende en actos como este.
Cuando los portadores recogieron la bandera del féretro y la doblaron con precisión ceremonial, el tiempo pareció detenerse de nuevo. El coronel del Tercio la entregó al padre del capitán, acompañando el gesto con palabras de consuelo imposibles de olvidar.
El féretro volvió a salir a hombros de sus compañeros. A su paso, los mandos militares saludaban mientras sonaba la marcha fúnebre ‘Cristo de la Legión’. No era una salida: era un último acompañamiento.
Detrás caminaban los padres y la hermana del capitán, seguidos por compañeros legionarios que portaban las coronas de flores. Nadie hablaba. Todo estaba dicho.
Con la retirada de la bandera nacional se dio por concluido el acto castrense. Poco después, el coche fúnebre, escoltado por una representación de La Legión, emprendió camino hacia el Cementerio de Santa Catalina.
Allí, pasadas las 11.30 horas, el capitán Álvaro García Jiménez recibió sepultura. Ceuta lo despidió con honores, con lágrimas y con la certeza de que su nombre quedará unido para siempre a la memoria de la ciudad.
Todo el acto completo aquí: