MIGRACIONES / MENORES
Un estudio refleja que un tercio de los menores extranjeros en Ceuta abusa de las drogas
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“Rayan tiene 16 años, es de Tetuán, y se quedó dormido sobre el hombro de Ana en la sala de espera del Hospital Universitario de Ceuta […] Era un momento tierno. Hasta que lo llamaron por su nombre y no se despertó”. Este ejemplo ilustra los casos reales del último informe de No Name Kitchen (NNK), con el que la organización social denuncia las condiciones que llevan a los menores extranjeros que pasan en su ruta migratoria por la ciudad autónoma a autolesionarse o a drogarse. La entidad observó durante el verano pasado que uno de cada tres jóvenes con los que trataron presentó signos de consumo activo de estupefacientes. El dato triplica la media nacional en este rango de edad, y lo atribuyen a la incertidumbre administrativa, a la precariedad y a la falta de atención especializada para este conjunto de población.
En ‘Sobrevivir al limbo: una investigación de calle sobre el (ab)uso de sustancias y las autolesiones en menores no acompañados en Ceuta’ NKK afirma que el 32,12% de los adolescentes que atendieron en la ciudad entre junio y agosto de 2025 parecían estar bajo los efectos de sustancias como como cannabis, benzodiacepinas, pregabalina, MDMA o cocaína. Confrontan la cifra con el informe ESTUDES 2025, que recoge que el 11,6% de los adolescentes españoles de entre 14 y 18 años declaró haber consumido al menos cannabis en los 30 días previos, el estupefaciente ilegal más extendido. De la misma manera, también han documentado conductas autolesivas como cortes, quemaduras o mordeduras sin intención suicida.
Una de las causas de estos comportamientos la atribuyen a la sobreocupación de los centros de acogida, ya que el sistema de protección de menores en Ceuta sigue “muy por encima” de su capacidad ordinaria. Según los últimos datos facilitados a finales de mayo por el portavoz del Gobierno, Alejandro Ramírez, la Ciudad acogía entonces a 196 jóvenes, si bien solo cuenta con recursos para 27 plazas.
En conversación con este diario al respecto, la coordinadora de NNK en Ceuta, Francesca Fusaro, no señala la sobreocupación de los centros como “una consecuencia directa” de este tipo de conductas de riesgo, pero sí esgrime que la limitación de recursos haga que “no se realice un seguimiento adecuado e individual a cada chaval”. “Esto, unido a que se utilicen centros que en teoría son de corta estancia como de larga estancia o incluso de permanencia, también puede generar estas respuestas adaptativas de las que hablamos en el informe”, matiza Fusaro.
Según detalla la organización, estos comportamientos deben interpretarse como respuestas a situaciones de abandono, violencia, exclusión y falta de control sobre sus propias vidas; a lo que se añade la permanencia durante largos periodos en Ceuta a la espera de traslados a la Península. Esto genera episodios de frustración y ansiedad que derivan en el aumento de las referidas conductas.
El estudio, elaborado a partir de observación de campo, testimonios y seguimiento de los adolescentes, precisa que aunque la reducida muestra no resulte una estimación estadística representativa, sí que expone una recopilación de evidencias cualitativas y significativas que los miembros de NKK han constatado en sus más de cinco años de trabajo en la frontera de Ceuta.
‘Sobrevir al limbo’ se enfoca en la presencia y en la voluntad o ausencia de ella de los menores extranjeros en Ceuta de estar en los centros de acogida de la ciudad por la situación que en ellos tienen. En este sentido, también dedica varios capítulos a las condiciones de vida de quienes prefieren pernoctar fuera de los centros de protección, donde, siempre según la organización, los jóvenes recurren a sustancias para soportar el frío, permanecer despiertos durante la noche o afrontar situaciones de violencia, robos o agresiones. La organización asegura que el consumo aumenta significativamente cuando los adolescentes abandonan los recursos residenciales y pasan a vivir en la calle.
Por otro lado, el documento afirma que la entidad recibe “regularmente” denuncias de supuestos malos tratos físicos y verbales en determinados centros de acogida de Ceuta. El informe afirma haber recibido testimonios sobre "bofetadas, golpes, patadas y humillaciones verbales" por parte de trabajadores o vigilantes de seguridad, además de represalias contra menores que intentaron denunciar estos hechos. NNK sostiene que dispone de documentación interna sobre estos casos, pero que “por razones éticas y de protección” de las víctimas no incluye sus nombres reales en el estudio.
“Lo que ocurre dentro no es difícil de documentar: los chicos lo cuentan, el personal que ha trabajado allí lo confirma, y algunos vídeos filtrados lo muestran. Habitaciones sobrepobladas, higiene inadecuada, ausencia de actividades, castigos físicos, medicación distribuida sin prescripción médica, y una atención sanitaria que en el mejor de los casos es improvisada. Instalaciones concebidas para estancias cortas de admisión y referencia que alojan a niños a largo plazo, con poca supervisión y menos recursos”, reza en este aspecto literalmente el documento.
“No solo se necesita que no haya sobreocupación, que eso se está intentando en Ceuta y en otros lugares como Canarias; sino también que los centros sean adecuados, que no simplemente les den en ellos una cama para dormir y comida para comer”, considera la coordinadora de No Name Kitchen en la ciudad autónoma, Francesca Fusaro. “Tiene que darse un seguimiento adecuado: que haya psicólogos si se les necesita, así como un personal formado para trabajar con menores en estas situaciones; y que si hay consumo de drogas o autolesiones, haya una intervención por parte también del mismo centro. Que no se les abandone en esta situación”, resume la activista.
La organización extiende sus críticas al acceso a la atención sanitaria y de salud mental. El documento afirma que los chavales afrontan esperas de hasta nueve meses para ser atendidos por especialistas en psiquiatría, así como denuncia la inexistencia de psicólogos “en ejercicio real” dentro del sistema analizado. NNK atribuye parte de esta realidad “sostenida, estructural y documentada” a factores que trascienden a la propia ciudad.
El informe sostiene que los procesos migratorios, la pobreza en las zonas de origen, la exposición previa al consumo de sustancias y las redes de explotación constituyen elementos determinantes para comprender la situación de estos adolescentes. La entidad recuerda que algunos menores habían comenzado a consumir antes de llegar a Ceuta, mientras que otros iniciaron estas conductas durante su estancia en la ciudad.
“Este informe demuestra algo sencillo y poderoso. Cuando los chicos tuvieron acceso a espacios públicos —la playa, una cancha de baloncesto, la presencia constante del equipo NNK— los episodios de consumo intenso y autolesión disminuyeron de forma visible. No porque el trauma desapareciera. Sino porque había conexión, estructura y presencia adulta no punitiva. Un adulto que no grita. Un espacio que no castiga. Una rutina que no depende de si te “portas bien”. Fue en esos momentos informales [...] donde los chicos empezaron a hablar”, expone textualmente ‘Sobrevivir al limbo’, que aclara que las historias incluidas en el estudio ”no surgieron de entrevistas ni de terapia”, sino de “la confianza construida en el tiempo” y a bas de repetición de los miembros voluntarios del equipo de No Name Kitchen.
Como respuesta a las mencionadas conductas drogodependientes y autolesivas, No Name Kitchen plantea a nivel institucional el refuerzo de la atención sanitaria y psicológica, la implantación de programas específicos de reducción de daños y la puesta en marcha de mecanismos de supervisión e inspección sobre los recursos de protección.
No obstante, su propuesta “más inmediata y concreta” es la apertura de un centro comunitario permanente donde los jóvenes puedan participar en actividades y talleres que hasta ahora les brinda la organización en la calle. Para ello siguen recaudando apoyos con una campaña de crowdfunding a la que ya se refirió la coordinadora de NKK en Ceuta en una entrevista reciente con El Pueblo. “Queremos abrir un espacio alternativo donde, claramente estas conductas, esta violencia o drogas, no van a ser mínimamente aceptadas”, dijo entonces Fusaro.
Meses después la responsable de la entidad en la ciudad insiste en que “la respuesta debe ser colectiva”. “Que no sea solo por parte de la Ciudad o de la sociedad civil o de una organización concreta, sino que sea una solución colectiva y que cada uno ponga lo que pueda y que se ejerza una fuerza común. Porque al final estamos hablando de niños, de menores, por eso proponemos esto. Yo sé que es un poco como un cliché decirlo así, pero es que estamos hablando del futuro. Si no se cuidan ahora mismo, ¿qué va a pasar luego con ellos?”, se pregunta retóricamente Fusaro.
“Es el momento de poner nuestra experiencia sobre el terreno, la confianza en los chicos, y el conocimiento del contexto, al servicio de una propuesta colectiva y sostenible. Eso cuesta dinero. Y ese dinero puede cambiar lo que le ocurre a Rayan la próxima vez que caiga”, afirma el informe, en referencia al caso que ejemplifica las conclusiones de su estudio.
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