De Afganistán a Ceuta huyendo de los talibanes: “No podemos regresar”
CETI
Cuatro afganos, entre ellos una mujer, llegaron en una embarcación ilegal hace 20 días. Desde entonces duermen a la intemperie en el Jaral, con la esperanza de ser los siguientes en ingresar al CETI, donde han comenzado a instalar literas provisionales
La carretera del Jaral se ha convertido en el hogar de centenares de personas desde que las entradas desde Marruecos se volvieron incontrolables. Unos descansan sobre la hierba, otros usan las mantas que les cede Cruz Roja a modo de alfombra. La cuneta es un refugio para las muchas mujeres que aún continúa viviendo a la intemperie. La Policía Nacional les recuerda que quedarse en las inmediaciones del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) no acelerará su ingreso dentro del recinto, pero los que allí persisten mantienen la esperanza de que así sea. Como Hilail, una afgana de 36 años que duerme en el monte desde hace 20 días, cuando logró pisar suelo europeo tras un viaje migratorio que comenzó en su país de origen más de siete meses atrás.
El blanco impoluto del pañuelo que guarda su cabello contrasta con las pequeñas manchas que, pese a su esfuerzo, no logra disimular en los bajos de su vestido azul. Lo que peor lleva, confiesa, es el aseo. “¿Cómo os ducháis?”, le pregunta la prensa. Ella reacciona con una risa entristecida, alzando los hombros, para responder que desde hace días no puede hacerlo. Se lleva la mano a la boca imitando el movimiento de un cepillo de dientes. Lleva días sin poder lavárselos. Otra chica, de nacionalidad marroquí, sentada con un par de conocidas en el borde de la carretera que conduce al CETI explica lo que Hilail quería decir.
“Antes podíamos beber y asearnos en un grifo que hay fuera del CETI, pero ahora no nos dejan subir, así que no podemos usarlo”, aclara la joven que no quiere ser identificada, al igual que las otras dos compañeras a su lado. Antes del pasado jueves, cuando se produjo la entrada masiva, las personas que iban llegando a nado a centenares diarios se dirigían al Jaral y se colocaban a las puertas del centro de acogida, a la espera de ser registrados por la Policía Nacional y de acceder al interior. Allí, frente a la puerta principal, colocaron una toma de agua que los migrantes en la calle usaban para atender sus necesidades básicas de higiene.
A partir de la emergencia de la pasada semana, todo ha cambiado. Entre quienes llevaban días a las puertas del CETI se extendió la histeria cuando supieron que acababan de llegar a Ceuta otras 75.000 personas más. En la tarde del viernes, cuando la ciudad seguía llena de recién llegados, centenares de personas trataron de entrar a la fuerza en el centro de acogida. Este periódico presenció cómo los cinco furgones policiales que acudieron a frenar el incidente, llegadas las 22:00h, formaron un cordón con el que fueron barriendo la subida al recinto al objeto de despejar la zona y evitar que se volvieran a producir sucesos similares.
Desde aquel día, ningún migrante que no resida en el CETI puede acercarse a la puerta. De ello se encargan los agentes colocados en el Centro Ecuestre para evitar que puedan seguir ascendiendo. Una de las consecuencias es que se les impide hacer uso de la toma de agua.
Muchos de ellos bajan a la playa del Trampolín para asearse y beber agua en las duchas allí instaladas. En la arena duermen más de mil personas, muchas de ellas de origen subsahariano. Se alimentan gracias a Cruz Roja, que acude dos veces al día con un menú basado en atún enlatado, galletas, magdalenas, agua y leche. Quienes resisten en el Jaral descienden hasta la playa en las horas de reparto para llevarse su parte. Hilail es una de ellas. Ella y sus otros tres compatriotas, a quienes llama en mitad de la entrevista con este periódico para que puedan dar testimonio todos los afganos que, en estos momentos, según ellos mismos aseguran, se encuentran en Ceuta.
De Afganistán a Ceuta
Son cuatro. Osman, dos Najib y Hilail. No se conocían antes de emprender el viaje migratorio desde Afganistán, pero se han convertido en la familia más cercana desde que se toparon con los mismos traficantes de personas que los montaron en un barco con destino Ceuta. “Pagamos dinero para venir en barco. Íbamos 30 personas, de todas partes. Magrebíes, africanos… Y siete afganos”, relata Osman. En total, eran siete. Los tres que restantes están en paradero desconocido desde la llegada a la ciudad autónoma, hace 20 días, según asegura. Antes de subirse a la embarcación rumbo a la ciudad española, Osman pasó “siete meses” en Marruecos. Llegó al reino alauita en avión, desde Dubái. En este último también aterrizó, tras tomar un vuelo en su país.
En Afganistán ha dejado a su mujer y su hija, a las que espera traer consigo una vez logre regularizar su situación. Tiene claro que pedirá asilo, como sus otros tres compañeros. Hilail tiene dos hijas, una de ellas de 16 años, también en su país. Los cuatro abandonaron su patria por el mismo motivo: un Gobierno “malo” tras el regreso de los talibanes en agosto de 2021. De ellos reconocen “huir” los afganos que han recalado en Ceuta, donde aún a día de hoy continúan en situación de calle.
Desde que las tropas estadounidenses y la OTAN abandonaron el territorio y los talibanes tomaron el control de Kabul en una rápida ofensiva, los derechos de los ciudadanos no han parado de mermarse. Las mujeres y niñas tienen más dificultades para acceder a la educación o al empleo, los funcionarios, militares o periodistas son represaliados y el clima de inseguridad reina en las calles. Así lo relatan los testigos del horror en sus ciudades. La falta de perspectivas les ha obligado a iniciar un camino que, esperan, les permita dar a sus familias un futuro digno. Tras más de siete meses de ir y venir entre fronteras y 20 días durmiendo en el monte, esperan que merezca la pena.
Hilail, Osman y los dos Najib pertenecen al grupo de personas migrantes que continúan en situación de calle en Ceuta y que no piensa regresar a Marruecos. En primer lugar, insisten, porque no llegaron con la avalancha, sino mucho antes. “No podemos volver”, sentencia uno de ellos. Al menos Hilail aspira a ingresar pronto en el CETI, donde priorizan la acogida de mujeres y niñas. Según los últimos datos obtenidos por este periódico, son más de mil las personas que alberga el centro de acogida, pese a tener 512 plazas. En las calles de la ciudad continúan deambulando unas 3.000, según estiman desde el Gobierno local, después de haya retornado a Marruecos la mayor parte de los 75.000 migrantes que, según el Ministerio del Interior, entraron en Ceuta el pasado jueves.
Para hacer frente a la demanda, en el CETI se encuentran instalando recursos provisionales. Esta mañana podían observarse varias literas ya colocadas en el patio exterior del centro, y otras decenas aún sin habilitar, a la espera de ponerse en pie.