Una vida entera en el Sarchal y el temor de una demolición que les arrebate su hogar
BARRIADAS
El Gobierno local, a través de un decreto urgente, ordenó el derribo del antiguo local social “a la mayor brevedad”. La actuación obligará a desalojar a varias familias por el peligro que supone, aunque los residentes manejan poca información sobre su futura reubicación
Las arrugas en el rostro de Ana Porras y su relato reflejan una vida repleta de golpes que ha tenido que sortear y canalizar para sobrellevarlos. La mochila cargada de desgracias la tiene que aguantar a diario esta señora ceutí de 86 años enamorada de su perro y con una rapidez mental envidiable a su edad. Su humilde morada, situada en los ‘bajos’ del Sarchal, linda con el antiguo y ruinoso local social del que disfrutaban los vecinos antaño. El Gobierno local ya ha advertido de que existe un proyecto inminente de demolición de dicha infraestructura, lo que obligará a desalojar -durante un tiempo incierto- a las cuatro familias que se verán afectadas por las obras. “Llevo aquí 60 años. En estas paredes han muerto uno de mis hijos y mi marido”, expresa esta mujer que viste una especie de chilaba azul con un estampado de lunares blancos y que mira de reojo la caldera mientras se distrae charlando con los visitantes.
Las lluvias y los temporales que azotaron Ceuta a principios de año aceleraron la toma de decisiones. Porras señala desde el patio trasero de su vivienda cuatro grandes ladrillos que cayeron fruto de un viento que puso en jaque a la ciudad y en peligro a esta señora. El informe del técnico municipal, fechado el 16 de febrero, confirmó que el antiguo local social del Sarchal presentaba graves deficiencias estructurales y un evidente riesgo de derrumbe del techo y partes de la fachada.
El estudio lo calificó de “ruina avanzada”, por lo que desde el Gobierno local pretenden demolerlo “a la mayor brevedad” mediante el decreto de emergencia emitido por aquellas fechas. El problema: las cuatro familias que van a tener que hacer las maletas después de “una vida entera” entre unas paredes repletas de recuerdos.
Porras, que vive con uno de sus hijos y con su nieta, se encomienda una y otra vez a la imagen del Cristo de Medinaceli que preside la entrada a su vivienda. La inquilina que vive justo en el portón de al lado, que prefiere no dar su nombre, sale de su casa y también se muestra reticente a la propuesta que desde la Ciudad se está ofreciendo.
“No nos han dicho nada, solo que nos tendremos que ir a una pensión mientras las obras se llevan a cabo. Pero claro, la idea nuestra es volver cuando termine. A mí no me han dicho nada de que nos tengamos que ir de aquí para siempre. Mis hijos se han criado aquí, mi marido ha muerto aquí”, explica esta inquilina, que dice llevar 56 años en esta vivienda.
Algo más de información maneja la señora Porras, que se pone en lo peor y que asegura haber hablado ‘en plata’ con un aparejador y un arquitecto que visitaron la zona hace unas semanas. “A mí me dijeron que cuando hagan la demolición tendrían que ver si ha afectado a nuestras casas. Si es algo muy grave, no hay nada que hacer. Si el daño es pequeñito, pues me explicaron que lo arreglarían sin problemas”, sostiene la anciana.
Dudas sobre la reubicación
“A mí me tienen que matar para llevarme a una pensión”. Así de contundente se muestra la señora Porras, que da argumentos para ella consistentes sobre el por qué se niega a que su reubicación no sea a una casa “como Dios manda”.
Según la damnificada, en las pensiones no hay lavadora, ni nada para tender, entre otros inconvenientes. Son recursos básicos con los que cuenta en su vivienda y que no quiere que le arrebaten a su edad. Aunque Porras subraya dos aspectos para ella esenciales: Por un lado, afirma, con su ayuda mensual mínima no se puede permitir comer en la calle a diario. Por otro lado, su perro para ella es parte de la familia, y sabe que en un lugar que no sea una casa el animal no estará cómodo y, en muchos casos, no tendrá ni permitida la estancia.
“A uno de mis hijos le dio por preguntar cuánto podía costar tener al perro en la perrera. Y ¿sabes cuánto cuesta? ¡16 euros al día y tenemos que llevar nosotros su comida, ni harta de vino!, exclama indignada la señora.
Recuerda Porras cuando, hace unas semanas, tuvieron que demoler una parte aledaña, pero la dimensión de la obra no era similar a la que el Gobierno local pretende hacer ahora. “Fueron dos días en una pensión, pero solo durante el día. Por la noche venía a mi casa. Para comer me fui a la casa de mi hija, que vive en Villajovita”, resume.
La falta de planificación sobre el destino de los perjudicados por la demolición del local social del Sarchal ya la denunció hace unos días el grupo localista MDyC. “No han ofrecido información clara ni soluciones concretas”, lamentaban a través de una nota de prensa.
Un recorrido complejo
Porras invita a este diario a echar un vistazo por el patio trasero de su vivienda y señala, además de los grandes bloques que cayeron fruto de las precipitaciones y los temporales de principios de año, algunas esquinas de los techos en malas condiciones y que en cualquier momento, lamenta, podrían caer sobre personas o casas provocando graves destrozos.
Según Porras y la otra inquilina afectada, desde Servicios Sociales se les ha asegurado que organizarán citas individuales con las familias damnificadas para encontrar una solución al problema. La anciana, que admite el riesgo pero exige su reubicación en una vivienda digna en caso de que su casa haya que derribarla, mira a su imagen del Cristo de Medinaceli, al que se refiere como su “hermano mayor”, antes de despedir a los invitados.
“Es una pena vivir así. Estamos todos asustados. Si lo tienen que derribar, que lo hagan, pero que no nos manden a una pensión, por favor. Yo no puedo permitirme comprar otra casa. En fin, que sea lo que Dios quiera, lo que Dios nos guarde”, concluye Porras.