Un extrabajador del Centro Ecuestre denuncia una falta de atención a los caballos
HÍPICA
El informante, que prefiere conservar el anonimato, pide que “no se mire hacia otro lado” y descarta enfocar la responsabilidad en la empresa que gestiona las instalaciones
Un extrabajador del Centro Ecuestre ha denunciado mediáticamente y con una carta una presunta falta de atención a los caballos que se encuentran en las instalaciones hípicas de Ceuta. El informante, que prefiere conservar el anonimato, descarta enfocar la responsabilidad en la empresa que gestiona actualmente el centro, Tragsa. Además de la misiva, también ha adjuntado algunos vídeos para probar su testimonio.
Este diario reproduce a continuación su carta:
Me dirijo a este periódico de forma anónima, como persona que mantiene una relación con la hípica y que cuenta con suficiente experiencia en caballos para saber lo que ocurre dentro de sus instalaciones. Escribo porque considero que hay situaciones que no deberían quedar en silencio y porque, cuando se trata del bienestar de los animales, mirar hacia otro lado no puede ser una opción.
Mi intención no es perjudicar a la hípica ni conseguir que desaparezcan las actividades que allí se realizan. Al contrario, deseo que puedan continuar, pero siempre desde el respeto, la responsabilidad y unas condiciones dignas para los animales que hacen posible que esas actividades existan.
A lo largo de los años he presenciado, conocido y vivido situaciones relacionadas con el trato que reciben algunos caballos que me resulta imposible seguir ignorando.
Hace años, cuando los caballos participaban en la Cabalgata de Reyes, se les administraban sustancias para que salieran más tranquilos, según lo que pude conocer de aquella época. También he presenciado cómo se golpeaba a un caballo con un puñetazo en el morro por haber tirado a alguien al suelo o por negarse a saltar. Un animal no debería recibir un castigo físico por manifestar miedo, dolor, incomodidad o por no responder como una persona espera de él. Los caballos no son máquinas que deban obedecer, sino seres vivos que sienten y sufren.
Sin embargo, más allá de aquellos hechos del pasado, quiero poner el foco en situaciones que he conocido durante este año y que considero especialmente preocupantes.
Uno de los casos que más me ha marcado es el de Albero, un caballo conocido por muchas de las personas que han tenido relación con la hípica. Debido a su avanzada edad, un día comenzó a presentar síntomas neurológicos: daba vueltas en círculos, temblaba, echaba espuma por la boca y mostraba claros signos de dolor intenso. Ante aquella situación, las trabajadoras contactaron con todos los veterinarios que pudieron localizar en Ceuta. Según lo que viví, únicamente uno acudió a las instalaciones, y lo hizo de manera voluntaria, aproximadamente cuatro horas y media después de que comenzaran los síntomas.
Resulta difícil expresar la impotencia que produce presenciar el sufrimiento de un animal en esas condiciones sin que reciba atención veterinaria inmediata. Es una de las experiencias más duras que he vivido y, precisamente por ello, siento la necesidad de contarlo. Considero que todo animal bajo responsabilidad humana debe tener acceso a asistencia veterinaria cuando la necesita, especialmente ante síntomas graves que pueden poner en peligro su vida. La atención veterinaria no debería depender de la suerte, de la voluntad de alguien o de que la situación llegue a un punto límite.
Otro caso que merece ser recordado es el de Relámpago, un caballo muy querido por los niños que acudían a la hípica y que falleció el 20 de junio de este año. Tenía 33 años y, según lo que conozco, continuó participando en las clases hasta la última semana de su vida. Durante los diez días anteriores a su fallecimiento no comió, una situación que el personal del centro conocía y ante la que, según mi conocimiento, no se llamó al veterinario.
Su historia representa una pregunta que todos deberíamos hacernos: ¿cómo es posible que un caballo de esa edad continúe trabajando y que, ante diez días sin comer, no se solicite atención veterinaria? Un animal que deja de comer necesita que se investigue la causa y que se valore su estado cuanto antes. No podemos normalizar que su sufrimiento pase inadvertido o que se espere a que sea demasiado tarde.
Estos casos no deberían entenderse como hechos aislados sin importancia. Me preocupa que haya más caballos en circunstancias similares, especialmente cuando una parte considerable de la cuadra tiene entre 25 y 30 años y continúa trabajando. Quiero recordar que la esperanza de vida de un caballo suele situarse aproximadamente entre los 25 y los 30 años, cada animal envejece de manera diferente. Por eso, no se trata de establecer una edad a partir de la cual todos deban retirarse automáticamente, sino de valorar individualmente su salud, sus patologías, su dolor y su capacidad para seguir realizando actividad física sin comprometer su bienestar. Cuando la edad o las enfermedades hacen que trabajar deje de ser adecuado, la jubilación debería ser una prioridad, no el último recurso.
También quiero referirme a la empresa que estuvo gestionando este centro durante mi estancia. En medio de esta situación, he visto cómo se ha señalado a dicha empresa como responsable del maltrato, algo que considero necesario matizar. Desde mi experiencia y por lo que he podido observar durante el tiempo en que ha estado al frente de la gestión, los caballos han estado mejor que nunca. Por ello, me preocupa que los verdaderos responsables "tiren balones fuera" haciendo estas acusaciones. Debemos hablar de hechos concretos, exigir responsabilidades a quien corresponda y evitar que la discusión se convierta en una forma de desviar la atención de lo verdaderamente importante: las condiciones en las que viven y trabajan los caballos.
Quiero dejar claro que mi deseo no es que la hípica cierre ni que los niños pierdan la oportunidad de aprender, disfrutar de los caballos y crear vínculos con ellos. Lo que deseo es que esas actividades continúen de una forma responsable, con controles adecuados, atención veterinaria cuando sea necesaria, revisiones periódicas, descanso suficiente y la retirada de la actividad de aquellos animales cuya salud ya no les permita trabajar sin sufrimiento.
Los caballos han dado años de trabajo, compañía y cariño a muchísimas personas. Muchos han acompañado a generaciones de niños y han formado parte de recuerdos que perdurarán toda la vida. Precisamente por eso, creo que les debemos algo tan básico como devolverles ese esfuerzo con cuidados, respeto y dignidad, especialmente cuando envejecen y se vuelven más vulnerables.
Escribo estas palabras porque quiero creer que las cosas pueden cambiar. Porque no quiero que volvamos a vivir situaciones como las que he descrito. Porque ningún caballo debería pasar horas sufriendo sin atención, trabajar cuando su estado de salud no lo permite o llegar al final de su vida sin recibir los cuidados que merece.
El bienestar animal no debería ser una cuestión de opiniones, de intereses ni de enfrentamientos entre personas. Debería ser una prioridad.
Ojalá esta carta sirva para abrir los ojos, para revisar lo que sea necesario y para que quienes tienen capacidad de actuar lo hagan. Ojalá las actividades de la hípica puedan continuar durante muchos años, pero con una condición indiscutible: que el bienestar de los caballos esté siempre por encima de cualquier actividad.
Porque ellos no tienen voz para denunciar lo que les ocurre. Pero nosotros sí tenemos la posibilidad y la responsabilidad de hacerlo.