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Bilal tenía 32 años, estaba casado y era padre de tres hijos. Las edades de estos, oscilantes entre los siete y once años. Había perdido el trabajo, no tenía para pagar el alquiler y el pasado 3 de febrero optó por una solución a la desesperada. En plena cascada de borrascas, trató de cruzar el espigón que separa Bel Younech de Benzú. Ahí se le perdió la pista.
Sus familiares dieron la voz de alama, cuando tras varios días sin saber nada al respecto acudieron a los medios de comunicación el pasado siete de febrero. Pedían una pista, una señal que les dijese que había pasado, aunque intuían la peor de las suertes. Desgraciadamente, llevaban razón. Su cuerpo sin vida fue hallado doce días después, flotando a media milla de la Bahía Norte donde desapareció. Así lo han confirmado fuentes tanto de la Guardia Civil como de su entorno familiar.
Sin ánimos de entrar en lo morboso, solo la documentación que llevaba consigo ha permitido la identificación. El cadáver estaba completamente desfigurado. Ahora sus familiares se enfrentan a otro problema: ayuda para el traslado de sus restos mortales a la localidad vecina a Ceuta de la que salió para buscar un futuro mejor encontrando la muerte. El suyo, al menos, está identificado. No es consuelo para ellos, pero una vez se cumplan los trámites su cadáver podrá ser enterrado. En otras ocasiones, ni siquiera se sabe quien es la persona cuyos restos mortales son enterrados con un número en el Cementerio de Santa Catalina. Otra víctima más, la octava en lo que llevamos de año, del drama de la inmigración en nuestra ciudad.
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