Tamim cruzó para volver con su hija: “El Gobierno abrió la puerta. Somos víctimas de la política”
Historias de vida
El marroquí con familia en Extremadura se fue de España tras la crisis de 2008 y regresó en la avalancha para estar con su pequeña. Carga contra los migrantes agresivos, pide perdón a los ceutíes y les recuerda que “la mayoría solo quiere buscarse la vida”
Tamim Kaabar no cruzó la frontera engañado. Siempre supo que a este lado hay dificultades económicas y personas sin trabajo. Es consciente de que muchos de los que se jugaron la vida en la avalancha de miles de personas que irrumpió en Ceuta el 30 y 31 de julio lo hicieron con la esperanza de hallar en España un falso futuro de prosperidad difundido en redes sociales. Lo sabe porque él estuvo en sus zapatos años atrás. Han pasado más de dos décadas desde la primera vez que se marchó de Marruecos de manera irregular. Saltó de un trabajo a otro intentando labrarse un camino a este lado, pero la crisis de 2008 terminó de dilapidar su ilusión. Regresó a su país, donde años después se enamoró de una española, con la que tuvo una hija que acaba de cumplir siete años y vive en Extremadura. Solo por ella, según relata a El Pueblo de Ceuta, volvió a huir de su país al saber que las autoridades españolas ya no podían expulsar a quienes entraban a nado a sus costas.
Kaabar sabe que el Gobierno de España ha reiterado hasta la saciedad que los marroquíes que pidan asilo por motivos económicos o laborales deberán retornar. Y, como él, los más de 4.000 migrantes que sobreviven en los asentamientos chabolistas construidos en la Playa del Trampolín, donde pernocta desde hace 15 días. Aún así, todos ellos siguen esperando un milagro. “Ellos -el Gobierno español- tienen que entendernos. La economía de nuestro país va muy mal. Ni la salud, ni nada va bien. En Marruecos, nada. Por eso no queremos volver”, explica el marroquí de 38 años en pie sobre el acerado frente al Trampolín, donde la Policía Local acababa de dar un ultimátum a los vendedores ilegales para obligarlos a desmantelar el mercadillo improvisado donde comercializaban con barras de pan, paquetes de tabaco o bricks de leche.
Las advertencias de las autoridades han servido de poco. En cuanto los agentes se marchan en sus furgones, los migrantes vuelven a colocar sus artículos en expositores hechos con mesas de plástico. Cuando Kaabar conversó con este periódico, acababa de desarrollarse el primer operativo policial contra la venta ambulante. Una en la que él nunca ha participado, según asegura. “La Policía tiene razón. Aquí la gente paga sus impuestos para hacer eso. Sabemos que la ley española no permite vender aquí”, reconoce Kaabar.
Él sabe de las costumbres y las obligaciones en España, donde estuvo viviendo durante nueve años. Es consciente también de que no deberían montar chabolas en la playa, pero pide comprensión: “Sabemos que no tenemos derecho a estar aquí. Nosotros estamos contra todo esto, pero la situación nos ha dejado aquí. Si encontráramos algo mejor no estaríamos aquí”. Kaabar no comparte el comportamiento de quienes protagonizan altercados en el asentamiento del Trampolín y en otras zonas de la ciudad. Asegura que la mayoría de los migrantes intenta mantenerse al margen de las reyertas y lamenta que la imagen de todos quede marcada por las actuaciones de unos pocos.
“Hay un 1% que está haciendo ruido, que está borracha y tal. Pero la mayoría de la gente ‘está’ muy amable, tranquila, quiere buscarse la vida”, sostiene mientras señala a varios hombres que regresan de la oración en una mezquita improvisada dentro del campamento. “¿Veis? La gente está saliendo de rezar. Tranquilos. Solo están esperando que la situación mejore. Hay gente que su sueño solo es cruzar a la península para mejorar su vida y ayudar a sus familias”, continúa.
El marroquí reconoce que la convivencia en el Trampolín no siempre es fácil. Dice que él mismo evita salir de su chabola por las noches por miedo a verse envuelto en alguna pelea. “Hay gente que se pone con cuchillos y se pelea por un cigarro o por una pastilla de droga. Nosotros nos ponemos en riesgo”, confiesa. Relata que él y otros muchos han optado por autoimponerse un horario: “A las nueve ya estamos en nuestra chabola, cenando y tranquilos”.
Entiende las quejas de los vecinos de la playa del Trampolín. Sabe que “muchos trabajan desde la mañana temprano” y lamenta que no puedan descansar como de costumbre por los ruidos que generan desde los asentamientos. Asegura que la mayoría de ellos no ha cruzado para “tocar la moral a nadie”, y vuelve a situarse “en contra” de perturbar la tranquilidad de los ceutíes. “Nosotros queremos estar en paz con la gente de Ceuta. Nos han ayudado mucho. Nos han dado de comer, dónde dormir, nos han dado sábanas, mantas… Agradecemos todo lo que la gente de Ceuta ha hecho por nosotros”, afirma Kaabar, quien insiste en que empatiza con los caballas: “Queremos una solución para dejar tranquila a esta gente. Ya suficiente han soportado más de 53 o 54 días de ruidos y problemas”
Nueve años en España
Kaabar habla español con fluidez. No es casualidad. Antes de regresar a Marruecos vivió más de nueve años en la Península. Trabajó en distintos sectores, desde la agricultura hasta las ferias ambulantes, encadenando empleos como tantos otros inmigrantes que llegaron durante los años de crecimiento económico. La crisis económica de 2008 truncó aquella etapa. Sin trabajo y sin perspectivas, decidió regresar a Marruecos. Allí rehízo su vida y en 2017 conoció a una mujer española. De esa relación nació una niña que hoy tiene siete años y reside en Castuera (Badajoz).
“Soy padre de una niña española. Está registrada a mi nombre y todo”, explica. Su voz cambia cuando habla de ella. Asegura que la distancia y las dificultades económicas para viajar terminaron empujándole a tomar la decisión de cruzar a Ceuta durante la avalancha de finales de julio. Kaabar sabía perfectamente a lo que se atenía: “Yo conozco España perfectamente. Sé la situación que hay aquí. Sé que hay un montón de españoles en paro, que hay crisis. Yo crucé por un buen motivo. Tengo una hija aquí en España, nacida en España. Por el sufrimiento de mi niña me vine aquí. Si no, no vengo”.
Cuando te cogen te mandan al Sáhara. Y estás tres o cuatro días de viaje hasta tu casa. ¿Para qué? Para castigarlos y que no vuelvan a intentarlo. Pero no es suficiente. La gente va a seguir entrando, va a seguir arriesgando su vida
Pese a la incertidumbre que rodea el futuro de miles de marroquíes concentrados en Ceuta, Kaabar cree que la tensión social acabará remitiendo. Considera que el escenario actual es excepcional y lanza un mensaje a los ceutíes que observan con preocupación la presencia de miles de migrantes en distintos puntos de la ciudad. “Hay buenos y malos por todas partes. En España, en Marruecos y en cualquier país. No se preocupen. Algún día volverá la normalidad”, asegura tratando de transmitir una tranquilidad que se esfumó de esta tierra en cuanto él y otras 80.000 personas entraron en 48 horas.
“Pedimos disculpas a toda la gente de Ceuta. Y pedimos disculpas a toda la gente de España”, concede el marroquí. También reclama que las administraciones prioricen a los colectivos más vulnerables: “Pedimos al Gobierno que atienda primero a los menores y a las mujeres. Los hombres mayores podemos aguantar hasta que llegue nuestro momento”.
“Víctimas de la política”
La posibilidad de ser devuelto a Marruecos es una realidad que conoce bien. Sabe que las opciones de quedarse son pocas. Sin embargo, sostiene que muchos de los que llegaron a Ceuta no ven futuro al otro lado de la frontera. Y se incluye entre ellos. Al temor económico y de falta de oportunidades que relatan los marroquíes, Kaabar suma otro. Quizás mucho mayor. El miedo a las represalias. Asegura que muchos migrantes temen las consecuencias de ser retornados a Marruecos.
Somos víctimas de la política. Marroquíes y españoles. Somos víctimas de la política
Su relato coincide con el que han trasladado a este periódico decenas de personas que se resisten a abandonar la ciudad. Todos ellos cuentan que los marroquíes que deciden retornar voluntariamente se topan en su país de origen con la misma escena: las autoridades de Marruecos los reciben a palos. Además de agredirles e insultarles, según cuentan, les quitan el teléfono móvil. Después, los introducen en autobuses en dirección al desierto, a muchos kilómetros del norte.
La intención es disuadirles de volver a intentarlo. Aunque, según relata Kaabar, es una maniobra igual de dañina que poco efectiva: “Cuando te cogen te mandan al Sáhara. Y estás tres o cuatro días de viaje hasta tu casa. ¿Para qué? Para castigarlos y que no vuelvan a intentarlo. Pero no es suficiente. La gente va a seguir entrando, va a seguir arriesgando su vida”.
Donde Tamim Kaabar se muestra más contundente es al analizar las causas que, a su juicio, desencadenaron la entrada masiva. “El Gobierno español ha puesto la ley. Si viene alguien nadando, no lo van a devolver. Por eso ellos han abierto una puerta y ahora, cuando ha entrado todo el mundo, quieren cerrarla”, afirma con tono de desacuerdo. El marroquí hace alusión a la prohibición de devolver a las personas interceptadas en Ceuta y Melilla intentando entrar a nado desde Marruecos.
En realidad, no ha sido una decisión del Ejecutivo, sino la consecuencia de una sentencia del Tribunal Supremo a fecha del 8 de julio, en la que sentó jurisprudencia tras dar la razón a un argelino que denunció su devolución en caliente. Para Kaamal, una vez se permite esta circunstancia y miles de personas la aprovechan, al Gobierno solo le queda ser consecuente.
“No puede ser. El Gobierno tiene la culpa. Luego le echan la culpa a Marruecos de abrir la puerta…”, opina. Kaabar pide al Estado que solucione la situación de los migrantes que siguen en Ceuta tras la avalancha, y que después “se cierre la frontera para que no entre nadie más”. Al fin y al cabo, reflexiona, los más de 12.000 que se resistieron a volver a su país tras acceder a España pensando que se les abrían las puertas solo son damnificados. Como los ceutíes:
“Somos víctimas de la política. Marroquíes y españoles. Somos víctimas de la política”.