Rehabilitación integral Hadú
El primer tramo de Hadú será abierto al tráfico la próxima semana
Vecinos de las chabolas de Benítez
Myriam y Ricardo llevan más de 30 años viviendo en Benítez. La ventana del ‘cuarto del cine’, donde él colecciona cintas antiguas y ella devora las recomendaciones de su club de lectura, tienen vistas a la Planta Desalinizadora. Desde allí han visto a jóvenes subirse a flotadores para intentar navegar hasta la península esquivando a las autoridades; peleas campales entre pedradas y machetes; peluquerías sin cita previa y hasta a familias enteras deambulando sin rumbo. Ochenta días después de que el vecindario sumara miles de personas más en chabolas improvisadas sobre sus playas, ya desalojadas, reflexionan con El Pueblo sobre cómo una pareja de jubilados llena de vida, él con movilidad reducida, sobrelleva la mayor emergencia de la historia de su ciudad y el miedo a perderla en el futuro.
Al otro lado del cristal, el paseo marítimo de Benítez tiene hoy un elemento extraño. Una valla metálica restringe el paso a las inmediaciones de la Desaladora. Myriam Zarzuelo (73 años) y Ricardo Teresa (84 años) lo observan desde su hogar, en una habitación rodeada por estanterías plagadas de cintas en DVD, Super 8 y formatos varios del cine de todos los tiempos. Bowie, el gato de ojos bicolor, descansa en el borde del ventanal con vistas un entorno que hasta el 29 de septiembre representaba lo peor de la tragedia que comenzó el 30 de julio. Tras el desalojo de los asentamientos ilegales, las noches son algo más silenciosas y han retomado los paseos de las tardes, aunque siguen cruzándose con extranjeros, y la sensación que deja en Myriam es la misma: “Son dos vidas en paralelo -la de los vecinos ceutíes y los migrantes-. No tenemos nada que ver los unos con los otros. Nos cruzamos y casi ni nos miramos. Y si lo hacemos, es con recelo”.
El suceso del 30 de julio les sorprendió en Fuengirola. En cuanto vieron las imágenes decidieron regresar. Ella llegó a plantearse vender la casa que debía ser “la herencia” de su hijo. Él se negó. Tienen miedo. Lo confiesan sentados ella sobre una silla y él sobre la scooter eléctrica que desde hace años ejerce de piernas. Desde hace 80 días, Myriam no duerme sin antes salir a la puerta de su urbanización y comprobar que está cerrada. “Hay vecinos que se la dejan abierta, y no sé…”, admite. Es precavida, aunque en realidad ser víctima de la delincuencia no es su mayor temor. Lo que le aterra va más allá de la emergencia: “Me da miedo de que nos quedemos sin Ceuta. De que mi hijo se quede sin su herencia, que es este piso”.
…
Todo ceutí recuerda dónde estaba y qué hacía cuando supo lo que se avecinaba. Myriam y Ricardo, pasando unos días en la casa de una sobrina en Fuengirola. “Esos días se cortaron cuando vimos la movida. Parecían hormigas. Se venía de lejos a miles de personas andando por el monte. Parecían hormigas, no personas”, recuerda él, cuya primera reacción consistió en dirigirse a su mujer: “Myriam, vámonos para allá”. Temían que alguien pudiera colarse en su casa, estaban “asustados”. Su sobrina les recomendó que se quedaran un poco más a ese lado del Estrecho, al menos “hasta que las aguas vuelvan a su cauce”. “Qué inocentes éramos…”, reflexiona ahora ella.
El mismo jueves en que, en torno a las 11:00h se abrió la verja para evitar un desastre mayor, Myriam y Ricardo corrieron hacia Algeciras. Llegaron a tiempo para tomar uno de los últimos barcos del día, entrada la noche. Recuerdan que el barco iba lleno. Mientras caminaban en busca de asientos disponibles oían de refilón las conversaciones del resto de pasajeros, de contenido monotemático. Se toparon con una chica a la que supusieron extranjera. “Pero si nos han dicho que no hay comida, que los supermercados están cerrados. Si yo no sé cómo voy a comer, ¿qué va a hacer ella?”, pensó Myriam imaginando que debía tratarse de una turista. Se acercó a ella para advertirle: “¿Sabes lo que pasa en Ceuta?”. Entonces vio que el chico que la acompañaba llevaba una enorme cámara de vídeo, y la respuesta de la joven terminó por aclarar sus dudas: “Soy periodista”. “Ah bueno, entonces estará enterada”, pensó la madrileña y caballa de adopción.
Lo primero que hicieron al recuperar la cobertura fue llamar a la línea de taxis para asegurarse de que estaban en funcionamiento. No podían imaginarse que tuvieran que andar el camino del Puerto a Benítez dadas las circunstancias. Al llegar a Ceuta rondaban las 10:00h. Durante el trayecto en taxi solo recuerdan que vieron “mucha gente, muchísima gente, muchísima”. “¿Qué hacemos?, ¿vendemos la casa y nos vamos?”, le propuso la mujer al marido.
Antes de reproducir las palabras que le respondió Ricardo, Myriam hace una pausa y después confiesa que aquello le dolió en el alma. Dedica unos segundos a decidir si es acertado o no contarlo a la prensa, y termina optando por hacerlo, para demostrar “lo ceutí que es” su esposo, caballa de nacimiento y el motivo por el cual ella cruzó el Estrecho décadas atrás. “Venderás la casa cuando yo me muera”, suelta con una media sonrisa que acompaña de una mirada cómplice a su compañero, sentado a su derecha. “Este caballero de aquí, que siempre está diciendo que es de Canarias porque le gusta mucho la música canaria. Que es de Navarra porque qué bonita es. Y nunca dice nada de Ceuta. Y ahora me dice esto; que me sentó de mal…”.
La crisis migratoria; la entrada masiva; el ataque a la integridad territorial; el asalto a la frontera; la invasión; todos esos conceptos se han colado en cada rincón de la vida de Myriam y de Ricardo. Y en la de las más de 80.000 personas que habitan Ceuta. La tragedia se ha colado en las peluquerías, en las colas de los supermercados, en las salas de espera, las oficinas y los restaurantes; en las plazas, los parques y las calles estrechas. En todas las conversaciones. Y hasta en los grupos culturales. Poco después del desastre tuvo Myriam que intervenir en el grupo de WhatsApp del club de lectura al que pertenece. No dejaban de referirse a la situación que ya abría los telediarios de todo el mundo. “Por favor, guardad nuestro espacio. Este espacio es nuestro. Ya nos han quitado la playa, el paseo… Guardad nuestro espacio, que sigamos hablando de nuestras cosas”.
Desde el 30 de julio, el matrimonio ha reducido sus salidas diarias y procura llegar a casa antes de las 20:00h. No han renunciado a los paseos con los que dinamizan su cotidianeidad, solo los han limitado. Normalmente salen por las mañanas. También por la tarde, aunque es entonces cuando notan que arranca la actividad de ‘los otros’. Esos a los que se cruzan por la avenida evitando cruzas miradas. A quienes desde su ventana han visto hacer casi de todo.
Desde la misma esquina del ‘cuarto del cine’ donde conversa con este periódico, Ricardo ha presenciado innumerables escenas de lo más cinematográficas. Un día vio cómo una lancha llegaba a las rocas junto a la Desalinizadora, donde esperaban varios chavales, que se subieron a la misma. “Por cuatro o cinco mil euros los llevan a Algeciras”, relata Ricardo. También ha atestiguado peleas que han acabado “a navajazos”, y ha visto deambular a “familias enteras, con la mujer y los hijos. “No lo puedo comprender -le interrumpe Myriam-. ¿Vas a tirar a tu hijo al mar para que se pueda ahogar?”. “Más de un niño se habrá ahogado en el mar -le sigue Ricardo-. En el cementerio han enterrado a más de 100 personas”.
La conversión de su playa en un asentamiento de chozas y tiendas de campaña fue tan rápida que no la vieron venir. A pesar de las señales. Myriam comenzó a ver que los migrantes colocaban telas sobre las sombrillas instaladas en la arena. No mucho después instalaron las primeras chabolas. “Son unos constructores extraordinarios. En uno o dos días lo habían montado todo y de repente estaba la playa llena. Hemos visto cabañas de dos pisos”, recuerda ella.
“Los autobuses iban petados siempre. A veces no nos podíamos subir porque no se cabía. Yo, además, cojo más sitio, y no cabía”, cuenta Ricardo señalando con la mirada su scooter. Los asientos bajo las marquesinas, igual. Como los del paseo marítimo. “Todos los bancos estaban llenos siempre. De repente veníamos peluquerías sin cita previa, cortándole el pelo a unos y a otros. A mis amigas les decía: ‘Venid, que no hace falta coger cita”, comenta Myriam entre risas, que interrumpe de inmediato para concluir, con seriedad: “Me pregunto qué se puede sacar bueno de todo esto…”.
El penúltimo día de septiembre era martes. Antes de que empezara a amanecer, el residencial Medinaceli quedó envuelto por el azul que emitían las luces de las decenas de furgones de Policía que llegaban a su puerta. En un día lograron desalojar por completo el asentamiento chabolista construido en el tramo de Benítez junto a la Desalinizadora, ocupado por algo más de 300 personas. El amplio despliegue policial fue tan exitoso que evitaron lo que más temían: que los 3.500 migrantes que vivían al otro lado de la planta, en el Trampolín.
La presencia de cientos de agentes en la barriada durante los desalojos de las dos playas ocupadas les dio seguridad. A posteriori, la vida allí es algo más tranquila, pero la normalidad del 29 de julio se resiste a llegar. Lo que más les sorprende es el silencio de las tardes. Antes de todo, el paseo marítimo se llenaba de vecinos haciendo footing. Ahora, dos semanas después del desalojo de las playas, los ceutíes siguen “sin atreverse a salir”. “Hay mucho silencio a partir de las nueve de la noche. Es un vacío muy grande. Antes mucha gente cenaba en la playa. Ya no se atreve nadie”, asegura Myriam.
Tiene claro que la línea que nunca cruzará será la de llevar en el bolso un bote de gas pimienta. “Si esto llega a ese término yo me quedaré en mi casa. Pero no voy a ir con un spray de pimienta. Se te puede volver de cara”.
Casi tres meses después de la entrada masiva, el matrimonio ha tenido tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido. A menudo, ella le pregunta a su entorno: “¿Si quisierais cruzar así a otro país lo haríais en ese momento, junto a otras 80.000 personas?”. “Claro, para aprovechar las circunstancias”, le han respondido en alguna ocasión. “Pues yo no -replica siempre ella. Porque me parece que a 80.000 personas nos las van a poder recibir nunca. Es mejor entrar con poquitos. Entrar como un elefante en una cacharrería, aporreando la puerta del que te va a dar de comer… No sé”. Myriam cree que, al final, “el emigrante nunca es bien visto”. Aún peor “si entran de la forma que han entrado”.
Aún así, opina que, una vez están aquí y no piensan irse, es un deber atender la emergencia. “El otro día oí en televisión que la gente critica a Luna Blanca -la ONG ceutí- por dar comidas -a los migrantes-. Me parece fatal. Ya me gustaría a mí que las hubiera dado Cáritas”, afirma haciendo una pausa al terminar. “Callados completamente han estado -dice llevándose el índice a los labios-. La iglesia no ha dicho ni pío. Y me duele en el alma”.
Pregunta. ¿Crees que deberían haber atendido la emergencia humanitaria?
Respuesta. Creo que sí. Esas personas están aquí… -hace una pausa-. Es que es un dilema. Una dualidad extraña. Por un lado, la gente dice que no se les dé de comer porque entonces no se van. Y es verdad; eso es cierto. Pero es que, si no se van a ir, habrá que atenderles. No vas a dejar que se mueran de hambre. Entre otras cosas, porque si se mueren de hambre van a asaltar las tiendas. Te van a quitar la bolsa de comida por la calle. Es difícil…
Precisamente por el miedo a ser asaltados con las bolsas de la compra -como ocurrió en agosto en varias ocasiones- Ricardo y Myriam decidieron ir siempre juntos al supermercado. Uno de esos días fueron al establecimiento ubicado en el Puerto, junto a la Casa del Mar. Ella llevaba el coche para cargar en su interior las compras y llevarlas así a casa. Él regresó a Benítez solo en su scooter. Y pese a la valentía del marido, la esposa decidió seguirle a cierta distancia, para que él no se percatara de su protección. Cuando Ricardo se encaminaba por el estrecho barrio de las latas, observó a lo lejos cómo dos “emigrantes” -como ella los llama- se acercaron rápidamente hacia él.
Myriam, que iba despacio, metió la cuarta de inmediato. Y, de repente, vio cómo los dos chicos quitaban del suelo unas ramas que impedían el paso al scooter. Ricardo les había pedido ayuda, y ellos se la ofrecieron. “Madre mía, por poco me los cargo, y lo que querían era ayudar”, lamenta a posteriori ella. “Vamos con prejuicios, con miedo”, reconoce, para ejemplificarlo después con otra anécdota. Esta vez, en la lavandería.
Muchos de los migrantes que malviven en las calles desde el 30 de julio optan por esos establecimientos para lavar su ropa. La última vez que Myriam acudió a uno se encontró con una chica de poco más de 17 años. En varias ocasiones se le cayeron las monedas al suelo. Y ella acudió a devolvérselas. Estuvo atenta por si la necesitaba para algo. “Esperó con paciencia y, al terminar, dobló su ropa, la metió en la mochila y se marchó. Muy maja. Me daban ganas de decirle: pero, ¿adónde vas? Como a los que veo en los garajes de los supermercados. Me dan ganas de decirles: ¿Has arriesgado tu vida nadando para venir ponerte aquí a pedir? Como no se metan en el sistema… Esa es su única salvación. Acogerse a lo que el sistema les propone”.
Y pese a todas las preguntas que le sobrevuelan la mente, la única que de verdad le quita el sueño tiene que ver con el futuro de su ciudad. Recuerda que, en 2021, tras la primera entrada masiva, la de más de 10.000 personas, Ricardo le dijo que lo sucedido parecía “una marcha verde” en pequeñas dimensiones. Ella no le dio tanta importancia entonces, pero ahora, tras comprobar el curso de los acontecimientos, solo le sale esbozar un “no sé”. “Esto es rarísimo… Hay una incertidumbre tremenda”.
La visita del Rey, reconocen, les dio alegría, pero no tranquilidad. “Siempre te queda la sensación de no saber cuánto poder tiene él, si de verdad puede hacer algo. Antes decían que no venía porque no le dejaban venir. ¿Cómo no te van a dejar venir? Si yo soy rey y no me dejan ir a un sitio entonces no me interesa ser rey. No sé… Ni veo muy segura a Ceuta ni veo muy segura a la monarquía”.
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