La misa de siempre, el dolor de casi nunca
DIA DE LOS DIFUNTOS
La tragedia de Urda (Toledo), muy presente en el tradicional acto de homenaje a los difuntos en Santa Catalina
Nada más democrático que la muerte: nos iguala a todos, nos deja las mismas posesiones y no entiende de distinciones, credos o clases sociales para llamarnos en algún momento a su vera. Y nada más efectivo para ponernos, siquiera unas horas, ante la fragilidad de nuestra propia existencia que pensar en las muertes que han llegado por sorpresa. Como ocurrió la pasada semana en la localidad toledana de Urda. Un lugar del que muchos no habíamos escuchado a hablar hasta que comenzaron a llegar las primeras informaciones que hablaban de decenas de fallecidos tras una colisión entre dos trenes. Como a tantos topónimos de la geografía española, al pueblo toledano que ha mostrado lo mejor de si mismo en estos días, siempre le acompañará el estigma de la tragedia o el horror: Alcasser, Macastre, Biescas, Adamuz, Paiporta, Santomera...
Por eso, en este día de los difuntos cobra más fuerza la tragedia colectiva, la lágrima que nos es común a todos al margen de que siempre echemos de menos a alguien. El presidente de la Ciudad, Juan Vivas, lo tenía presente en la misa del Cementerio de Santa Catalina a la que asistió junto al delegado del Gobierno, David De la Encina, el comandante general Luis Fernández Herrero o varios miembros de su Gobierno y de la Asamblea. Vivas quiso tener "un recuerdo muy especial para todas las víctimas, fallecidos y heridos, y familiares de este horrible accidente, personas con el corazón destrozado ante una situación absolutamente injusta. En un día como hoy, "es inevitable que nuestras oraciones vayan dirigidas a las víctimas y sus familiares, deseando que encuentren consuelo en estos momentos tan difíciles".
Pasear por un cementerio es hacerlo, inevitablemente, por la historia de la ciudad que lo acoge. Y pocas ocasiones hay mejores que estas: el homenaje a Sánchez Prados o los republicanos represaliados de la Guerra Civil no entra en conflicto con el que se tributa a los fallecidos en el atroz bombardeo del mercado central de abastos por parte de tropas republicanas. Víctimas, todas, de la mayor verguenza de la historia de este país.
Pero este año, como ocurrió hace dos cuando el cielo se abrió sobre Valencia, los ánimos no estaban para pensar en algo que no fuera la tragedia de hace unos días, como de hace unos meses en la localidad cordobesa de Adamuz. Este 2026 pasará a la historia como uno de los años más tensos y tristes que se recuerdan en el siglo XXI. La invasión, los trenes, los colapsos con motivo de la lluvia son la crónica de doce meses para olvidar. Pero el hecho de que estemos aquí debe ser un aldabonazo para que todos, en colectivo y privado, seamos o tratemos de ser mejores precisamente por lo que nos faltan, precisamente por lo que llevamos llorado ya en este año que mengua sin remedio. Es justo y necesario.